En Kew, a orillas de un Támesis discreto y alejado de las postales, se alza The National Archives, una auténtica catedral del papel donde el viejo ritual manda sobre la prisa.
Quien solicita un volumen histórico recibe la misma liturgia: lápiz, nunca bolígrafo, manos limpias y habitualmente enguantadas, mesa despejada y una consigna sencilla, repetida durante décadas: el documento es el que manda, el lector simplemente acompaña.
En este particular teatro no hay música de fondo, sólo el silencioso desfile de cajas sobre carros de acero, como vagones que traen siglos comprimidos.
Ahí es donde toman importancia las cartas de compra, los inventarios, las pólizas o incluso recortes de periódico, porque la procedencia no es un lazo para regalo, sino que marca el pedigrí de la pieza.
Y si nos vamos a los anticuarios de Mayfair, el gesto profesional es igualmente inequívoco, ya que el objeto se muestra con una mano y, con la otra, un sobre con facturas, certificados y correspondencia; sin papeles, no hay trato.
En esa cultura del documento se entiende que el legajo no es burocracia, es el instrumento que ahorra pleitos o los resuelve.
Con ese telón de fondo cerramos esta semana la trilogía de QIPCO contra Phoenix Ancient Art.
De las dos primeras entregas, ya sabemos qué se compró, quién vendió y cómo el ‘disclosure’ y la ‘anti-suit injunction’ pasaron de ser meros palabros a ocupar el centro de la función.
Hoy veremos lo que decidió el juez y por qué, en Inglaterra y Gales, el método procesal es la brújula que devuelve la aguja al norte.
LA DEFENSA: “ES DEMASIADO CARO”, “ESTO EXIGE JUICIO A TUTIPLÉN” Y “NUEVA YORK NO TRAICIONA LONDRES”
Recordemos que los demandados, Phoenix y los hermanos Aboutaam, llegaron a la vista con tres ideas muy claras.
La primera, la económica, ya que el ‘disclosure’ que se les exigía era una montaña tan costosa de revisar y clasificar que resultaba inviable.
Por ello ofrecieron, como salida honorable, entregar “todo el material en bruto” y, si eso, que QIPCO se las apañe para encontrar el caprichoso papelito.
Como se imaginarán, una auténtica trampa transilvana, lista para ensartar al demandante sin anestesia.
La segunda es que, en procedimientos que implican graves acusaciones de fraude, el camino correcto es un juicio completo con sus testigos, sus peritos y toda la fanfarria que sea necesaria para aclarar las cosas.
Porque, con la honradez de uno, no se juega, oigan.
Por último, la geográfica, ya que según los demandados, el pleito en Nueva York no sería ninguna huida del foro, sino una vía alternativa y simpatiquísima para “otros aspectos” que no encajarían del todo en la jurisdicción inglesa.
Y con esas tres cuerdas se intentó sacar algo de música a la guitarra.
Durante la vista se alegaron complejidades insuperables de tan arduas tareas, trabajos tan desproporcionados que ni el mismísimo Hércules podría cumplir, dificultades insalvables para rastrear las procedencias de tan antiguas piezas.
Pero también se coló un reproche de fondo.
Según la demandada, QIPCO estaba convirtiendo el ‘disclosure’ en un garrote con pincho para forzar una derrota sin siquiera entrar en el fondo.
Todo ello, salpimentado con la retórica del honor ofendido:
“Si nos llaman deshonestos, lo mínimo es que podamos defendernos en un juicio con luz y taquígrafos”.
En fin, una mezcla de coste, honor y puente aéreo jurídico que, en otra geografía continental, seguramente habría encontrado oídos más blandos y siempre dispuestos a echar un cable al pobre demandado.
Que el deudor no es deudor por capricho sino porque el mundo lo ha hecho así.
Pero esto es Inglaterra y Gales y las reglas procesales no son un Cancionero de Palacio.
El juez Garnham escuchó a las partes y, con la cortesía de la toga inglesa, fue llevando mentalmente cada argumento a su respectivo cajón.
Lo que para la defensa era una imposición “excesivamente cara”, para el tribunal era parte de la obligación central; lo que se proponía como “entregarlo todo en bruto” fue leído como revertir a la parte actora el trabajo que la regla impone al demandado.
Por otro lado, aquello que se rebozaba de honor ofendido no vencía la pregunta prosaica del proceso inglés y que tanta falta hace en alguna jurisdicción que ustedes y yo sabemos:
¿Pero tiene esto una perspectiva real de éxito y alguna razón de peso para ir a un juicio completo?
Lógicamente, lo de Nueva York sonó a desvío frente a una cláusula de jurisdicción exclusiva inglesa, escrita en negro sobre blanco, en los contratos de compraventa.
Y si se quería otra pista de baile en Studio54, se debió elegir al firmar; a toro pasado, el juez no iba a montarles una verbena transatlántica.
EL DESENLACE
El 11 de abril de 2025 cayó la sentencia y, con ella, la explicación de por qué el método es, en inglés, el camino y también el destino del odiseo de turno.
En la acción de 2023, la del ‘Alexander’ y la ‘phalera’, el tribunal declaró inhábiles para defender su posición a Phoenix, y a los Zipi Zape de este tebeo, los hermanos Aboutaam,
¿El motivo?
Pues muy sencillo: incumplir el ‘disclosure’, una obligación que no debe tomarse a cachondeo.
Como aquellos zapadores españoles, embarrados hasta las cejas por las galerías subterráneas que minaban las posiciones enemigas en la Guerra de Flandes.
Los asedios olvidados de Breda, Ostende, Amberes o Arras,
Aquellos episodios nos recuerdan que incluso la defensa más orgullosa puede ser socavada desde abajo por quien entiende de estrategia y tiene la paciencia, los medios y un buen plan para reventar los cimientos.
Así que la defensa se derrumbó y, sin muralla procesal en la que cobijarse, Sir Neil Stephen Garnham concedió ‘summary judgment’.
Es decir, liquidó el asunto en el acto.
No había misterio, ya que la pregunta tenía respuesta obvia: no había “real prospect of success” ni “otra razón de peso” que justificara meterse en un juicio.
En la acción sobre la ‘Niké’, el juez entró también por la vía corta en lo que tocaba al fraude de procedencia de tan exquisita pieza arqueológica.
Y es que, si el eje del caso es la historia documental con la que se vendió la pieza y ese papel no aparece, no se le puede pedir al tribunal que se entregue a una cata de laboratorio cuando el pleito exige facturas y no poesía.
Por último, la ‘anti-suit injunction’ cerró el cordón sanitario del foro.
Garnham concedió la ‘anti-suit’ definitiva y, con ella, la lección para navegantes: si firmas Londres, te quedas en Londres.
Y si te las piras, pues te paran y te pasan la cuenta.
En efecto, la orden vino acompañada de una condena en costas en ‘indemnity basis’, esa forma inglesa de decir que la broma te va a salir más que cara.
En otras palabras, un juez inglés no está para llamar al orden como si fuera un profesor de instituto; hace cumplir el orden.
El resultado práctico fue, por tanto, que los demandantes ganaron con costas y sin necesidad de juicio porque los demandados perdieron la voz por no enseñar los papeles cuando debían.
Nada de rollos ni de grandes descubrimientos arqueológicos.
Bien al contrario, pura técnica procesal aplicada con la severidad de quien entiende que, sin resultado material efectivo, el proceso se convierte en un cascarón inútil.
EPÍLOGO
En fin, pues la moraleja del asunto QIPCO v Phoenix es contundente: el ‘disclosure’ no es un tiro de gracia, sino la herramienta para que la verdad contractual salga a la luz.
Quien lo vive como una tortura quizá eligió mal el negocio.
En España, esta música seguramente suena áspera porque carecemos de un ‘disclosure’ de verdad.
Seguimos con diligencias preliminares escuálidas y la racanería en las medidas cautelares, con el “ya si eso en el juicio” como dogma de pasillo y con una alergia teológica a liquidar los asuntos de forma rápida.
Es el equivalente a ingresar a alguien en el hospital durante años para someterlo a múltiples intervenciones cardíacas y a costosas pruebas por un simple resfriado.
Seguramente será porque nos va más eso de alargar los procesos hasta el aburrimiento, que los problemas se resuelvan solos.
Y si al final del trayecto no se cobra porque han desaparecido hasta las telarañas, pues es lo que hay.
En fin, con esto cerramos esta trilogía en la que hemos pasado del escaparate a la moqueta, de la sala de exposiciones a la sentencia y del cuento chino a la historia verdadera.
Y si algo enseña este caso, es que en Inglaterra y Gales el papel manda, el método decide y el cuervo hace guardia en la torre para que la leyenda no se derrumbe.
Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.