Enrique Arnaldo Alcubilla es magistrado del Tribunal Constitucional y autor del lilbro «El deporte en la literatura», una obra que va camino de «best seller». Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

Enrique Arnaldo, autor de «El deporte en la literatura»: «El deporte no es el opio del pueblo, es algo que genuinamente gusta»

Es autor de "El deporte en la literatura", que acaba de ser publicado

9 / 12 / 2025 00:45

En 2003 el escritor argentino publico Eduardo Sacheri publicó la novela «El secreto de sus ojos» que, en 2009, Juan José Campanella llevó a cine y que obtuvo, un año más tarde, un Óscar a la mejor película extranjera. En ese filme se produce una conversación que se ha convertido en mítica en la que Pablo Sandoval, interpretado por Guillermo Francela, le trata de explicar a Benjamín Espósito, al que da vida Ricardo Darín, lo que es una pasión, relacionada con el fútbol.

«¿Te das cuenta Benjamín? El tipo puede cambiar de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios…. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: No puede cambiar de pasión«, le explica Sandoval para que comprenda que el asesino que está buscando es un aficionado al fútbol e hincha de un equipo de fútbol.

Esa misma pasión es el motor que ha animado al nacimiento del libro «El deporte en la literatura», del que es autor el magistrado del Tribunal Constitucional, Enrique Arnaldo Alcubilla (1957). Su señoría es un apasionado al deporte y a la literatura, dos conceptos intercambiables en su orden.

Su obra condensa cuatro años de trabajo y 479 libros leídos. Catedrático de Derecho Constitucional, exvocal del Consejo General del Poder Judicial y expresidente del Tribunal Administrativo del Deporte, Arnaldo combina en esta entrevista su pasión desbordante por el deporte y la literatura y, por supuesto, su experiencia jurídica.

En ella el autor recorre la historia del deporte desde la antigua Grecia hasta nuestros días, explorando su poder transformador: desde Nelson Mandela usando el rugby para unificar a un pueblo dividido en Sudáfrica, hasta Andrés Iniesta convirtiendo un gol en símbolo de unidad y de felicidad colectiva.

Arnaldo defiende que el deporte es el gran movilizador contemporáneo, capaz de unir a millones de personas de forma simultánea como ninguna otra actividad.

Con erudición y cercanía, analiza por qué el deporte y, en particular, el fútbol, que se ha convertido en una pasión que no se elige sino que se siente, reflexiona sobre el papel de las mujeres en el deporte, y explica por qué el «fair play» debería inspirar no solo a los atletas, sino también a los intelectuales y políticos.

Una conversación que revela cómo el deporte, lejos de ser superficial, refleja lo mejor —y a veces lo peor— de nuestra sociedad.

Su libro, “El deporte en la literatura”, que va ya por la tercera edición, hunde sus raíces en 479 libros, que son los que figuran en el anexo. Después de leerlo, emergen dos conceptos evidentes: erudición –divulgativa– y orfebrería literaria. ¿Cuál es el origen de esta obra magna? ¿Por qué este libro?

Tardé cuatro años en completar este trabajo. Es fruto de muchas lecturas personales hechas por iniciativa propia. Es una consecuencia de mi afición por la lectura. Incluso pedí ayuda a amigos para encontrar libros sobre el tema, pero al final la mayoría los descubrí por mi cuenta.

Hubo una etapa en la que tuve mucho tiempo para leer, incluso más que durante la pandemia. En ese periodo reuní esos 479 libros que usted menciona.

¿Los leyó todos?

Casi todos los leí completos; solo unos pocos los consulté por partes. Un libro llevaba a otro. No quise dejar nada sin revisar.

Después de terminar el libro, aún he encontrado algunos títulos más que se me habían escapado, aunque muy pocos. El libro está cerrado desde hace unos ocho o nueve meses, y ya tengo tres o cuatro nuevos materiales para una posible edición ampliada.

Si hubiera que señalar un libro que reúna todo lo relacionado con el deporte y la literatura, no habría dudas: este sería su libro. Es mi opinión.

Mi amiga Julia Navarro ha dicho en un vídeo de Instagram que este es un libro único, original y que no es algo pasajero, sino que está pensado para perdurar. Eso me hizo muchísima ilusión, porque ya existían una tesis doctoral y un artículo de Miguel de Unamuno con el mismo título, pero ninguno había abordado el tema de esta manera.

Este libro intenta reunir distintas miradas, ideas, reflexiones y formas de entenderlo, algo que no se había hecho antes. Por eso me siento afortunado de haber tenido esa inspiración y esa oportunidad.

El deporte no es ajeno a su vida. Usted fue presidente del Tribunal Administrativo del Deporte. ¿De ahí que haya elegido esta temática?

He estado vinculado al derecho deportivo durante muchos años. Después de salir del Consejo General del Poder Judicial, me propusieron entrar en el Comité de Apelación de la Real Federación Española de Fútbol. Luego pasé al Comité de Competición y posteriormente formé parte de ambos en el Comité Jurisdiccional.

Más adelante estuve en la Comisión Jurídica del Deporte de la Comunidad de Madrid, donde coincidí con otros profesionales especializados en derecho deportivo. Fue entonces cuando el secretario de Deportes me propuso incorporarme al Tribunal Administrativo del Deporte (TAD), y posteriormente, a propuesta suya, fui nombrado presidente.

Siempre me ha interesado el deporte y esto hizo que me interesara más, claro está.

En el momento de hacer esta entrevista, el pasado viernes, 5 de diciembre, a Enrique Arnaldo le comunicó su editorial, Espasa, que publicaban la tercera edición. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

Para entrar en materia. O sea, Platón era un apodo. Porque se llamaba realmente Aristocles.

Eso cuenta, eso cuenta Irene Vallejo en su maravilloso libro “El infinito en un junco”. Platón significaba “espalda ancha”. Fue el apodo que le pusieron en el gimnasio, donde practicaba boxeo.

Y Felipe el Hermoso, el marido de Juana I de Castilla, se murió tras participar en un partido de un tenis primitivo en Burgos.

Felipe de Hadsburgo, conocido como el Hermoso, marido de Juana I de Castilla, mandó preparar una cancha cerca de la catedral de Burgos para jugar un partido con alguien de la corte. Al parecer era un partido individual, con una red que no era más que una cuerda.

Tras jugar, acalorado por el esfuerzo, bebió de golpe mucha agua muy fría. Poco después le dio fiebre y murió. Es un ejemplo extremo de cómo el deporte puede estar ligado tanto a la vida como, en circunstancias desafortunadas, a la muerte.

Hasta el siglo XIX, lo cuenta en su libro, los deportes eran una actividad de las aristocracias o de las burguesías del mundo. Es con la Revolución Industrial, cuando los ingleses lo hicieron más accesible a toda la población, es decir, cuando se empezó a “democratizar”. Y en ese tiempo emerge el fútbol, el deporte rey de nuestro tiempo.

El deporte siempre ha sido, ante todo, un juego y una forma de diversión. Lo fue desde sus orígenes y lo sigue siendo hoy. La gran diferencia es que ahora, para algunas personas, también es un medio de vida, una profesión.

Durante mucho tiempo, solo podía practicar deporte quien tenía tiempo y recursos. Por ejemplo, en las justas solo participaban quienes podían permitirse un caballo. Una excepción era el boxeo, donde las clases altas hacían pelear a otros como simple espectáculo para su diversión.

El fútbol nace a finales del siglo XIX. En Inglaterra surge primero en colegios y universidades, donde estudiaban los hijos de la nobleza. Pero pronto los trabajadores de las fábricas, como las textiles o siderúrgicas, también empezaron a formar sus propios equipos, aunque al principio no tuvieran el mismo material ni la misma preparación.

Al aprender a jugar y competir entre ellos, el fútbol se fue popularizando hasta convertirse en un deporte de todos. En España ocurre algo parecido cuando los ingleses llegan a Huelva y fundan el Recreativo de Huelva, el primer club del país. Desde entonces, el fútbol pasó a unir a la nobleza y a las clases populares en un mismo deporte.

«El deporte también puede crear un fuerte sentimiento colectivo. Un ejemplo claro fue el gol de Andrés Iniesta en el Mundial de 2010, que despertó en España una emoción compartida y una sensación de unidad nacional. Poetas como Luis Alberto de Cuenca o Carlos Marzal escribieron sobre ese momento. Todo esto muestra que el deporte tiene un gran poder transformador, tanto en las personas como en la sociedad».

El fútbol nació en un pub de Londres, en 1868, pero los árbitros no vieron la luz hasta 1872, ¿por qué?

Al principio se confiaba en que los propios jugadores respetaran las reglas: eso también era parte del “fair play”, el juego limpio. El árbitro aparece cuando surge la desconfianza, cuando hay discusiones y hace falta alguien imparcial que decida. En el fondo, cuando no nos ponemos de acuerdo, necesitamos a una tercera persona que resuelva.

Una anécdota muy curiosa la cuenta Mario Vargas Llosa. En un colegio de Lima, todos los chicos querían jugar al fútbol en el recreo, menos uno, que prefería ser árbitro. Sus padres no lo entendían, pero el niño tenía clara su vocación. Con el tiempo, llegó a ser árbitro profesional, muy respetado en Perú, y aplaudido por aplicar las reglas con justicia. Una historia tan divertida como reveladora.

De los 479 libros de los que usted ha bebido “El deporte en la literatura” hay uno que destaca de forma especial: “El factor humano”, de John Carlin. Sobre el que después se basó Clint Eastwood para hacer “Invictus”. En la que se demuestra el poder transformador del deporte.

«Invictus» es una de esas películas que te devuelven la esperanza y te hacen sentir más optimista. El deporte tiene ese efecto en la vida real. Basta pensar en la gente que vive con pasión a su equipo: sus triunfos les dan una felicidad enorme. Incluso se cuenta la historia de un aficionado argentino que, tras ver por fin ganar a su equipo después de muchas derrotas, murió en paz.

Además, el deporte también puede crear un fuerte sentimiento colectivo. Un ejemplo claro fue el gol de Andrés Iniesta en el Mundial de 2010, que despertó en España una emoción compartida y una sensación de unidad nacional. Poetas como Luis Alberto de Cuenca o Carlos Marzal escribieron sobre ese momento. Todo esto muestra que el deporte tiene un gran poder transformador, tanto en las personas como en la sociedad.

De acuerdo con Enrique Arnaldo, el deporte crea «un patriotismo positivo. Actúa como elemento integrador, como vertebrador de un país que une a personas de orígenes diversos». Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

¿No le parece curioso que Nelson Mandela se inspirara en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 para reflexionar sobre cómo transformar el sentimiento de su nación y evitar una posible guerra civil? Aquella imagen suya poniéndose la camiseta y la gorra de los Springboks, la selección nacional de rugby de Sudáfrica, símbolo del Apartheit, en la final fue un gesto cargado de simbolismo. Como si el Felipe González, de 1982 o 1983, hubiera aparecido en un partido decisivo de la selección española con la camisa azul de la Falange y la boina roja de los requetés.

Nelson Mandela, que entonces era presidente de Sudáfrica, el primer presidente negro de su historia, entendió que el deporte era casi el único espacio donde podía surgir un verdadero sentimiento de comunidad entre negros y blancos.

¿El deporte crea patria?

El deporte genera un patriotismo positivo. Actúa como elemento integrador, como vertebrador de un país que une a personas de orígenes diversos.

Le voy a poner un ejemplo. Durante la guerra de independencia de Argelia, muchos jugadores argelinos formaban parte de la selección francesa, ya que Argelia todavía era colonia. Cuando se declaró la independencia, estos futbolistas decidieron separarse de la selección francesa para crear la selección argelina. Fue un acto simbólico para unir al nuevo país. Les costó caro, pero lo lograron.

Es el mismo caso de Mandela con los Springboks en Sudáfrica: usar el deporte como herramienta para cohesionar una nación.

Pero el poder del deporte también ha sido aprovechado por líderes autoritarios. Por ejemplo, por el general –y dictador– Jorge Rafael Videla. Lo utilizó durante el Mundial que ganó Argentina frente a Países Bajos. Algo parecido ocurrió en algunos países comunistas, donde se impulsaba el éxito deportivo para mejorar su imagen. En resumen, el deporte puede servir tanto para unir a un pueblo como para reforzar regímenes autoritarios.

Ortega y Gasset decía que el origen del Estado está en el deporte, porque crea ese sentido de comunidad al que usted se refiere.  

Don José Ortega y Gasset dedicó gran parte de su vida a defender que la educación debía ir más allá de memorizar contenidos. Una de sus grandes preocupaciones era elevar el nivel educativo de los españoles. Esta idea la compartían pensadores liberales como Isaiah Berlin y Friedrich Hayek, y la recoge también Mario Vargas Llosa en uno de sus libros.

Todos ellos defendían que, junto a la enseñanza privada, debía existir una educación pública fuerte. Además, Ortega creía que no bastaba con formar la mente: también había que educar el cuerpo, como hacían los antiguos griegos, dando importancia a la educación física. En este punto debatía con Gregorio Marañón, que consideraba esa formación corporal una pérdida de tiempo.

«Nelson Mandela, que entonces era presidente de Sudáfrica, el primer presidente negro de su historia, entendió que el deporte era casi el único espacio donde podía surgir un verdadero sentimiento de comunidad entre negros y blancos».

Recientemente la selección española de fútbol femenino se impuso en la final de la Women’s Nations League y hace dos años se hizo con la Copa del Mundo. ¿Sus triunfos también ayudan a reforzar ese patriotismo y sentimiento de pertenencia al país?

Las mujeres se incorporaron tarde al deporte. En la antigua Grecia estaban excluidas de los Juegos Olímpicos, y durante la Edad Media y Moderna tampoco hay registros de actividad deportiva femenina. Su entrada masiva al deporte ha ocurrido en la época contemporánea.

En España hubo dos pioneras destacadas. Una fue Lili Álvarez, tenista que escribió un libro precioso llamado Plenitud, donde explicaba que el deporte no era su religión, sino que la acercaba a ella (era muy creyente). La otra fue Ana María Martínez Sagi, sobre quien el escritor Juan Manuel de Prada ha dedicado algún libro.

Al principio, las mujeres practicaban principalmente deportes individuales. Poco a poco fueron formando equipos en disciplinas como hockey sobre hierba o voleibol.

Las futbolistas españolas han logrado elevar la categoría porque, entre otras cosas, juegan muy bien al fútbol y han conseguido atraer la atención de la gente, convirtiéndose en un fenómeno de masas, como prueba que en esa final hubiera en las gradas 56.000 personas. Y sí, contribuyen a ese sentimiento.

Las victorias de los nuestros siempre nos producen momentos evidentes de felicidad ya sea viendo triunfar a Nadal o a Alcaraz, en Roland Garrós, a Iniesta metiendo el gol de la final que nos dio la Copa del Mundo de fútbol en 2010, o el de Olga Carmona, en Sidney, en 2023.

El magistrado no se identifica con la filosofía de que hay que ganar, ganar y volver a ganar, que una vez expresó Luis Aragonés y también el escritor Eduardo Galdeano. «Yo creo que en el deporte —y no solo en tu equipo— también hay que saber perder», confiesa. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

En su libro hace una cita muy divertida sobre un libro de Enrique Jardiel Poncela, “La tourné de Dios”, en la que Dios se revela como seguidor del… Real Madrid.

La historia cuenta, en tono humorístico, que Dios llega al Cerro de los Ángeles, considerado el centro de la península. Con su imagen tradicional —túnica blanca, barba y pelo largo— recorre Madrid hasta que un día lo llevan a Chamartín, donde hoy juega el Real Madrid. Allí, según bromea Enrique Jardiel Poncela, Dios se hace del Madrid y, desde entonces, el equipo lo gana todo.

El final es claramente una broma, aunque la idea de que “Dios sea del Madrid” se presenta con simpatía y humor.

Estoy seguro de que Joan Laporta, el presidente del Barcelona, no la comparte.

[Se ríe] Seguro que no. Lo que ocurre es que soy un madridista muy respetuoso. Y en términos de rivalidad en Madrid tengo que decir que he ido tantas veces al Santiago Bernabéu como al antiguo Estadio Vicente Calderón, y también al actual Metropolitano. Además, creo sinceramente que Enrique Cerezo es uno de los mejores presidentes que tiene la Liga española.

En su libro define el fútbol como una pasión. De hecho menciona a Javier Marías y a Eduardo Sacheri, en cuya obra se basa la película “El secreto de sus ojos”. Y el fútbol, para millones de personas, es justamente eso: una pasión que no se elige, se siente.

No creo que uno pueda cambiar fácilmente de equipo, ni siquiera del Real Madrid. Para muchos es tan difícil como cambiar de religión. Puede haber excepciones, claro, pero no es lo habitual. Lo vi hace poco en Buenos Aires, en La Boca, donde conviven dos grandes figuras argentinas: Diego Maradona y el Papa Francisco, símbolos casi sagrados para muchos.

Esto demuestra que el deporte, sin pasión, pierde interés. La emoción, la identificación con un equipo, es lo que le da vida. Por eso los palcos de honor suelen ser más aburridos: allí casi no se vive esa pasión.

Eduardo Galeano dijo que “somos porque ganamos, si perdemos dejamos de ser”. Lo que me recuerda aquella famosa frase de Luis Aragonés: “El fútbol es ganar, ganar, ganar y volver a ganar”.

Luis Aragonés, «el sabio de Hortaleza», era un jugador al que vi en acción, lanzando tiros libres directos en el estadio Manzanares. Era un verdadero artista con el balón, pero no tenía el físico atlético que exige el fútbol actual. Hoy no destacaría por esa razón. Lo mismo les pasaría a otros grandes como Gárate, Pirri o Zoco: el fútbol ha cambiado mucho.

Como entrenador, a Aragonés se le exigía incluso más que a los jugadores. Tenía una filosofía muy clara, pero primero debía creérsela él mismo para transmitírsela a su equipo.

Los entrenadores americanos y también Galeano insisten mucho en que lo único que importa es ganar, que todo lo demás no cuenta. Sin embargo, yo creo que en el deporte —y no solo en tu equipo— también hay que saber perder. Ortega y Gasset decía que no todo es ganar: también hay que saber perder.

Intentar ganar siempre me parece un exceso. En cuanto a mi relación con mis equipos favoritos, tengo una filosofía: si gana mi equipo, yo también gano; pero si pierde, pierden ellos. No me dejo arrastrar del todo por los resultados.

«El deporte, sin pasión, pierde interés. La emoción, la identificación con un equipo, es lo que le da vida. Por eso los palcos de honor suelen ser más aburridos: allí casi no se vive esa pasión».

¿Sabe?, no me ha sorprendido encontrar una mención a una sentencia de 2022 del Tribunal Supremo en la que se afirma que el fútbol ni es arte ni ciencia sino espectáculo, por más que alguna jugada posea belleza artística.

Sí, porque en el fondo era una cuestión legal: se discutía si un partido de fútbol podía considerarse una creación artística. Es decir, si las imágenes del partido debían tener la misma protección que un libro o una película cuando se difundían.

George Orwell decía que el fútbol es como una guerra sin disparos.

Yo creo que es una visión tétrica que he recogido pero que no comparto.

También se dice que ningún deporte es más parecido a la guerra que el rugby.

Yo creo que esa idea de despreciar el deporte viene de una parte del mundo intelectual. Un ejemplo claro es Jorge Luis Borges, aunque en su caso también había algo de provocación y juego.

Pero no todos los grandes escritores pensaban así. Albert Camus, Vladimir Nabokov y Miguel Hernández no solo escribieron sobre el deporte, sino que además lo practicaron. Esto demuestra que literatura y deporte no están en absoluto enfrentados.

Es muy chocante una de las historias que relata. El caso de André Agasi, el quinto mejor tenista de la historia. Odiaba el tenis. Es una confesión de este tipo, conociendo los ejemplos de Rafa Nadal o de Federer, muy reveladora.  

Tal como lo cuenta André Agassi en sus memorias, la historia es impactante. Hay padres que intentan convertir a sus hijos en estrellas para cumplir sus propias frustraciones, y ese fue, en parte, su caso. Es una deformación grave, porque el peso recae sobre el hijo.

La gran lección es clara: el deporte profesional exige un sacrificio enorme. Para llegar a lo más alto hay que renunciar a muchas cosas y dedicar incontables horas de esfuerzo. Basta pensar en figuras como Rafael Nadal, Carlos Alcaraz, Roger Federer, Kylian Mbappé o Raphinha: detrás de su éxito hay años de trabajo, disciplina y sacrificio, como ocurre con casi todo en la vida.

En opinión del magistrado, el término «fair play» expresa mejor la idea que la traducción de juego limpio. El significado de «fair play» comprende «el respeto al rival, sin buscar de aplastarlo, trabajo en equipo y compañerismo». Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

¿El deporte es la religion contemporánea? Dicho de otra forma, ¿es el opio del pueblo hoy en día, como afirman algunos?

El deporte es, probablemente, el gran movilizador de la historia contemporánea, el mayor fenómeno de masas de nuestro tiempo. Ninguna otra actividad —ni la política ni la religión— logra movilizar a tanta gente de forma simultánea.

Un ejemplo reciente: el partido de la NFL en Madrid atrajo multitudes para ver un deporte sin apenas tradición en España. Cada fin de semana, miles de personas se congregan alrededor de los estadios: muchos ni siquiera entran, sino que ven los partidos en bares cercanos. Y otros millones lo siguen desde casa. Los picos de audiencia televisiva más altos son siempre deportivos: Olimpiadas, mundiales, grandes finales.

El deporte no es «el opio del pueblo», como se dice de la religión. Es algo que genuinamente gusta: entretiene, genera conversación, crea ambiente y permite cierta competencia sana. Combina diversión con conexión social.

La gente quiere consumir deporte. No es casualidad que los periódicos generalistas dediquen al deporte casi tantas páginas como a la política internacional. Para ser un medio completo, hay que incluirlo.

«Si comparamos el deporte con la política actual, el contraste es evidente. La política funciona como un “anti-fair play”: no hay respeto ni juego limpio, sino zancadillas constantes».

Se suele decir que lo evidente es lo que nadie ve hasta que alguien lo explica con claridad: “La mayoría de los atletas son introvertidos”. Lo dice usted.

La mayoría de los deportistas son introvertidos. Son excelentes en lo suyo, pero no necesariamente buenos oradores, intelectuales o comunicadores. Algunos tienen esa habilidad natural para expresarse, pero en general los periodistas tienen dificultades para sacarles declaraciones interesantes.

Creo que cada uno destaca en su área, y a veces exigimos demasiado pidiendo que además sepan hablar en público. No hay muchos que combinen ambas facetas.

Sin embargo, hay excepciones notables: Rafa Nadal se expresa muy bien, al igual que Iker Casillas. Y un ejemplo reciente es Luis de la Fuente, el seleccionador nacional de fútbol. Es un hombre culto, instruido, que se comunica excepcionalmente bien tanto con sus jugadores como con la sociedad.

¿Es el “fair play” (juego limpio) el centro de todo en el deporte?

El término inglés “fair play” expresa mejor la idea que nuestras traducciones al español. Incluye no solo limpieza en el juego, sino respeto al rival, sin buscar aplastarlo, trabajo en equipo y compañerismo.

El filósofo Isaiah Berlin lo aplicaba incluso a los intelectuales: persuadir sin engañar. Si comparamos el deporte con la política actual, el contraste es evidente. La política funciona como un “anti-fair play”: no hay respeto ni juego limpio, sino zancadillas constantes.

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