Opinión | El ocaso del Atlantismo romántico: hacia una Europa de poder en un mundo multipolar

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington D.C. y consultor internacional hace un análisis geopolítico sobre el fin del atlantismo romántico y el reto de una Europa soberana frente a EE. UU., la energía, la defensa y el mundo multipolar. Foto: OTAN.

22 / 01 / 2026 05:40

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El 21 de enero de 2026 marcará en los libros de historia el momento en que la «ficción agradable» de la seguridad europea se disipó definitivamente bajo el aire gélido de Davos.

Lo que durante ocho décadas fue una alianza basada en valores compartidos y una defensa mutua incondicional, ha mutado hoy en una relación estrictamente transaccional.

Europa ya no se enfrenta a un socio protector, sino a un acreedor que presenta facturas y ultimátums territoriales.

Sin embargo, sería imprudente ignorar que la Alianza Atlántica no fue una imposición unilateral, sino un pacto que permitió a Europa reconstruirse tras la devastación de 1945 y desarrollar el mayor proyecto de integración pacífica de la historia.

El Plan Marshall, la protección frente a la expansión soviética y la estabilidad que permitió el milagro económico europeo son logros innegables que explican por qué generaciones de líderes europeos apostaron por esta arquitectura de seguridad.

La cuestión no es negar este legado, sino reconocer que los contextos cambian y que lo que funcionó durante la Guerra Fría puede no ser sostenible en un mundo multipolar donde los intereses nacionales estadounidenses han evolucionado dramáticamente.

«La amenaza de imponer aranceles de entre el 10% y el 25% a las naciones que no cedan ante las ambiciones en el Ártico no es una simple disputa comercial; es el uso del comercio como un arma de conquista».

Es cierto que incluso en la era Trump, existen corrientes dentro del «establishment» estadounidense (Pentágono, Departamento de Estado) que valoran genuinamente la alianza europea por razones estratégicas, no solo transaccionales.

Pero Europa no puede ligar su destino a los vaivenes de la política estadounidense, una de las potencias ahora mismo menos previsibles.

La metamorfosis de la Alianza: del paraguas al colonialismo transaccional

Durante años, la Unión Europea priorizó el bienestar social y la integración económica bajo el paraguas de seguridad estadounidense.

Esta arquitectura, sin embargo, se ha desmoronado ante la visión de una Casa Blanca que entiende la protección no como un deber, sino como un servicio con precio de mercado.

La retórica actual ha dejado de lado la gratitud histórica para centrarse en un nuevo tipo de «colonialismo transaccional», donde la soberanía territorial y la subordinación económica son las monedas de cambio.

«Si el bloque europeo permite que una nación aliada, como Dinamarca, sea coaccionada para ceder territorio, el proyecto de integración europea habrá muerto de facto».

La amenaza de imponer aranceles de entre el 10% y el 25% a las naciones que no cedan ante las ambiciones en el Ártico no es una simple disputa comercial; es el uso del comercio como un arma de conquista.

Este escenario obliga a Bruselas a entender que sus fronteras podrían ser negociables en mesas ajenas si no se recupera el control sobre su propio destino.

El factor Groenlandia: el nuevo epicentro de la seguridad global

La obsesión por Groenlandia no es un capricho inmobiliario, sino una maniobra estratégica maestra.

El deshielo del Ártico ha abierto rutas comerciales y acceso a recursos críticos que posicionan a la isla danesa como el «Sudeste Asiático de Europa» en términos de importancia geopolítica.

Junto a ello, su posición privilegiada la convierte en un espacio de indudable interés para la defensa no sólo de los Estados Unidos, sino también de Europa.

Si el bloque europeo permite que una nación aliada, como Dinamarca, sea coaccionada para ceder territorio, el proyecto de integración europea habrá muerto de facto.

Aceptar esta presión equivaldría a admitir que las naciones europeas ya no son iguales, sino activos en un balance de situación gestionado desde el exterior.

El espejo de la “realpolitik”

La mención que ha hecho Trump en su discurso en Davos a intervenciones unilaterales en otras regiones, como Venezuela, sirve como un mensaje velado para el Viejo Continente.

La disposición a actuar fuera del derecho internacional para asegurar recursos energéticos plantea una pregunta existencial para Europa: ¿es el bloque un aliado o simplemente una esfera de influencia a ser gestionada?

La trampa energética y el dilema del vasallaje

La transición desde la dependencia del gas del Este hacia el Gas Natural Licuado (GNL) estadounidense se ha revelado como un espejismo de libertad energética. En lugar de autonomía, Europa ha cambiado una dependencia por un vasallaje político y económico excesivo.

Hoy, el suministro energético y el paraguas defensivo —personificado en tecnologías como la «Cúpula Dorada» funcionan más como herramientas de coacción que como servicios de un aliado.

Mientras el conflicto en Ucrania se prolonga, Europa sufre un proceso de desindustrialización acelerada, mientras otros actores se benefician de la venta de armas y energía.

«Europa no puede externalizar su existencia. Es imperativo financiar y controlar una réplica europea de la ‘Cúpula Dorada’. Esto implicará desviar fondos de otras áreas, un precio amargo pero inevitable para poder decir ‘no’ cuando sea necesario».

La soberanía europea exige ahora un «realismo energético» que recupere el control sobre los costes de producción mediante infraestructuras de hidrógeno, renovables y una relación diversificada con el Este.

Pero no seamos ingenuos, la construcción de infraestructuras de hidrógeno verde y el despliegue masivo de renovables requiere inversiones estimadas en 800.000 millones de euros hasta 2030.

Estas cifras no pretenden desanimar, sino subrayar que la autonomía estratégica exige un debate honesto con los ciudadanos sobre prioridades presupuestarias, sacrificios compartidos, y tiempo.

Hoja de ruta para la autonomía estratégica

Para evitar ser aplastada entre el nacionalismo expansivo de los Estados Unidos y el ascenso imparable de Asia, la Unión Europea debe ejecutar un giro copernicano en su estrategia exterior. Este camino hacia la mayoría de edad geopolítica requiere sacrificios inmediatos:

Independencia en Defensa: Europa no puede externalizar su existencia. Es imperativo financiar y controlar una réplica europea de la «Cúpula Dorada». Esto implicará desviar fondos de otras áreas, un precio amargo pero inevitable para poder decir «no» cuando sea necesario.

Las élites políticas deben ser en este punto claras y sinceras con sus ciudadanos, por más que les cueste y por más que con ello acaben mostrando las profundas contradicciones en que han incurrido: sin sacrificios importantes no habrá Europa.

Esta narrativa de autonomía estratégica, sin embargo, encuentra resistencias significativas dentro del propio proyecto europeo. Para Polonia, los países bálticos y gran parte de Europa Central y Oriental, la presencia militar estadounidense no representa colonialismo sino seguridad existencial frente a una Rusia que ha demostrado su disposición a alterar fronteras por la fuerza.

«Si se golpea comercialmente a un solo miembro de la Unión, la respuesta debe ser la de un bloque impenetrable. La fragmentación en  políticas exteriores diferentes es el camino más rápido hacia el vasallaje».

Europa no puede externalizar su existencia. Es imperativo financiar y controlar una réplica europea de la ‘Cúpula Dorada’. Esto implicará desviar fondos de otras áreas, un precio amargo pero inevitable para poder decir ‘no’ cuando sea necesario.

Cualquier estrategia de autonomía europea que no aborde legítimamente estas preocupaciones de seguridad está condenada al fracaso político. El desafío real no es elegir entre Washington y la soberanía, sino construir capacidades defensivas europeas lo suficientemente creíbles como para que todos los Estados miembros se sientan igualmente protegidos.

Los números ilustran la magnitud del desafío. Europa destina actualmente entre el 1.5% y el 2% de su PIB a defensa, mientras que alcanzar una verdadera autonomía estratégica requeriría inversiones del orden del 3-4% durante al menos una década, según estimaciones del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.

Esto representa entre 150.000 y 300.000 millones de euros anuales adicionales en un contexto de envejecimiento poblacional y presiones sobre el Estado del bienestar.

La coalición del pragmatismo: La autonomía estratégica no debe confundirse con el aislamiento. Europa debe posicionarse como líder de un «nuevo no alineamiento», mediando entre las potencias emergentes (como China e India) y el unilateralismo de Washington.

La propuesta de un «nuevo no alineamiento» liderado por Europa enfrenta, no obstante, obstáculos formidables. China mantiene prácticas comerciales que la UE considera desleales, subsidia masivamente sus industrias estratégicas y tiene intereses directamente opuestos a Europa en tecnología y cadenas de suministro.

India, por su parte, mantiene una política exterior históricamente independiente y no necesariamente busca a Europa como mediador en sus propias tensiones con Beijing.

Pero aún así, es posible una diplomacia europea que construya coaliciones temáticas y flexibles según el asunto: cooperación tecnológica con Japón y Corea del Sur, diálogo climático con actores emergentes, y alianzas comerciales selectivas que no dependan de un único socio. La autonomía no significa equidistancia ingenua, sino capacidad de elección estratégica caso por caso.

Unidad frente al chantaje: Si se golpea comercialmente a un solo miembro de la Unión, la respuesta debe ser la de un bloque impenetrable. La fragmentación en  políticas exteriores diferentes es el camino más rápido hacia el vasallaje. Para ello Europa necesita abrir un debate político profundo en su propio seno, y tratar de cerrar posiciones  en torno a una idea: nadie, ni siquiera los Estados Unidos, pueden chantajear a Europa.

Diplomacia de realismo en Ucrania: La paz en el Este ya no es solo una cuestión humanitaria, sino una necesidad estructural para la soberanía europea. Una arquitectura de seguridad continental estable es el puente necesario para recuperar la competitividad industrial y para iniciar un diálogo constructivo con la mirada puesta en el este.

Conclusión: el precio de la libertad

La era de la inocencia y de los «diálogos constructivos» sin respaldo de poder ha terminado. El discurso de Davos de 2026 es el certificado de defunción del orden liberal internacional tal como lo conocíamos.

El precio de la libertad es extremadamente alto y dolerá en las urnas y en los bolsillos, pero el coste de permanecer como un vasallo en el siglo XXI es la desaparición total de la identidad europea como potencia global. El Viejo Continente debe aprender a hablar, con urgencia, el lenguaje del poder, antes de que su destino sea decidido por terceros de manera irreversible.

El mayor obstáculo para esta agenda de autonomía estratégica que propongo no reside en Washington, Moscú o Beijing, sino en Bruselas misma.

La Unión Europea permanece profundamente dividida en cuestiones fundamentales de política exterior: mientras Francia y Alemania impulsan la «soberanía estratégica», países como Dinamarca (por ahora) y los Países Bajos mantienen un atlantismo firme; Hungría bloquea sistemáticamente posiciones comunes sobre Rusia; y el Sur de Europa prioriza la migración mediterránea sobre las amenazas orientales.

Sin una reforma profunda de los mecanismos de toma de decisiones en política exterior—que actualmente requieren unanimidad—y sin un debate sincero sobre qué tipo de potencia quiere ser Europa, todas las propuestas de autonomía quedarán en declaraciones retóricas.

Asimismo, la integración europea en defensa y energía requiere una cesión de soberanía nacional que muchos Estados aún no están dispuestos a aceptar.

Si el vendaval de realidad en Davos ha dejado una lección nítida, es que la parálisis es el camino más corto hacia la irrelevancia. El peaje por nuestra emancipación estratégica será alto, pero el coste de permanecer como un vasallo en el siglo XXI es, sencillamente, impagable

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