In Memoriam | Ángela Murillo, la justicia escrita a mano

Ricardo Rodríguez, magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid y compañero de Ángela Murillo en la Audiencia Nacional, recuerda, con estas palabras, a Ángela Murillo, una compañera entrañable y una jueza infatigable. Foto: EP.

16 / 02 / 2026 05:41

Actualizado el 16 / 02 / 2026 09:02

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Se ha ido mi querida Ángela Murillo. Con ella desaparece una manera muy concreta de entender la justicia: la de quien no concebía el Derecho como un discurso abstracto, sino como una responsabilidad personal, diaria y casi física.

Durante más de cuatro décadas de judicatura -tres de ellas en la Audiencia Nacional- su nombre quedó ligado a los procesos más difíciles, ásperos y moralmente exigentes de la historia reciente de España.

Trabajadora incansable, confiaba más en la lógica probatoria que en la retórica jurídica y perseguía una idea muy simple: comprender qué había ocurrido realmente antes de decidir.

Esa aproximación práctica, directa a la valoración de la prueba, la hizo respetada incluso por quienes se sentaban en el banquillo y los letrados que recurrirían sus sentencias después ante el Tribunal Supremo.

Nacida en Almendralejo, llegó joven a la Audiencia Nacional. Fue la primera mujer en integrarse en ella y después en presidir una sección. Ocupó su sitio sin pedir permiso, únicamente trabajando.

La conocí en 2004, al incorporarme, en comisión de servicio, a la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Apenas hizo falta tiempo, enseguida me adoptó con esa naturalidad suya y pasó a llamarme “mi niño”.

Así era Ángela, directa en el afecto como lo era en las resoluciones.

«Fue una juez vocacional en el sentido tradicional de la palabra. Creía en la responsabilidad individual del juez, en mirar a los ojos a los acusados y a las víctimas, en sostener la decisión propia sin esconderse tras el formalismo».

Trabajamos muy unidos en el juicio presidido por Javier Gómez Bermúdez contra la célula de Al Qaeda liderada por Abu Dahdah, parte del engranaje organizativo que permitió el 11-S, el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York.

No la mano que pilotó los aviones, sino la red que sostuvo la conspiración, dando cobertura a los autores materiales.

Fueron jornadas interminables, horas de deliberación y estudio. Tenía una forma de juzgar eminentemente práctica, iba al núcleo probatorio sin rodeos, y esa claridad gustaba a todos.

Ella razonaba y yo le aportaba la jurisprudencia más reciente ya que hasta hacía muy poco había sido Letrado del Tribunal Supremo, adscrito a su Sala Segunda. Trabajábamos así, casi artesanalmente, como se hacía antes.

Escribía a mano. Siempre. En una época ya dominada por ordenadores, seguía redactando como si el papel le ayudara a pensar. Entre párrafo y párrafo aparecía su ironía: frases sarcásticas que se hicieron célebres, pero que en privado eran simplemente su manera de descargar tensión.

Su vida personal no fue fácil. La muerte de su pareja sentimental la dejó marcada y, desde entonces, su refugió fue el trabajo; de la Audiencia a su pequeño apartamento y de éste a la Audiencia.

Apenas tenía vida social, pero sí una vocación casi obstinada. Quienes la conocieron bien sabían que, tras el estrado, había alguien profundamente sensible, incluso frágil, que canalizaba el dolor en forma de disciplina.

Los compañeros la recordamos -más allá de la figura pública- como cercana y protectora, afectuosa en el trato cotidiano, capaz de la frase más cariñosa al compañero que acababa de conocer y, al minuto siguiente, dirigir un interrogatorio demoledor. Esa dualidad no era contradicción, era carácter.

La severidad la reservaba para el delito; la ternura, para las personas.

Nunca le tembló el pulso

Participó en procesos que definieron épocas: terrorismo, narcotráfico, corrupción económica. Macrojuicios mediáticos y tensos. Nunca le tembló el pulso.

A veces polémica, siempre auténtica, jamás indiferente. Su espontaneidad le generó críticas y admiración a partes iguales, pero en todos los casos revelaba lo mismo: no sabía fingir.

Fue, en suma, una juez vocacional en el sentido tradicional de la palabra. Creía en la responsabilidad individual del juez, en mirar a los ojos a los acusados y a las víctimas, en sostener la decisión propia sin esconderse tras el formalismo.

Al jubilarse dijo que se marchaba con la satisfacción del deber cumplido. La justicia había sido su vida entera.

Hoy queda su legado jurídico, sí, pero sobre todo queda el recuerdo de una persona de trato cálido, humor irónico y firmeza inflexible ante la injusticia.

Ángela Murillo no solo dictó sentencias, habitó la función de juzgar.

Porque hay jueces que pasan por los tribunales… y otros que permanecen para siempre en corazón de quienes los conocieron.

Quienes compartimos estrados con ella sabemos que la jurisdicción no era para Ángela Murillo un destino profesional, sino una forma de responsabilidad moral: escuchar, comprender y decidir sin miedo.

No buscó aplausos ni unanimidades; buscó acierto.

Y en un tiempo de ruido, ejerció la difícil serenidad de juzgar.

Queda su ejemplo -independencia, trabajo, humanidad- como patrimonio de la Sala y de la Justicia a la que sirvió.

Descanse en paz quien hizo de la toga no un símbolo, sino un compromiso.

Y cuando el Derecho olvide las palabras y solo quede la conciencia, allí seguirá su memoria, sosteniendo en silencio el equilibrio de la balanza.

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