Opinión | El discurso de Kevin Spacey: de actor a profesor de hecho de Derecho

Luis de las Heras Vives, socio del despacho De Las Heras & Varela Abogados Penalistas, profesor de Derecho Penal y académico de Número de la Real Academia Europea de Doctores, reflexiona sobre la presunción de inocencia en la era mediática, a partir del discurso de Kevin Spacey: cuando el relato sustituye a los hechos y la opinión pública convierte a cualquiera en culpable antes de juicio.

21 / 02 / 2026 05:42

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“Solía creer que la verdad vencería. Que, si te mantenías tranquilo, callado y dejabas que el sistema funcionara, eventualmente los hechos hablarían más fuerte que el ruido, pero estaba equivocado. Estoy aquí para decirles, con la autoridad que muy pocos tienen, que una vez se lanzan acusaciones, los hechos no importan. Ellos no quieren la verdad. Ellos quieren un villano. Y yo era perfecto para ese papel. Yo era una estrella legendaria, era excéntrico y no seguía sus reglas. Los medios publicaron titulares que decían que había cometido una agresión sexual. Y luego la avalancha: gente, de repente, saliendo de la nada para decir que era un monstruo”.

Así arranca el discurso viral, estos días, de Kevin Spacey en la Oxford Union Society. Da igual el lugar y la fecha. Podría haberse pronunciado ayer, hace cien años o dentro de cincuenta.

No interpela a un momento histórico concreto, sino a una constante de la condición humana cuando se organiza en sociedad: la facilidad con la que el relato desplaza al hecho y el deseo casi inconsciente de señalar a alguien cuando el clima moral lo reclama.

Y sí, ha tenido que venir un actor de Hollywood, bien es verdad que uno de los más grandes de la historia, a pronunciar la mejor conferencia que recuerdo sobre la presunción de inocencia y el ruido social.

«La presunción de inocencia, fuera del proceso, no existe. Nunca ha existido del todo, pero hoy es la nada. Ninguna persona sometida a un procedimiento penal con exposición mediática va a ser tratada como inocente».

Lamentablemente para los juristas, yo incluido, caemos en la total y absoluta mediocridad si nos comparamos con el poder de las palabras de Kevin Spacey.

Aquí podría acabar esta columna: bastaría con recomendar ver el soliloquio de Kevin Spacey y, después, reflexionar unos minutos.

Sin embargo, me permito expresar mi opinión: la presunción de inocencia, fuera del proceso, no existe. Nunca ha existido del todo, pero hoy es la nada. Ninguna persona sometida a un procedimiento penal con exposición mediática va a ser tratada como inocente.

No lo he visto. No lo veré. No lo vivirá ninguna persona que hoy esté viva. No por un fallo del Derecho, sino por la condición humana.

La gente detesta la imparcialidad. La imparcialidad exige prudencia, reflexión y, sobre todo, ser conscientes de que ninguno de nosotros está libre de la calumnia.

La vigencia de la presunción de inocencia depende de la educación de una sociedad. A mayor visceralidad social, menor presunción de inocencia. Y si a la visceralidad social le añadimos viralidad, entonces tenemos la tormenta perfecta.

De hecho, la presunción de inocencia la hemos matado entre todos porque jugamos a ser dioses: condenamos o absolvemos desde el sofá de nuestra casa.

Tengo claro que algún día alguien dedicará una tesis doctoral a estudiar cuántos suicidios podrían haberse evitado de haber vivido en una sociedad que respetara la presunción de inocencia.

Bien es verdad que tampoco sé cómo se abordaría esa tesis doctoral, porque la presunción de inocencia no es posible. Supongo que esas vidas perdidas son una amarga necesidad en un mundo de seres imperfectos.

Concluyo, simplemente, con el deseo sincero de que no sean ustedes jamás víctimas de la calumnia mediática, porque entonces tendrán que demostrar entereza y aprender lo que he dicho: que todos podemos sufrirla.

Algún día, estoy seguro, pagaremos las consecuencias de estos excesos.

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