Los intervinientes en este acto. De izquierda a derecha, Antonio Rubio, Miguel Ángel Aguilar, Pedro Crespo, presidente de la Sección de Derecho de la Información de la REAJYLE, Carlos Berbell y Fernando Pinto Palacios.

Crisis del periodismo: cómo algoritmos, redes sociales y bulos están cambiando la información y amenazando a la democracia

25 / 02 / 2026 05:41

El periodismo ya no controla el relato. Lo hacen los algoritmos, la viralidad y, cada vez más, la mentira. Ese fue el punto de partida —y también de llegada— de un debate que dejó más alertas que certezas en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

En la Sala de Presidentes, bajo la presidencia de Pedro Crespo de Lara, periodistas y juristas diseccionaron un ecosistema informativo en crisis, atravesado por la sobreabundancia de contenidos, la pérdida de filtros tradicionales y una tecnología que ha alterado las reglas del juego.

Lo que emergió no fue una discusión académica, sino un diagnóstico compartido: la información ha dejado de ser un terreno controlado por profesionales para convertirse en un espacio abierto, caótico y, en ocasiones, profundamente distorsionado.

Miguel Ángel Aguilar, secretario general de la Asociación de Periodistas Europeos, con la autoridad de quien ha vivido varias etapas del periodismo español, abrió fuego con una mezcla de ironía y teoría.

Reivindicó su “ley de la gravitación informativa” para explicar qué convierte un hecho en noticia y denunció la degradación del criterio periodístico en favor de lo banal o lo irrelevante.

Su crítica fue directa: la prensa, dijo, abandonó antes a los lectores de lo que estos abandonaron a la prensa.

Antonio Rubio, director del Máster de Periodismo de Investigación de la URJC/El Confidencial, presidente honorario de la Asociación de Periodistas de Investigación, recogió el testigo desde la trinchera del periodismo de investigación.

Frente al ruido y la opinión sin base, defendió el valor del trabajo documentado, el que se construye con pruebas y no con intuiciones.

Recordó investigaciones que derivaron en procesos judiciales para subrayar que el periodismo, cuando se ejerce con rigor, no solo informa, sino que puede cambiar la realidad. Su advertencia fue clara: sin ese periodismo, la democracia pierde uno de sus pilares esenciales.

A lo largo de la sesión, las intervenciones convergieron en una misma idea: el periodismo ya no compite solo con otros medios, sino con un sistema que premia la velocidad, la emoción y el conflicto por encima de la verdad. La verificación pierde frente a la viralidad; el análisis, frente al impacto inmediato.

El giro más estructural lo aportó Carlos Berbell, director de Confilegal, que situó el origen del problema en la revolución tecnológica iniciada con el nacimiento del iPhone y, en consecuencia, del «smartphone», en enero de 2007, con la presentación que hizo Steve Jobs.

Desde entonces —explicó— el monopolio informativo de los medios ha desaparecido y ha sido sustituido por un modelo en el que cualquiera puede emitir contenidos.

El resultado es un ecosistema donde las noticias falsas circulan más rápido que las verdaderas y donde la polarización no es un efecto colateral, sino un motor de negocio.

Desde la perspectiva jurídica, el magistrado Fernando Pinto Palacios, letrado del Gabinete Técnico del Tribunal Supremo y profesor asociado de Derecho Procesal Penal de la Universidad Isabel I de Castilla y de Derecho Penal en el Centro de Estudios Universitarios, añadió una capa más de complejidad: la desinformación no es solo un fenómeno mediático, sino un problema estructural que afecta a la calidad democrática.

Los bulos, los deepfakes y la manipulación informativa encuentran terreno fértil en una sociedad con baja capacidad de verificación y altos niveles de polarización.

Los datos que aportó fueron elocuentes: una parte significativa de la población no distingue entre información veraz y falsa, y la confianza en los medios se encuentra erosionada.

A lo largo de la sesión, las intervenciones convergieron en una misma idea: el periodismo ya no compite solo con otros medios, sino con un sistema que premia la velocidad, la emoción y el conflicto por encima de la verdad. La verificación pierde frente a la viralidad; el análisis, frente al impacto inmediato.

No hubo soluciones simples ni conclusiones complacientes. Pero sí una certeza compartida: el desafío no es únicamente profesional, sino democrático.

En un mundo donde cualquiera puede informar y donde la mentira encuentra autopistas de difusión, recuperar el valor de la verdad se ha convertido en una tarea urgente —y cada vez más difícil.

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