Opinión | Ahora o nunca: cómo el sionismo arrastró a los Estados Unidos a la guerra más peligrosa del siglo

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, analista y consultor internacional, explica en esta columna las claves que han empujado a la coalición entre Israel y Estados Unidos a declarar la guerra a Irán en estos momentos.

1 / 03 / 2026 05:44

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Hay una expresión en el léxico militar estadounidense que debería poner los pelos de punta a cualquier analista que la escuche: «major combat operations» (operaciones de combate a gran escala).

No es casual. No es decorativa. Es la misma fórmula que George W. Bush utilizó el 1 de mayo de 2003 cuando anunció desde la cubierta del USS Abraham Lincoln el supuesto fin de las operaciones principales en Irak.

Aquella guerra, que iba a durar semanas, se prolongó ocho años, costó más de un billón de dólares, dejó cientos de miles de muertos y desestabilizó una región entera durante generaciones.

Ayer, 28 de febrero de 2026, Donald Trump utilizó exactamente la misma expresión para anunciar ataques contra Irán. Y la historia, como siempre, rima.

I. La pregunta que nadie quiere formular

La pregunta que se hace el mundo no es si los misiles impactaron en Teherán — los vídeos verificados por CNN muestran columnas de humo sobre la capital iraní, y las agencias de noticias confirman explosiones en Isfahán, Qom, Karaj y Kermanshah.

La pregunta es otra, infinitamente más grave: ¿estamos ante una operación de proporciones limitadas, diseñada para destruir capacidades militares concretas y forzar una negociación, o se ha dado luz verde a una guerra total contra la República Islámica?

II. La tesis de la contención

Quienes defienden la tesis de la acción limitada se aferran a varios indicadores.

Primero, los objetivos declarados: Trump ha centrado en un primer momento su discurso en la destrucción de misiles balísticos y la industria misilística iraní, no en la ocupación territorial ni en el derrocamiento formal del régimen.

Segundo, no hay componente terrestre. El despliegue, por masivo que sea — dos grupos de ataque de portaaviones, más de 150 cazas, destructores y submarinos repartidos por el Mediterráneo, el mar Rojo, el golfo Pérsico y el mar Arábigo —, es exclusivamente aeronaval.

No se han movilizado divisiones de infantería ni marines para una invasión anfibia.

Tercero, existe un precedente reciente: la Operación Midnight Hammer de junio de 2025, cuando Estados Unidos bombardeó las instalaciones nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán, y la represalia iraní se limitó a un ataque limitado contra la base de Al Udeid en Qatar, diseñado para parecer proporcional sin escalar el conflicto.

III. Las señales que apuntan a la guerra total

Pero estos argumentos se desmoronan cuando se examinan las señales que apuntan en dirección contraria. Y son muchas, y son inquietantes.

En primer lugar, la escala.

Fuentes del Pentágono confirmaron a Reuters el 14 de febrero que los preparativos militares apuntaban a operaciones sostenidas durante semanas, no a un golpe puntual.

Funcionarios estadounidenses han descrito la acción como «not a small strike». El despliegue actual es el mayor en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003 — una comparación que, por sí sola, debería disipar cualquier fantasía de «acción quirúrgica».

El mayor dispositivo militar desde la última guerra total en la región no se monta para una noche de fuegos artificiales.

En segundo lugar, la retórica.

Trump no ha hablado de «neutralizar capacidades específicas». Ha dicho, textualmente, que el objetivo es impedir que «esta dictadura muy perversa y radical amenace a América».

Ha instado a los soldados iraníes a rendirse bajo amenaza de «muerte segura». Ha pedido al pueblo iraní que «tome el control de su Gobierno».

Benjamin Netanyahu, por su parte, ha declarado que la operación busca «poner fin a la amenaza del régimen de los ayatolás» y ha asegurado que dará al pueblo iraní «la oportunidad de tomar el control de su propio destino». Esto no es el lenguaje de una operación limitada.

Es el lenguaje del cambio de régimen.

En tercer lugar, la respuesta iraní. Apenas horas después del primer impacto, el Ejército de Israel detectó misiles balísticos lanzados desde Irán hacia territorio israelí.

Las sirenas sonaron en Tel Aviv. Israel declaró el estado de emergencia y cerró su espacio aéreo. Irán ha cerrado el suyo. Irak ha suspendido todo tráfico aéreo.

Las comunicaciones móviles en Teherán están cortadas. Este no es el patrón de un intercambio controlado de golpes simbólicos. Es el patrón de una escalada en tiempo real.

IV. Quién ha llevado a quién a esta guerra

Conviene hacerse una pregunta que pocos se atreven a formular en voz alta: ¿quién ha arrastrado a quién a esta guerra?

La respuesta, si se siguen los hechos y no la retórica, apunta en una dirección incómoda. Fue Netanyahu quien, en su reunión con Trump en Mar-a-Lago el 29 de diciembre de 2025, planteó abiertamente la necesidad de una «segunda ronda» contra Irán.

Fue Israel quien, según Axios, presentó al presidente estadounidense argumentos para reanudar las hostilidades antes de que Teherán reconstruyera sus capacidades.

Y fue Netanyahu quien, en su declaración de ayer por la mañana, bautizó la operación como «Rugido del León» y afirmó que será «mucho más poderosa» que la Operación «Rising Lion» de junio.

La pregunta no es si Estados Unidos participa; la pregunta es si lidera o si sigue.

Politico, citando fuentes de la propia Administración, desveló semanas atrás que los principales asesores de Trump favorecían un escenario en el que Israel, en lugar de Estados Unidos, lanzara el primer ataque.

El cálculo era cínico pero transparente: si Israel golpea primero, es muy probable que Irán tome represalias no solo contra objetivos israelíes, sino también estadounidenses en la región. Esto crea automáticamente una justificación más convincente para la intervención directa de Washington y facilita el respaldo de una opinión pública que, en un 70%, se opone a la guerra.

Y así ha sido: Israel ha anunciado un «ataque preventivo», Estados Unidos se ha sumado horas después con «operaciones de combate principales», y la secuencia coreografiada ha funcionado exactamente como se planeó.

La lógica del sionismo en esta coyuntura es brutalmente simple: es ahora o nunca.

Y los datos la explican.

Tras la Guerra de los 12 Días de junio de 2025, Irán perdió aproximadamente la mitad de su arsenal de 2.500 misiles balísticos y buena parte de sus lanzadores operativos.

Pero Irán ha demostrado una capacidad industrial de reconstrucción que los servicios de inteligencia israelíes estiman en unos 100 misiles nuevos al mes.

Según el centro de análisis Alma, los 25 principales complejos de misiles balísticos iraníes sufrieron daños esencialmente superficiales: las instalaciones subterráneas sobrevivieron prácticamente intactas.

En Isfahán, un nuevo techo se construyó sobre los esqueletos de acero supervivientes entre diciembre y enero para ocultar la producción de centrifugadoras.

Y en las profundidades de la montaña Kuh-e Kolang Gaz La, al sur de Natanz, Irán excava a entre 80 y 100 metros bajo roca granítica —una profundidad que podría inmunizar sus instalaciones incluso contra la GBU-57, la bomba antibúnker más potente del arsenal estadounidense.

La aritmética es implacable: si hoy Irán dispone de entre 1.000 y 1.200 misiles, para 2027 podría tener 5.000 y para finales de la década, entre 8.000 y 10.000.

La ventana se cierra. Y el sionismo lo sabe.

V. La lección olvidada de los 12 Días

Pero hay algo que muchos desconocen y que resulta esencial para comprender el riesgo asumido hoy: la Guerra de los 12 Días no terminó porque Israel hubiera alcanzado todos sus objetivos.

Terminó porque Netanyahu pidió a Trump que parara.

La revelación, publicada por The New York Times y corroborada por The Washington Post, fue estremecedora: el primer ministro israelí comunicó al presidente estadounidense que Israel no estaba plenamente preparado para resistir una represalia iraní de mayor envergadura.

El motivo era tan concreto como devastador: el arsenal de interceptores Arrow —el único sistema israelí capaz de neutralizar misiles balísticos iraníes a larga distancia— estaba prácticamente agotado.

El Wall Street Journal informó de que las reservas de Arrow-3 se secarían en semanas si el conflicto continuaba. El sistema THAAD estadounidense desplegado en Israel disparó más de 150 interceptores en menos de dos semanas — aproximadamente una cuarta parte de toda la producción acumulada de ese sistema desde 2010.

Un informe de JINSA estimó que el THAAD representó casi la mitad de todas las interceptaciones, lo que revelaba que los arsenales israelíes, por sí solos, eran insuficientes. La cuenta era simple: defender a Israel de unos 500 misiles iraníes casi vació los arsenales defensivos de los dos ejércitos más poderosos del mundo.

¿Qué ha cambiado desde entonces? Sustancialmente, muy poco.

Israel ha contratado a Israel Aerospace Industries para producir más interceptores Arrow y ha elevado su gasto de defensa en 12.500 millones de dólares, pero los ciclos de producción de estos sistemas se miden en años, no en meses.

Estados Unidos adquirió solo 11 nuevos interceptores THAAD el año pasado y recibirá 12 más este ejercicio fiscal. La producción de SM-3 —el otro misil clave para interceptar balísticos iraníes desde los destructores de la Armada— apenas alcanza las 12-25 unidades anuales.

Un estudio del Foreign Policy Research Institute estimó que reponer las reservas consumidas en junio de 2025 llevaría entre tres y ocho años al ritmo actual de fabricación.

La industria de defensa occidental, sencillamente, no está dimensionada para una guerra de desgaste contra un adversario que fabrica misiles más deprisa de lo que sus enemigos producen interceptores.

VI. Una apuesta de riesgo existencial

He aquí la paradoja central de lo que ocurre ahora mismo: Israel lanza una ofensiva masiva contra Irán sabiendo que su escudo defensivo no está plenamente reconstruido.

Lo hace porque la alternativa —esperar a que Irán acumule 5.000 misiles y complete la fortificación subterránea de sus instalaciones nucleares— es aún peor.

Es un cálculo de riesgo existencial, no de seguridad convencional. Y es un cálculo que solo tiene sentido si Estados Unidos absorbe la mayor parte del coste defensivo: sus buques Aegis con interceptores SM-3 y SM-6, sus baterías THAAD, sus destructores y sus portaaviones desplegados como escudo humano y tecnológico para compensar las carencias israelíes.

Dicho de otro modo: el sionismo ha apostado por una guerra en la que Israel no puede defenderse solo, confiando en que Estados Unidos asumirá tanto el coste ofensivo como el defensivo.

Es, en esencia, la misma dinámica que ha definido la relación entre ambos países durante décadas, pero llevada a su extremo más peligroso.

Y la red de proxies iraníes amplifica el riesgo hasta hacerlo incalculable: los hutíes en Yemen han anunciado su disposición a atacar intereses estadounidenses e israelíes; Hezbolá, debilitado pero operativo, conserva capacidad de hostigamiento desde el Líbano; las milicias chiíes en Irak tienen historial probado de ataques contra bases estadounidenses.

Si Irán activa esta red de forma coordinada, la noción de «conflicto limitado» se evapora. No se puede librar una guerra contenida contra un adversario cuya doctrina militar se basa en la asimetría y la dispersión.

VII. La trampa de la escalada

El Atlantic Council publicó días antes del ataque un análisis que distinguía tres escenarios: «Aplicar» (golpes limitados punitivos), «Degradar» (campaña amplia contra infraestructura militar y nuclear) y «Eliminar» (golpe directo contra el liderazgo del régimen).

Lo que estamos viendo no encaja en la primera categoría. Cuando se bombardean simultáneamente cinco ciudades, cuando se atacan objetivos cerca de las oficinas del Líder Supremo, cuando se pide abiertamente la rendición del aparato militar iraní, estamos, como mínimo, en el escenario «Degradar», y con indicios claros de haber cruzado hacia «Eliminar».

El problema es que la diferencia entre estos escenarios no la decide Washington ni Tel Aviv. La decide Teherán.

Un régimen acorralado, humillado internamente por las protestas más masivas desde 1979, con su programa nuclear expuesto y su capacidad misilística mermada, tiene exactamente dos opciones: capitular o escalar. Y la historia de la República Islámica no ofrece un solo ejemplo de capitulación.

El CSIS lo advirtió con claridad días antes del ataque: existe un punto de inflexión a partir del cual la gravedad de la escalada arrastra a ambos contendientes más allá de sus intenciones iniciales, especialmente cuantos más misiles se disparen y más vidas se pierdan.

VIII. Lo que Trump no ha dicho

Lo más perturbador de todo es lo que Trump no ha dicho. No ha articulado un objetivo estratégico final. No ha definido qué constituiría la «victoria». No ha mencionado al Congreso ni la necesidad de una autorización para el uso de la fuerza militar, como la que George W. Bush sí obtuvo antes de invadir Irak —una omisión que, como señaló David Sanger en NPR, sitúa esta operación en el terreno de la guerra preventiva, considerada ilegítima bajo las normas del derecho internacional.

No ha explicado cuánto durará la operación ni cuánto costará. Altos cargos del Pentágono llevan semanas filtrando a los medios sus advertencias sobre la falta de municiones para una campaña prolongada y sobre el desgaste de los portaaviones desplegados.

El Jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, ha expresado en privado sus reservas sobre la escala, la complejidad y el potencial de bajas.

Pero ninguna de estas señales de alarma ha detenido la maquinaria.

Ni el 70% de la opinión pública estadounidense que se opone a la guerra, ni las advertencias de Qatar, Arabia Saudí, Omán y Egipto sobre las consecuencias de una escalada, ni la evaluación de la propia comunidad de inteligencia de que los bombardeos de junio solo retrasaron el programa nuclear iraní unos meses.

Nada ha bastado. Y ahí está la clave para entender lo que ocurre: no estamos ante una decisión militar racional con objetivos definidos. Estamos ante una huida hacia adelante impulsada por una convergencia de intereses: el proyecto sionista de neutralizar a su enemigo existencial antes de que sea demasiado tarde, y la necesidad de Trump de proyectar fortaleza sin haber calculado el precio.

IX. La víspera de Purim

No es irrelevante que el ataque se produzca en la víspera de Purim, la festividad judía que conmemora la salvación del pueblo judío de un plan de exterminio en la antigua Persia —la Persia que hoy es Irán.

El simbolismo es deliberado y profundo: para la narrativa israelí, atacar Irán en Purim es cerrar un círculo de tres milenios. Pero el simbolismo, por poderoso que sea, no sustituye a la estrategia.

Y una operación militar cuya fecha se elige por resonancia mitológica tanto como por cálculo táctico revela las prioridades de quien la diseña.

X. La prueba que nadie quiere hacer

Hay una prueba sencilla para distinguir una acción limitada de una guerra total: ¿puede el agresor detenerse cuando quiera?

En Irak, en 2003, la respuesta fue no.

En Afganistán, en 2001, fue no.

En Vietnam, en 1965, fue no.

La lógica de la guerra tiene una gravedad propia que arrastra a los contendientes más allá de sus intenciones iniciales, especialmente cuando el adversario decide no cooperar con el guión del atacante.

Lo que ha comenzado una mañana de febrero sobre los cielos de Teherán puede, en teoría, terminar en días si el régimen iraní colapsa o capitula.

Pero apostar por el colapso de un régimen que lleva 47 años sobreviviendo a revoluciones, sanciones, guerras e invasiones es, en el mejor de los casos, optimismo temerario.

En el peor, es la misma arrogancia imperial que ha convertido cada «operación limitada» estadounidense desde Vietnam en un pantano interminable.

Estados Unidos ha sido arrastrado a una guerra que no es suya, con un escudo defensivo que no está repuesto, contra un adversario que no va a capitular, al servicio de un proyecto que no ha explicado a su pueblo, y sin una estrategia de salida.

Trump ha dicho que «quedan muchos objetivos».

Netanyahu ha dicho que esta operación será «mucho más poderosa» que la anterior. Irán ya ha lanzado misiles contra Israel. Tres frases. Tres certezas. Ninguna de ellas apunta a una acción limitada, por más que en algún momento yo mismo he defendido esta tesis.

Esto no ha hecho más que empezar.

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