Dicen que en diplomacia las formas son el fondo. Si eso es cierto, lo que ayer ocurrió en el Despacho Oval tiene un fondo devastador: el presidente de los Estados Unidos amenazando públicamente a España con un embargo comercial total mientras el canciller de Alemania, sentado a su lado, asentía en silencio. Toda la arquitectura de la relación transatlántica y del desbarajuste europeo, resumida en una sola imagen
El detonante inmediato: la negativa del Gobierno de Pedro Sánchez a autorizar el uso de las bases de Rota y Morón para las operaciones militares contra Irán. El trasfondo: el rechazo español a elevar el gasto en defensa al 5 % del PIB que Trump exige a los aliados.
Antes de seguir, quiero despejar cualquier duda sobre dónde me sitúo.
Que no soy defensor de Trump es ya un secreto a voces para quienes me leen. Y que tampoco lo soy de Sánchez y su gobierno debería serlo igualmente. No lo soy por razones ideológicas —soy liberal, y ninguno de los dos representa nada que se parezca remotamente al liberalismo— pero tampoco lo soy por razones que tienen que ver con la forma de ejercer el poder, con la relación con las instituciones, con la manera de entender la democracia.
Dicho esto, hoy toca hablar con la cabeza fría y el bisturí afilado, porque lo que está en juego no es el orgullo de un presidente ni la bravuconería de otro: es el bienestar y la seguridad de cuarenta y ocho millones de españoles.
EL ESPECTÁCULO DEL MATÓN
Empecemos por lo más evidente y, paradójicamente, lo menos sorprendente. Trump ha vuelto a hacer lo que lleva haciendo desde que irrumpió en la política internacional: amenazar, humillar y tratar las relaciones entre naciones soberanas como si fueran negociaciones inmobiliarias en Manhattan.
Que el presidente de los Estados Unidos califique a España de «aliado terrible», que diga que «no necesita nada» de nuestro país, que ordene a su secretario del Tesoro que ejecute un embargo como quien pide la cuenta en un restaurante, no es diplomacia. Es la exhibición cruda de un poder que se ejerce sin filtros, sin matices y sin la más mínima consideración por las formas que durante décadas han sustentado el orden internacional.
Pero seamos sinceros: nada de esto debería sorprendernos.
Lo hemos visto con México, con Canadá, con la propia Unión Europea, con China, con cualquiera que ose llevarle la contraria. El modus operandi de Trump es siempre el mismo: la intimidación como herramienta de negociación, la humillación pública como demostración de fuerza, la amenaza desproporcionada como primer movimiento en cualquier tablero.
Es la diplomacia del “bully”, y lo es desde el primer día. Quien a estas alturas se muestre escandalizado es que no ha prestado atención.
EL SILENCIO CÓMPLICE DE EUROPA
Lo que sí merece escándalo, y mucho, es lo que ha ocurrido al otro lado de la mesa del Despacho Oval. Friedrich Merz, canciller de Alemania —la locomotora de Europa, el país que se supone que lidera el proyecto comunitario—, no solo ha permanecido en silencio mientras Trump amenazaba a un Estado miembro de la Unión.
Ha ido más allá: se ha sumado a la presión, señalando que España es el único país que no acepta el compromiso del 5% y que «hay que convencerles».
El representante de la mayor economía europea asintiendo mientras el presidente norteamericano amenaza con destruir las relaciones comerciales con un socio comunitario. La imagen es demoledora.
Y cierto, la cuestión relativa al gasto en la OTAN nada tiene que ver con la Unión, pero el embargo comercial sí.
La imagen es demoledora porque resume con brutal precisión lo que es hoy la Unión Europea: un club de naciones que predica la solidaridad en los comunicados de Bruselas pero que se dispersa como un banco de peces ante el primer tiburón que aparece.
¿Dónde queda el artículo 42.7 del Tratado de la Unión, la cláusula de solidaridad? ¿Dónde queda la política comercial común que, según los tratados, es competencia exclusiva de la Unión?
¿Dónde queda la pretensión de autonomía estratégica que Europa lleva años proclamando? En ningún sitio. Porque cuando llega la hora de la verdad, cuando el hegemón golpea la mesa, cada Estado miembro mira para otro lado esperando no ser el siguiente.
La Comisión Europea, hay que reconocerlo, ha reaccionado recordando que defenderá los intereses del bloque y que espera que Washington cumpla los acuerdos comerciales existentes.
Pero la respuesta de Bruselas siempre llega tarde, siempre suena tibia, y siempre deja la sensación de que Europa es un gigante económico que se comporta como un enano político.
El episodio de hoy no es una anomalía. Es el patrón. Es la confirmación de que la Europa de las declaraciones solemnes y la Europa de los hechos siguen siendo dos entidades radicalmente distintas.
LA LEGALIDAD INTERNACIONAL, ESA GRAN OLVIDADA
Dicho lo anterior, y como jurista e internacionalista, hay una cuestión que no puedo eludir: la legalidad de esta guerra.
Porque antes de juzgar la respuesta de España —que juzgaré, vaya si la juzgaré— es imprescindible establecer el marco jurídico en el que nos movemos. Y ese marco es incómodo para muchos, pero meridianamente claro.
La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, bautizada con el nombre grandilocuente de «Operación Furia Épica», carece de cobertura en el Derecho Internacional.
No existe resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que la autorice.
No se dan las condiciones del artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas para invocar la legítima defensa de manera convincente: un ataque preventivo contra un país basándose en la alegación de que «iba a atacar primero» no cumple los estándares que la Corte Internacional de Justicia ha establecido reiteradamente sobre necesidad, proporcionalidad e inmediatez.
Estamos, nos guste o no, ante el uso de la fuerza al margen del marco legal que la comunidad internacional se dotó tras la catástrofe de 1945 precisamente para evitar que las grandes potencias resolvieran sus diferencias a cañonazos.
Esto no significa que Irán sea inocente. El régimen de los ayatolás es una teocracia represiva que viola sistemáticamente los derechos humanos, que ha alimentado proxies violentos en toda la región y que ha perseguido un programa nuclear con ambiciones que van mucho más allá de lo civil. Nada de eso está en discusión.
Pero el Derecho Internacional no se aplica solo cuando conviene, y el principio de que la fuerza solo puede emplearse legítimamente bajo el paraguas de las Naciones Unidas —o en casos muy tasados de legítima defensa— no admite excepciones de conveniencia geopolítica.
O al menos no debería admitirlas.
España, al negar el uso de sus bases para operaciones que no encajan en la Carta de Naciones Unidas, ejerce su soberanía dentro de un marco jurídico coherente.
Los convenios bilaterales sobre Rota y Morón son claros: las bases son de titularidad española, y su uso para operaciones no cubiertas por el paraguas de la OTAN o de Naciones Unidas requiere autorización expresa de Madrid.
Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la posición española es sólida. El problema, como suele ocurrir en las relaciones internacionales, es que tener razón legal no siempre equivale a actuar con inteligencia política.
EL QUIJOTISMO PELIGROSO DE SÁNCHEZ
Y aquí entramos en el terreno donde la prudencia debería reinar y donde, lamentablemente, el presidente del Gobierno español lleva semanas actuando con una frivolidad impropia de la gravedad del momento.
Porque una cosa es defender la legalidad internacional —algo que como jurista aplaudo— y otra muy distinta es hacerlo con el tono, las formas y la estrategia que ha elegido Pedro Sánchez.
Desde el inicio de la escalada en Oriente Próximo, el Gobierno español ha optado por un perfil alto, combativo, casi militante.
Sánchez no se ha limitado a expresar reservas diplomáticas o a canalizar su posición a través de los mecanismos europeos. Ha calificado públicamente la intervención como un «atropello a la legalidad internacional», se ha convertido en la voz más crítica de todo Occidente contra la operación, y ha cosechado los agradecimientos públicos de Hamás, los hutíes y el propio régimen iraní.
Cuando tus aplausos vienen de esos tres actores, debería encenderse alguna alarma.
No cuestiono el fondo —la guerra es, en efecto, jurídicamente cuestionable— sino las formas y, sobre todo, el cálculo estratégico.
En la esfera internacional, la moderación y la diplomacia no son signos de debilidad: son las herramientas de los países que entienden que su peso específico exige más sutileza que aspaviento.
España no es Estados Unidos. No somos una superpotencia. Somos un país mediano, con una economía vulnerable a las disrupciones comerciales, con bases militares extranjeras en su territorio, con una dependencia energética que el cierre del Estrecho de Ormuz puede convertir en crisis.
Los posicionamientos quijotescos, por más que vengan adornados con el ropaje de la legalidad, no son los mejores compañeros de viaje cuando se navega en aguas turbulentas.
¿Hay detrás motivaciones de política interior? Sin duda. El Gobierno de coalición necesita alimentar a una base electoral que se moviliza con la retórica antimperialista.
Los socios parlamentarios —Sumar, Bildu, Podemos y los nacionalistas— exigen una postura contundente contra la intervención.
Y Sánchez, que ha demostrado una y otra vez que su brújula apunta antes al voto que al Estado, ha encontrado en la crisis de Irán una bandera cómoda para ondear. Es una bandera legítima en el fondo, pero temeraria en la ejecución.
LO QUE TOCA AHORA: PRAGMATISMO, NO HEROÍSMO
Estamos donde estamos, y de nada sirve lamentarse por los errores cometidos por unos y por otros. La pregunta relevante es qué hacer a partir de ahora.
Y la respuesta, desde mi modesto entender, es clara: prudencia, pragmatismo y coordinación europea.
Prudencia, en primer lugar, porque las amenazas de Trump, por desmesuradas que sean, no son necesariamente vacías. La bolsa de Madrid se ha desplomado un 4,5% en una sola sesión.
Los sectores exportadores —vino, aceite, automóvil, moda— están conteniendo la respiración. El intercambio comercial entre España y Estados Unidos supera los 47.000 millones de dólares anuales. No es un juego. No se puede tratar como un episodio más de la retórica trumpiana que se desvanecerá mañana. Quizá se desvanezca, quizá no. Un gobernante responsable no juega a la ruleta con la economía de su país.
Pragmatismo, en segundo lugar, porque la posición española, por jurídicamente correcta que sea, necesita arroparse en el consenso europeo para tener alguna eficacia.
España sola contra Estados Unidos es un combate perdido de antemano. España como parte de una posición europea coordinada es otra cosa. Pero para lograr esa coordinación hace falta lo que Sánchez no ha hecho: trabajar los pasillos, negociar en la trastienda, construir coaliciones antes de subirse al púlpito.
La diplomacia eficaz es la que se hace en voz baja, no la que se proclama a gritos para que la oigan los votantes.
Y coordinación europea, en tercer lugar, porque esta crisis ha puesto de manifiesto —una vez más— que sin una política exterior y de defensa europea digna de ese nombre, los Estados miembros están a merced de quien tenga el garrote más grande.
El episodio Merz-Trump es un recordatorio brutal: mientras Europa no hable con una sola voz, cualquier presidente norteamericano —sea Trump o quien le suceda— podrá dividir, amenazar y someter a los europeos uno por uno.
La redefinición de la relación transatlántica no es un capricho: es una necesidad existencial. Pero esa redefinición requiere tiempo, consenso y madurez política, tres ingredientes que hoy escasean en ambas orillas del Atlántico.
NI HÉROES NI BUFONES
Lo ocurrido hoy en el Despacho Oval es, en cierto modo, un microcosmos de todo lo que funciona mal en el orden internacional contemporáneo.
Un presidente norteamericano que ejerce el poder como un señor feudal, repartiendo castigos y prebendas según la docilidad de sus vasallos.
Un canciller alemán que elige la sumisión calculada frente a la solidaridad con un socio europeo. Un presidente español que, teniendo razón en lo jurídico, ha gestionado la crisis con más atención al titular de mañana que a las consecuencias del año que viene. Y una Unión Europea que observa el espectáculo con la impotencia de quien sabe que debería actuar pero no sabe cómo.
España se merece un gobierno que defienda la legalidad internacional con la misma convicción con la que gestiona las consecuencias de defenderla.
Se merece aliados europeos que estén dispuestos a pagar el precio de la solidaridad que predican. Y se merece un interlocutor en Washington que, por mucho poder que acumule, entienda que las relaciones entre democracias no se gestionan con amenazas de embargo.
Pero sobre todo, España se merece que en estos momentos complicados, quienes nos gobiernan actúen con la seriedad, la prudencia y el sentido de Estado que la situación exige.
Tiempo habrá de reevaluar la relación con los Estados Unidos y de debatir los límites de la lealtad atlántica.
Ahora toca proteger los intereses nacionales, y eso se hace con inteligencia, no con heroísmos de tribuna. Porque en la geopolítica, como en la vida, el héroe que no calcula suele acabar siendo mártir.
Y a España no le hace falta un mártir. Le hace falta un estadista. Y no, lamentablemente no lo tenemos.