Rosalía Iglesias declaró en el caso Kitchen que vivió «aterrorizada» en 2013 sin saber que su propio chófer la espiaba a sueldo del Estado.

La esposa de Bárcenas, Rosalía Iglesias, no sospechó que el chófer de la familia era un espía que cobraba 2000 € al mes del Estado por informar de todo

21 / 04 / 2026 05:45

Rosalía Iglesias, esposa de Luis Bárcenas, extesorero del PP, relató ayer ante la Audiencia Nacional cómo el conductor de la familia, acusado de cobrar 2.000 euros mensuales de fondos reservados del Estado para informar sobre sus movimientos, se convirtió en una sombra silenciosa dentro de su propio hogar.

La. mujer entró a declarar por la tarde en la Audiencia Nacional con un abanico en la mano y 38 años de matrimonio con Luis Bárcenas a sus espaldas.

Lo que contó ante el tribunal de la Sección Cuarta de la Sala de lo Penal no fue solo el relato de una mujer vigilada: fue el testimonio de alguien que vivió una pesadilla sin saber, durante meses, que era real.

«Viví aterrorizada», admitió Iglesias. «Pero yo todo eso lo achacaba a la prensa». Corría el año 2013.

Su marido había ingresado en prisión preventiva en la cárcel de Soto del Real como consecuencia del caso Gürtel —la macrocausa de corrupción que durante años salpicó al Partido Popular— y ella se había quedado sola, sometida a una presión mediática e institucional que no sabía cómo interpretar.

La sensación de ser seguida, observada, perseguida, la atribuyó entonces a los periodistas.

Ahora, a la luz de lo que se investiga en este juicio, aquella explicación resulta insuficiente.

El chófer que escuchaba sin que nadie lo supiera

El caso Kitchen investiga si el Ministerio del Interior, durante el Gobierno de Mariano Rajoy, organizó una trama de espionaje parapolicial para sustraer a Bárcenas documentación comprometedora para el PP.

Uno de los engranajes de esa supuesta trama era Sergio Ríos, el chófer de la familia entre 2013 y 2014, acusado de haber suministrado información sobre los movimientos y contactos de Bárcenas y su entorno a cambio de 2.000 euros mensuales procedentes de fondos reservados del Estado.

Iglesias lo describió con una precisión que resultó más elocuente que cualquier acusación formal: «Era como si fuera una persona más de la familia, sin filtros».

Dentro del coche, ella y su hijo hablaban con total confianza. Nadie desconfiaba de Ríos. Nadie tenía motivos aparentes para hacerlo.

Pero algo empezó a cambiar. «Le empiezo a notar acelerado», recordó Iglesias. Conducía de forma más brusca. Mostraba un interés inusual, casi ansioso, por saber con quién se reunía, adónde iba, a quién veía.

«Le dije que me sentía incomodísima, que no me encontraba a gusto, que le veía un carácter más complicado. No tenía situaciones de discusión o de violencia, pero tenía una actitud incluso desafiante.

Si me entretenía en una reunión me decía: «Pues su marido, esto lo hubiera despachado en 15 minutos», detalló.

«Tenía bastante interés en saber con quién me veía… Interés en acompañarme con todo el mundo con quien yo me viese», declaró.

Ríos trasladaba a Iglesias casi cada viernes a Soto del Real para que visitara a su marido. Era el conductor de su rutina más íntima y más dolorosa. Y, según la acusación, era también quien informaba puntualmente de todo ello.

«Los 19 meses fueron un infierno»

Iglesias no ahorró palabras al describir el impacto personal de la prisión preventiva de su marido, que se prolongó desde 2013 hasta 2015.

«Los 19 meses fueron un infierno», dijo. Recordó los cacheos integrales a los que Bárcenas era sometido con frecuencia en Soto del Real, y reprodujo una frase que le dirigió un funcionario del centro: «Rosalía, qué ganas tengo de verte aquí dentro».

Una amenaza velada, o algo peor, dicha de pasada en los pasillos de una cárcel.

El taller de arte y el pendrive que desapareció

Iglesias también aportó su versión sobre uno de los episodios más llamativos de la jornada.

Por la mañana, su marido había revelado que guardó en el taller de restauración de arte de Rosalía un pendrive con grabaciones de audio del expresidente Mariano Rajoy y del exministro Javier Arenas.

Cuando Bárcenas salió de prisión en 2015 y fue a buscarlo entre las cajas de documentación almacenadas en el local, el dispositivo había desaparecido.

Iglesias confirmó que su marido le habló de esas grabaciones. «Pero yo no las he oído», subrayó. «Y él procuraba decirme lo mínimo posible». Una distancia deliberada, protectora quizás, que no impidió que el entorno de ambos fuera penetrado.

El taller, según relató, no era un lugar especialmente seguro. Su socio, un pintor, le advirtió de que «acudía gente muy extraña» al local.

«Me preguntan por ti», le dijo. Y Rosalía Iglesias recordó también el episodio de un hombre vestido de cura que penetró en su domicilio familiar.

«Lo primero que hago es preguntarle quién le ha mandado», declaró. A ese hombre lo llamó, sin rodeos, «mercenario». Ya ha fallecido.

Una declaración que completa el cuadro

El testimonio de Rosalía Iglesias no aportó pruebas documentales ni datos técnicos, pero ofreció algo que los folios del sumario no pueden reproducir: la textura humana de lo que significa vivir dentro de una operación de espionaje sin saberlo.

La sensación de ser vigilada sin poder nombrarlo. El chófer que conduce más brusco. El pintor que avisa de visitas extrañas. El hombre vestido de cura. Y la certeza, llegada demasiado tarde, de que aquello que se achacaba a la prensa tenía, en realidad, otro origen.

El juicio se reanuda este martes a las 16:00 horas en la sede de la Audiencia Nacional frente a la sede del PP en la calle Génova de Madrid.

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