Hay ruidos que uno termina por no oír. No porque se vayan, sino porque se quedan. Se meten en la vida como el rumor de la calle o ese aparato viejo que no calla nunca. Al principio molestan; luego acompañan. Con los pitidos al himno ha pasado algo parecido.
En la final de la Copa del Rey volvió a suceder. Sonó el himno y, casi al mismo tiempo, con puntualidad casi coreográfica, empezaron los silbidos. Sin sorpresa. Como quien cumple con una costumbre. En el campo, un equipo vasco; en la grada una liturgia conocida.
No es el pitido lo que llama la atención, sino su persistencia. Se ha hecho normal. Y cuando algo se hace normal, es que alguien lo ha ido consintiendo. Estas cosas no ocurren porque sí. Ocurren porque se dejan. Lo hacen porque les dejan.
La final no es un partido cualquiera. Nació hace más de un siglo, cuando Alfonso XIII quiso que hubiera un campeonato nacional.
«No es el pitido lo que degrada; es la ausencia de límite. No es la protesta, sino su normalización impune. Cuando todo esto ocurre ante quienes deben intervenir y miran para otro lado el problema deja de estar en la grada».
Su nombre no es decorativo: expresa un vínculo institucional. Y quien la juega, de algún modo, lo acepta. También la Real Sociedad, que lleva en el suyo un título concedido en 1910 por ese mismo rey. No es una carga; es una condición conocida.
Fuera de aquí, las cosas a veces se entienden de otra manera. En Francia, en 2008, la Marsellesa fue recibida con abucheos en un partido. La reacción fue inmediata. Nicolas Sarkozy dejó claro que no habría repetición sin consecuencias.
No hizo falta más. No era una hipérbole. Bastó con trazar una línea.
Aquí, en cambio, la raya se ha ido borrando y los pitidos se repiten con cadencia de costumbre. Después, apenas nada.
No todo se mide igual
Ni los organizadores, ni las instituciones, ni los propios clubes parecen sentirse interpelados más allá de declaraciones genéricas o apelaciones abstractas al respeto. Y de nuevo, el silencio. Como si no fuera con nadie. O como si ya se hubiera decidido que no merece la pena intervenir.
Llama la atención que no todo se mida igual. Hay expresiones que provocan escándalo inmediato —y hacen bien—, pero otras, dirigidas a símbolos comunes, se despachan con un encogimiento de hombros bajo el paraguas de la libertad de expresión.
No es una cuestión de leyes, sino de criterio. No es tanto una cuestión jurídica como de costumbre. Y las costumbres, cuando se tuercen, cuesta enderezarlas.
Se ha llegado incluso a aceptar que todo esto forma parte del espectáculo. Tal vez ahí resida el problema: en haberlo incorporado. Como si el respeto fuera optativo y no una condición mínima de convivencia.
No siempre fue así. Hubo un tiempo en que estas cosas tenían consecuencias: en los años veinte, el campo del FC Barcelona fue clausurado tras los silbidos al himno. No porque entonces fueran mejores, sino porque alguien entendía que había un límite y lo hizo valer.
Las costumbres, como los ruidos de fondo, acaban definiendo un lugar. Y hay países que eligen bien qué están dispuestos a tolerar.
Aquí hemos optado por lo contrario. Hemos decidido que el desprecio a lo común no merece respuesta. Que forma parte del decorado. Que incomodarse sería excesivo.
Y así, entre la prudencia mal entendida y la dejación elegante, hemos ido construyendo una indulgencia que ya ni siquiera se reconoce como tal.
No es el pitido lo que degrada; es la ausencia de límite. No es la protesta, sino su normalización impune. Cuando todo esto ocurre ante quienes deben intervenir y miran para otro lado el problema deja de estar en la grada.
Hoy ese límite ha desaparecido. Y cuando desaparecen los límites, lo que queda no es la libertad, sino la costumbre.
Y hay costumbres que no describen un país. Lo retratan.