Opinión | El Papa del silencio

Luis Sánchez-Merlo, abogado y economista, secretario general de Presidencia del Gobierno entre 1981-1982 y exdirector general en el Ministerio de Relaciones con la Comunidad Europea y en la Vicepresidencia de Asuntos Económicos, reflexiona sobre la visita del Papa a España y el contraste entre su contención y el ruido de la política nacional. Foto: EP.

El Pontífice recordó en Madrid, entre medio millón de jóvenes en silencio, que las naciones también se fracturan cuando el poder olvida sus límites morales

11 / 06 / 2026 05:41

En una España acostumbrada al griterío político, el hombre más escuchado de la semana habló casi en voz baja.

El contraste resultó tan poderoso como involuntario. Mientras el Parlamento español vive instalado desde hace años en la sobreactuación, la interrupción permanente y el combate verbal convertido en espectáculo, la presencia del Pontífice introdujo en el hemiciclo una rareza contemporánea: la pausa.

No levantó el tono. No improvisó consignas. No señaló culpables concretos. No entró en el barro político nacional. Y, sin embargo, pocas intervenciones recientes han retratado tan bien el clima moral del país.

Habló de polarización, de división, de muros, de enfrentamiento, de la necesidad de diálogo. Y lo hizo precisamente en una nación donde empiezan a discutirse simultáneamente el pasado común, las reglas comunes y hasta la posibilidad misma de un proyecto común.

El Papa llegó a una España donde la Transición es cuestionada por unos como claudicación histórica y por otros como un simple accidente provisional; donde la Constitución ha dejado de ser para muchos una casa compartida para convertirse en una trinchera interpretativa; donde la unidad nacional se debate no ya como vínculo político, sino como sospecha ideológica; donde el consenso parece una antigualla y la moderación una forma de debilidad.

Y frente a ese paisaje de fragmentación emocional, el Pontífice introdujo algo que ya casi resulta subversivo: la idea de convivencia.

Su silencio no era vació sino contención

No deja de ser significativo que el “Papa del silencio” haya terminado convirtiéndose en el contrapunto más elocuente al ruido público español.

Porque su silencio no era vacío ni ausencia, sino contención. Una pedagogía implícita del límite. Una forma de autoridad que no necesitaba imponerse a gritos para hacerse escuchar.

Y quizá la imagen más desconcertante de la visita no fuera política, sino emocional. Medio millón de jóvenes escuchando en silencio. La atención colectiva. La emoción contenida. Como si, por unos instantes, el país hubiera suspendido su fatigosa necesidad de confrontación.

En un tiempo construido para impedir la pausa y devorar la atención, aquellas multitudes calladas insinuaban que España conserva todavía reservas morales más profundas que su conversación pública.

Mientras la política española compite en intensidad, descalificación y dramatización, el Santo Padre recordó —quizá sin proponérselo— que ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente convertida en un sistema de agravios permanentes.

Siete minutos de aplausos

Y entonces ocurrió algo revelador.

Diputados y senadores, habituados demasiadas veces a no concederse ni siete segundos de escucha recíproca, permanecieron puestos en pie durante 7 minutos de aplausos. Siete.

Un número demasiado cargado de resonancias en la tradición cristiana como para no advertir cierta ironía simbólica del destino.

No fue casual que, después del Pontífice, una de las intervenciones más celebradas fuera la de Antonio Banderas, capaz de representar esa vieja tradición española donde arte, emoción popular y sentimiento religioso no aparecen enfrentados, sino entrelazados.

Tal vez aquellos aplausos no expresaban únicamente adhesión al visitante. Acaso contenían algo más profundo e incómodo: nostalgia.

La nostalgia de un país capaz de hablarse a sí mismo sin necesidad de declararse moralmente inhabitable cada mañana. La nostalgia de una conversación pública menos tóxica.

La nostalgia de una España que, pese a sus imperfecciones, supo entender en algún momento histórico que convivir exigía antes escuchar, pactar, ceder y reconocer al adversario como interlocutor legítimo.

Porque la Transición no fue únicamente un acuerdo jurídico. Fue también una disciplina emocional colectiva.

La aceptación de que ninguna mitad del país podía construir España contra la otra mitad. Y quizá eso sea precisamente lo que hoy aparece más erosionado: no las leyes, sino los hábitos morales que permitían sostenerlas.

El Pontífice no vino a redactar una nueva Constitución ni a arbitrar las disputas nacionales. Pero durante unos minutos recordó, quizá mejor que muchos constitucionalistas y profesionales de la confrontación, las virtudes sin las cuales ninguna Constitución resiste: el respeto, la contención, la escucha, el reconocimiento mutuo y la voluntad de convivencia.

El Papa no ha venido a reconstituir España. Pero sí logró algo quizá más difícil: recordar que las naciones empiezan a romperse moralmente mucho antes de fracturarse políticamente.

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