Opinión | Los anclajes de Pekín: instrumentos de influencia china en una Europa que no sabe si resiste o se reacomoda

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza la influencia china en Europa: instrumentos, riesgos y respuestas entre autonomía estratégica y dependencia.

23 / 04 / 2026 05:42

«El imperativo de la seguridad y el control prevalece ahora sobre la lógica de los mercados libres y el comercio abierto» – Ursula von der Leyen, Mercator Institute for China Studies, marzo de 2023.

Entre diciembre de 2025 y abril de 2026, seis jefes de gobierno europeos aterrizaron en Pekín. Macron, Starmer, Merz, el finlandés Orpo, el taoiseach Martin y, el pasado 12 de abril, Pedro Sánchez.

A ellos se había sumado en enero el canadiense Mark Carney. La Casa Blanca observaba, con la irritación característica de un imperio que descubre que sus aliados viajan sin pedir permiso.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, llegó a advertir en Fox News que acercarse a China era «cortarse el propio cuello». Sánchez, que había negado a Estados Unidos las bases de Rota y Morón para la campaña contra Irán, aterrizó en Pekín cinco semanas después de que Trump amenazara con «cortar todo el comercio con España».

No parecía impresionado.

La paradoja es notable. Europa viaja a China con más frecuencia que nunca justo cuando más declara temerla.

La Comisión de von der Leyen la define como «socio, competidor y rival sistémico» —una tríada que los diplomáticos chinos desdeñan como «disonancia cognitiva»— y acelera simultáneamente la regulación de inversiones extranjeras, los controles a la exportación y la defensa comercial.

Mientras tanto, los gabinetes nacionales firman acuerdos de cooperación, abren plantas de BYD y reciben a Wang Yi como a un aliado estratégico.

El gesto transatlántico tradicional —alinearse con Washington en la contención— ha perdido su automatismo. Pero el gesto alternativo —autonomía europea real— tampoco acaba de articularse. En el intersticio entre los dos se mueve Pekín, paciente, con la calma de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Para comprender qué hace realmente China en Europa hay que dejar de mirar los titulares de las cumbres y examinar los instrumentos: los formatos diplomáticos paralelos, los vehículos culturales, la red de «lobbying», los enclaves políticos.

Son cuatro capas superpuestas, con trayectorias distintas y lecciones distintas. La mirada madura no es la del alarmismo ni la de la complacencia: es la que distingue dónde el anclaje chino se ha convertido en dependencia estructural y dónde sigue siendo interlocución manejable.

Del 17+1 al 14+1: anatomía de un fracaso instrumental

En abril de 2012, el primer ministro chino Wen Jiabao convocó en Varsovia a 16 países de Europa central y oriental bajo un formato diplomático nuevo.

Nació el «16+1», un mecanismo anual de cumbres que incorporó a Grecia en 2019 para convertirse en «17+1», con la significación política —que Pekín no ocultó— de tener acceso preferente a 11 Estados miembros de la Unión.

Era una cuña. El objetivo no era solo comercio e inversión: era fracturar la política exterior europea hacia China desde el flanco este, precisamente donde la cohesión era más débil y la memoria de la dependencia soviética había hecho crecer un reflejo atlantista que Pekín quería erosionar.

Una década después, el formato es una ruina instrumental. Lituania se marchó en 2021 tras descubrir que la relación «no había traído casi ningún beneficio», en palabras de su ministro Gabrielius Landsbergis, y pagó el precio con boicots comerciales chinos que arrastraron a la Comisión Europea a una disputa ante la OMC.

Estonia y Letonia siguieron en 2022. Polonia, Chequia y Rumanía han reducido su implicación al mínimo protocolario. Quedan 14.

Los propios políticos centroeuropeos reconocieron, a medida que pasaban los años, que los suntuosos álbumes de fotos de las cumbres importaban más a sus socios chinos que las inversiones prometidas. Been there, got the photo, resumió un analista británico con la exactitud del desdén.

Pero el fracaso no es total. Lo que queda son infraestructuras concretas: el puerto del Pireo —donde COSCO adquirió en 2009 una concesión de 35 años sobre dos terminales y en 2016 pasó a controlar el 67% del complejo—, el ferrocarril Budapest-Belgrado —emblema de la Ruta de la Seda en Europa, financiado con 2.000 millones en créditos chinos y retrasado por incumplimientos técnicos—, y la red de plantas industriales chinas en Europa central. La captura política fracasó; los activos físicos permanecen.

Y los activos físicos generan dependencias que sobreviven al formato diplomático que los justificó.

El caballo cultural: auge y reconfiguración de los Institutos Confucio

Los Institutos Confucio llegaron a ser casi doscientos en territorio de la Unión. Oficialmente son centros de lengua y cultura, equiparables a la Alliance Française o al British Council. Operativamente son algo más ambiguo.

En 2011, el entonces responsable de propaganda del Partido Comunista, Li Changchun, los describió sin pudor como «una marca atractiva para expandir nuestra cultura en el exterior» y «una contribución importante al mejoramiento de nuestro poder blando».

La diferencia con la Alliance Française es que las temáticas prohibidas —Tíbet, Taiwán, Xinjiang, Tiananmen— vienen definidas por un gobierno extranjero, no por la lengua enseñada.

La resistencia europea ha funcionado de manera desigual pero verificable. Suecia cerró todos sus institutos y aulas en 2020, tras el encarcelamiento en China del editor sueco Gui Minhai y las amenazas comerciales proferidas por el embajador chino, Gui Congyou: «Tratamos a nuestros amigos con buen vino; para nuestros enemigos tenemos escopetas».

Noruega siguió en 2021. Finlandia cerró el único que tenía, en la Universidad de Helsinki, en 2023. Los Países Bajos cerraron el de Leiden en 2019.

Bélgica clausuró el de la Universidad Libre de Bruselas tras expulsar al país a su director chino por espionaje. Alemania, Francia y Dinamarca han cerrado varios.

En 2022, el Reino Unido anunció que «buscaba cerrar» los treinta que operaban en su territorio.

Y sin embargo siguen operando unos 123 en la UE, con Alemania (21) y Francia (19) a la cabeza. El cierre se ha concentrado en los países nórdicos y en algunas universidades de élite; en Europa central y oriental y en los Balcanes occidentales el debate apenas ha comenzado.

Pekín ha reaccionado con un ejercicio de rebranding —fusiones, cambios de denominación, traslados contractuales a la Beijing Foreign Studies University— diseñado precisamente para sortear la resistencia.

El patrón es significativo: donde la sociedad civil, el periodismo y el Parlamento funcionan, el mecanismo cultural-propagandístico se contrae. Donde no, sigue creciendo.

El termómetro de los Institutos Confucio mide, en realidad, la salud democrática del país que los alberga.

Huawei y el Huaweigate: cuando la influencia cruzó la línea

El 13 de marzo de 2025, la policía belga irrumpió en 21 domicilios de Bélgica y Portugal, y precintó dos despachos en el Parlamento Europeo.

La investigación, conducida por la fiscalía federal belga, reveló lo que hasta entonces se sospechaba pero no se había probado: que Huawei había operado durante años una red de influencia ilícita dentro de las instituciones europeas.

Los métodos, según la instrucción, eran los clásicos: entradas para partidos de fútbol, viajes a China, regalos excesivos, «remuneraciones bajo la apariencia de lobbying comercial».

Más de 40 eurodiputados habrían sido receptores de las atenciones. La fiscalía imputó a 8 personas por corrupción, blanqueo y pertenencia a organización criminal. Entre los detenidos figuraba Valerio Ottati, director de asuntos públicos de Huawei en la UE —y antes asistente de varios eurodiputados.

El dato económico encuadra el escándalo. Huawei declaraba entre dos y dos millones y medio de euros anuales en lobbying en la UE entre 2021 y 2023, tras haberse movido en torno a los tres millones entre 2018 y 2020.

Mantenía once lobbistas a tiempo completo, nueve de ellos acreditados en el Parlamento.

Los objetivos de la presión —la instrucción lo establece— eran concretos: frenar las restricciones al despliegue de Huawei en las redes 5G europeas.

A marzo de 2024, más de la mitad de los 27 Estados miembros todavía no había prohibido Huawei en sus redes móviles; Alemania, la mayor economía del bloque, seguía sin decidirse tras años de titubeo.

El Parlamento Europeo suspendió con carácter cautelar el acceso de los lobbistas de Huawei a todas sus sedes. La Comisión cortó relaciones. DigitalEurope suspendió a la compañía como miembro.

Pero el daño reputacional lo absorbe la propia Unión. El Huaweigate, viniendo tras el Qatargate de 2022, confirma una vulnerabilidad estructural: el sistema europeo de transparencia en el lobbying, comparado con el de Washington o Londres, es más laxo de lo que la propia Unión admite.

Las capitales europeas han pasado años exigiendo reciprocidad a Pekín en el acceso a sus mercados. La reciprocidad que Pekín efectivamente practicaba era la de la colonización discreta de los propios órganos legislativos europeos.

El enclave Orbán: una excepción que acaba de cerrarse

Durante más de una década, Hungría fue el caso aparte. En mayo de 2024, Viktor Orbán y Xi Jinping firmaron una «Asociación Estratégica Integral de Toda Estación para la Nueva Era» —fórmula que Pekín reserva para socios como Bielorrusia, Venezuela o Pakistán.

Budapest había sido el primer Estado miembro de la UE en adherirse a la Ruta de la Seda, en 2015. BYD trasladó en 2025 su sede europea desde los Países Bajos a Budapest y está construyendo en Szeged su primera planta de coches de pasajeros en Europa.

CATL levanta en Debrecen una fábrica de baterías de 7.500 millones de dólares.

Huawei opera desde 2009 un centro de suministros en Pécs y desde 2020 un centro de I+D en Budapest.

La policía húngara utiliza equipos de vigilancia de Dahua y Hikvision desde 2017. Y —un detalle que ningún otro Estado miembro toleraba— agentes de policía chinos patrullaban calles húngaras desde hace años.

Orbán defendía esta «apertura al este» como política de diversificación. Era, estructuralmente, otra cosa: un Estado miembro de la UE y de la OTAN que funcionaba como plataforma de acceso preferente de Pekín al mercado único europeo y como veto interno a las políticas comunes hacia China.

Hungría bloqueó en los últimos años al menos seis posiciones comunes críticas con Pekín —sobre Xinjiang, sobre Hong Kong, sobre la guerra en Ucrania y la complicidad china con Moscú.

El problema nunca fue Hungría en sí. El problema era que la regla de la unanimidad permitía a un solo Estado miembro, con 9,6 millones de habitantes y un PIB del 0,9% del total de la UE, condicionar la política exterior de los otros veintiséis.

No era anclaje chino: era palanca china sobre la arquitectura decisoria europea.

El 12 de abril de 2026 —el mismo día en que Sánchez aterrizaba en Pekín, por cierto— los húngaros acudieron a las urnas en la elección de mayor participación desde la transición democrática de 1990.

El partido Tisza, liderado por el exeurodiputado Péter Magyar, obtuvo una supermayoría de dos tercios: 138 escaños sobre 199.

Orbán, tras dieciséis años en el poder, reconoció la derrota esa misma noche. Magyar había definido la elección, al depositar su voto, como «una elección entre Este u Oeste, propaganda o debate público honesto, corrupción o vida pública limpia».

Su primer anuncio como primer ministro electo fue la reintegración de Hungría al sistema judicial europeo y el compromiso de convertir al país en «un aliado fuerte de la Unión Europea y de la OTAN».

Von der Leyen celebró el resultado desde Bruselas con una frase que encapsula el significado: «El corazón de Europa late más fuerte esta noche en Hungría».

No conviene trivializar lo que significa este resultado para los anclajes chinos en Europa. Las fábricas de BYD y CATL seguirán funcionando —Magyar no ha anunciado su revisión, y económicamente sería insensato hacerlo—.

Pero el vector político del enclave desaparece. Los vetos sistemáticos en Bruselas, la cooperación policial con China, el traslado sin examen de datos sensibles a empresas chinas, los acuerdos nucleares de «espectro completo», el endeudamiento en condiciones secretas con Pekín: todo eso queda en entredicho bajo un gobierno comprometido con la reintegración europea.

El orbanismo no desaparece —Orbán, uno de los operadores políticos más hábiles del continente, pasa a liderar una oposición organizada—, pero la principal palanca china sobre la toma de decisiones europea se ha evaporado por vía electoral.

Lo cual dice algo esencial: que la corrección de los anclajes más problemáticos no vino de Bruselas, ni de Washington, ni de ninguna estrategia geopolítica elaborada. Vino de los ciudadanos húngaros votando. Y tal vez indirectamente de Donald Trump…

Y sin embargo, el realismo español

El caso de Pedro Sánchez ilustra la variante opuesta. El presidente español aterrizó en Pekín el 12 de abril de 2026 para su cuarto viaje en cuatro años.

La víspera, Bessent le había advertido en televisión. Xi le recibió en la Residencia Estatal de Diaoyutai con banquete formal, se firmaron acuerdos en desarrollo verde, tecnología e infraestructura, y Sánchez declaró en Tsinghua que «el mundo necesita que China y Estados Unidos hablen».

No era alineamiento con Pekín: era la reivindicación del derecho soberano a no alinearse con Washington. Sánchez venía de haber negado —en plena guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, lanzada el 28 de febrero— el uso de Rota y Morón a las fuerzas norteamericanas.

Era, en otras palabras, una demostración de autonomía estratégica española en los dos vectores —hacia Trump y hacia Xi— a la vez.

La diferencia con el caso húngaro que acaba de cerrarse en las urnas es cualitativa, no gradual. Orbán entregaba soberanía regulatoria, judicial y de inteligencia a cambio de inversión y protección política personal. Sánchez busca margen de maniobra sin ceder ninguno de los tres.

España no autoriza Huawei en su núcleo 5G, mantiene las políticas comunes de de-risking y participa en los instrumentos europeos de control de inversiones extranjeras.

El viaje de abril de 2026 no firmó una asociación estratégica integral de toda estación: firmó acuerdos sectoriales en el marco de la política comercial europea.

Eso es interlocución. Lo otro es captura. Y la distinción no es retórica: es la línea que separa una política exterior europea viable de la suma de países cortejados individualmente por Pekín.

La madurez como disciplina europea

La pregunta que subyace a todos los casos —el 17+1 residual, los Institutos Confucio supervivientes, el Huaweigate, el fin del enclave húngaro, el realismo español— no es si China intenta ganar influencia en Europa.

Por supuesto que lo intenta: es lo que hacen las potencias. La pregunta es si las instituciones europeas —nacionales y comunitarias— tienen la arquitectura, el periodismo, los tribunales, el Parlamento y, sobre todo, los electorados capaces de distinguir entre interlocución legítima y captura encubierta. La respuesta, vista en conjunto, no es la de la ingenuidad.

La investigación Huawei funcionó. Los cierres de Institutos Confucio en el norte funcionaron. La erosión del 17+1 funcionó.

La política común de control de inversiones extranjeras funciona, aunque a ritmo desigual. Y el 12 de abril de 2026, el electorado húngaro hizo lo que quince años de presión de Bruselas no habían conseguido: liquidar por vía democrática el principal enclave de influencia china en la arquitectura decisoria europea.

Ese detalle no es menor. Los analistas geopolíticos tendemos a buscar las respuestas en las cancillerías, en las cumbres, en los instrumentos regulatorios.

Pero la corrección más eficaz del anclaje chino más profundo que Europa había permitido vino de tres millones trescientos mil húngaros que votaron a Tisza en una jornada de récord participativo.

La geopolítica, cuando funciona, funciona así: desde abajo, a través de la política doméstica, con los tiempos lentos de las instituciones democráticas.

Esa es la diferencia estructural con el sistema chino, y es la ventaja —a veces exasperante, siempre real— que Europa sigue teniendo.

El debate europeo sigue atascado, aun así, en una dicotomía falsa: «alinearse con Washington o caer en los brazos de Pekín».

Ni Bessent ni Wang Yi tienen interés en que Europa salga de esa dicotomía. Ambos prefieren una Europa que crea tener que elegir.

El viaje de Sánchez, con todas las críticas domésticas que pueda merecer, tiene el mérito de ignorar el chantaje retórico de ambos lados. También lo tiene, con matices muy distintos, la política alemana de China competence —24 millones de euros para construir expertise independiente sobre China en las universidades alemanas, anunciada precisamente como alternativa a la dependencia de los Institutos Confucio.

Europa no necesita escoger entre ser satélite americano o colonia china. Necesita saber dónde trazar las líneas que distinguen cooperación de dependencia, comercio de coerción, interlocución de captura. Ese es un trabajo de Estado, no de titulares.

La ironía de la frase de von der Leyen con la que comienza esta columna está en que describe a China pero se le aplica también a Europa.

El imperativo de seguridad y control europeo —pantallas de inversión, controles de exportación, supervisión de lobbying— es una respuesta necesaria, sí, pero también es el lenguaje con el que una potencia que ha perdido confianza en sus propios mercados ordena su relación con el mundo.

Si la Unión reacciona a China copiando el lenguaje del Partido Comunista Chino, algo habrá que decir también de ese reflejo. La verdadera autonomía europea no consiste en blindarse: consiste en distinguir.

Y distinguir, en geopolítica, es el ejercicio institucional más exigente que existe.

El problema nunca fue que China supiera qué quería de Europa. El problema es que Europa, todavía, solo sabe lo que quiere a trozos. A veces desde Bruselas, a veces desde una fiscalía belga, a veces desde un colegio electoral en Debrecen.

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