Taylor Swift registra su voz e imagen como marcas en EE.UU. para frenar el uso indebido por inteligencia artificial. Foto: dephisticate.

Taylor Swift registra su voz y su imagen como marcas para blindarse frente a la inteligencia artificial

28 / 04 / 2026 05:43

Tres solicitudes. Una voz. Una imagen. Y una batalla legal que acaba de empezar.

Taylor Swift presentó el pasado 24 de abril ante la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos (USPTO) tres registros de marca diseñados para un único propósito: blindar su identidad frente al uso no autorizado por sistemas de inteligencia artificial.

Los documentos, ingresados a través de TAS Rights Management —la firma que gestiona sus derechos—, han encendido las alarmas en los despachos de propiedad intelectual de todo el país. No por lo que protegen. Sino por lo que anticipan.

Dos marcas sonoras y una visual

El contenido de las solicitudes es revelador. Dos de los registros cubren marcas sonoras: las frases «Hey, it’s Taylor Swift» y «Hey, it’s Taylor», expresiones que forman parte del vocabulario público de la artista y que, protegidas bajo la ley marcaria, pasarían a ser territorio vedado para cualquier sistema que las replique o imite.

La tercera solicitud apunta a una marca visual: Swift sosteniendo una guitarra rosa con correa negra, vestida con un body iridiscente multicolor y botas plateadas. Un atuendo. Una pose.

Una imagen inmediatamente reconocible para cualquiera que haya seguido The Eras Tour, la gira más taquillera de la historia de la música en directo.

La elección de las marcas sonoras no es técnicamente inocente. La legislación de marcas estadounidense no exige reproducción idéntica para apreciar infracción: basta con que el uso resulte «confusamente similar» al elemento protegido.

Ese umbral, aparentemente modesto, tiene consecuencias jurídicas de enorme calado.

Significa que Swift podría actuar legalmente no solo contra quien clone su voz con exactitud, sino contra cualquier imitación generada por IA que un oyente razonablemente pudiera confundir con la suya.

Es un radio de acción mucho más amplio que el que ofrece el tradicional right of publicity.

La lectura de los expertos

Josh Gerben, abogado especializado en marcas y fundador del despacho Gerben IP, fue quien destapó las solicitudes y las analizó públicamente.

Su diagnóstico es nítido. «Al registrar frases específicas vinculadas a su voz, Swift podría impugnar no solo las reproducciones idénticas, sino también las imitaciones que sean confusamente similares, un criterio clave en la legislación sobre marcas registradas», ha explicado.

Sobre la marca visual, Gerben fue igualmente preciso: «Al proteger un elemento distintivo, como el mono que Swift suele usar y su pose, el equipo de Swift puede obtener argumentos adicionales para presentar demandas contra imágenes manipuladas o generadas por IA que evoquen su imagen».

Hay algo más en juego, y Gerben lo señala sin rodeos. Este tipo de registros no sustituyen al right of publicity —el derecho a la propia imagen reconocido en varios estados norteamericanos—, sino que lo complementan con una ventaja estructural decisiva: las marcas federales permiten litigar ante los tribunales federales. Mayor alcance.

Mayor músculo procesal. Y, en la práctica, mayor poder de disuasión.

Una historia de agravios acumulados

La decisión de Swift no nace de la precaución abstracta. Nace de la experiencia propia. Su imagen ha sido utilizada sin consentimiento en múltiples ocasiones dentro del ecosistema digital.

Las más graves: imágenes de carácter pornográfico generadas con IA que circularon masivamente por X —la red antes conocida como Twitter— y que desataron una oleada de indignación pública que llegó hasta el Congreso de Estados Unidos.

El episodio político fue, si cabe, más perturbador. Durante la campaña presidencial de 2024, Donald Trump —entonces candidato republicano— difundió en sus redes sociales imágenes generadas con IA que insinuaban, de forma deliberadamente engañosa, que la artista respaldaba su candidatura.

Swift no interpuso acciones legales. Pero semanas después declaró públicamente su apoyo a Kamala Harris.

El daño, sin embargo, ya estaba hecho, y la vulnerabilidad de las figuras públicas frente a este tipo de manipulaciones quedó expuesta ante la opinión pública con una claridad difícil de ignorar.

McConaughey abrió la puerta

Swift no camina sola por este terreno. Matthew McConaughey lo recorrió antes. En 2025, el actor obtuvo ante la USPTO un total de ocho marcas registradas orientadas a proteger su voz y su imagen frente a usos no autorizados por IA.

Entre ellas, su célebre «Alright, alright, alright», la frase que lo catapultó al estrellato en Dazed and Confused en 1993 y que hoy lleva el sello federal de protección marcaria.

El caso McConaughey estableció un modelo. Swift lo está replicando y, probablemente, ampliando. Ambos casos apuntan a algo más profundo que una estrategia individual: la constatación de que las leyes vigentes no están a la altura de lo que la IA generativa es capaz de hacer con la identidad de una persona.

Ante ese vacío, el derecho de marcas —pensado históricamente para proteger productos, no personas— está siendo reconvertido en escudo identitario. Es una reconfiguración jurídica sin precedentes claros.

Territorio sin cartografiar

Los especialistas celebran la iniciativa, pero advierten. Que las marcas registradas puedan servir como dique frente a los contenidos generados por IA es, todavía, una hipótesis.

Una hipótesis bien fundamentada, pero no probada. Los tribunales estadounidenses no han tenido ocasión de pronunciarse de forma sistemática sobre este tipo de conflictos, y la manera en que los jueces interpreten el concepto de «similitud confusa» aplicado a outputs de modelos generativos será determinante.

Lo que nadie discute es el contexto en que se inscribe la maniobra de Swift. La presión legislativa sobre el Congreso para regular los deepfakes y el uso no consentido de identidades por sistemas de IA no para de crecer. Pero las leyes tardan. Los modelos, no.

Mientras el marco normativo específico sigue sin tomar forma, el derecho de marcas se posiciona —con todas sus limitaciones— como el recurso más inmediato del que disponen los artistas para proteger lo más íntimo que tienen: su voz, su imagen, su nombre.

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