Opinión | El candidato de cinco estrellas: Islandia ya tenía la Europa que funciona y ha rechazado la Europa que gobierna

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos, consultor y analista internacional, explica por qué el rechazo de Islandia a reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea debería llevar a Bruselas a reflexionar sobre su modelo político, su déficit de responsabilidad democrática y la necesidad de reformar sus instituciones. Foto: Confilegal.

2 / 09 / 2026 05:35

«Europa no se hará de golpe ni en una construcción de conjunto: se hará por realizaciones concretas que creen primero una solidaridad de hecho» Robert Schuman, Declaración de 9 de mayo de 1950.

La noche del sábado, cuando cerraron los colegios electorales, empezó en Islandia una operación que explica el país mejor que cualquier informe de la Comisión: las urnas de los fiordos del este y de las aldeas pesqueras del norte viajaron hacia Reikiavik en avión, en barco y por carretera, y el recuento se prolongó hasta bien entrada la mañana del domingo.

Los primeros parciales, los de la capital, daban ventaja al sí. Luego llegaron las papeletas de la costa, y la ventaja se dio la vuelta.

A la pregunta «¿Debe Islandia reanudar las negociaciones de adhesión a la Unión Europea?», el 52,8 % de los votantes respondió que no; el 47,2 %, que sí.

Votó el 82,5 % del censo, 225.031 personas en un país de 394.000 habitantes, y esa cifra sola desarma la coartada favorita de las cancillerías cuando pierden un referéndum: aquí no hubo abstención que interpretar. Hubo un pueblo entero que fue a votar y dijo que no.

Y no era un candidato cualquiera.

Bruselas lo describía, en privado y casi en público, como el aspirante de cinco estrellas: rico, nórdico, contribuyente neto, miembro de Schengen desde hace un cuarto de siglo y del Espacio Económico Europeo desde 1994, con el acervo comunitario ya incorporado en buena parte de su legislación.

La comisaria de Ampliación, Marta Kos, había prometido una negociación de uno a dos años, «soluciones creativas» para la pesca y la agricultura, y un ingreso posible en 2028; un diplomático europeo confesó a Reuters, con esa franqueza que solo se permite el anonimato, que un sí islandés ayudaría a los socios escépticos a «tragar la adhesión de Montenegro».

Islandia iba a ser el escaparate. El escaparate ha votado que no quiere ser tienda.

Lo que Islandia rechazó, y lo que no

Conviene precisar qué se ha votado, porque la precisión es la primera víctima de los referéndums.

Islandia no ha dicho no al mercado interior: está dentro desde hace treinta y dos años. No ha dicho no a la libre circulación: pertenece a Schengen. No ha dicho no a la cooperación en investigación, ni a las normas técnicas, ni a las reglas de competencia, que aplica desde hace décadas por vía del Espacio Económico Europeo.

Ha dicho no, con exactitud casi quirúrgica, a la única capa que le faltaba: la política. El Consejo, la Comisión, el Parlamento, el euro y, sobre todo, la Política Pesquera Común, que fija en Bruselas las cuotas de captura de todos sus miembros.

Para entender el peso de ese «sobre todo» hace falta memoria.

Entre 1958 y 1976, Islandia —un país sin ejército— libró tres guerras del bacalao contra el Reino Unido, potencia nuclear y dueña de la Royal Navy, para extender sus aguas exclusivas primero a doce millas, luego a cincuenta y finalmente a doscientas.

Las ganó las tres. Sus guardacostas cortaban las redes de los arrastreros británicos con cizallas remolcadas, Londres enviaba fragatas, Reikiavik amenazaba con cerrar la base de Keflavik y abandonar la OTAN, y Washington, que necesitaba aquella base para vigilar el Atlántico Norte, acababa forzando a su aliado a ceder.

Un país que hizo eso por sus peces no iba a entregarlos ahora a una política común diseñada para el Mediterráneo y el mar del Norte porque una comisaria eslovena le prometiera creatividad.

La pesca representa en torno al 8 % del PIB islandés, nueve de cada diez empresas del sector se opusieron a la adhesión y el mapa del voto del domingo se superpone al mapa de los puertos.

La primera ministra, Kristrún Frostadóttir, socialdemócrata al frente de una coalición que hizo del referéndum promesa electoral en 2024, lo resumió después con una honradez que sus colegas continentales harían bien en imitar: «la gran lección, para mí y para el Gobierno, es que la gente está contenta con el acuerdo del Espacio Económico Europeo».

Ahí está, en una frase, el problema de Bruselas: su producto más exitoso es el que se puede adquirir sin comprar el resto.

El test de la puerta

Seamos justos con la Unión antes de seguir, porque el argumento contrario existe y es fuerte. El Eurobarómetro de esta primavera arroja cifras que hace diez años parecían inalcanzables: el 51 % de los europeos confía en la Unión, el 72 % cree que su país se ha beneficiado de pertenecer a ella y el 73 % la considera «un lugar de estabilidad en un mundo turbulento».

El euro goza del mayor apoyo de su historia. Con esos números sobre la mesa, sostener que la Unión «cada día convence menos» parece, como mínimo, una afirmación a contracorriente de los datos.

Concedo el punto entero y lo doy por bueno: dentro de la casa, los inquilinos se declaran satisfechos.

Pero obsérvese la naturaleza de esa satisfacción, que las propias preguntas del Eurobarómetro delatan.

Lo que sube es la confianza en la Unión como refugio: «lugar de estabilidad», «amenaza rusa», «defensa común».

Es la confianza de quien mira por la ventana y ve a Putin en Ucrania y a Trump reclamando Groenlandia, y decide que la casa, con sus goteras, es preferible a la intemperie.

Es una confianza real, pero es la confianza que se tiene en un búnker, no en un proyecto. Y el búnker tiene una propiedad que conviene no olvidar: se valora exactamente mientras dura el bombardeo.

Aquí entra el test que Islandia acaba de administrar, y que yo llamaría el test de la puerta. Los que están dentro y no pueden salir sin un trauma —el Brexit enseñó el precio— declaran sentirse seguros.

Los que están fuera y pueden elegir libremente, sin coste de salida porque nunca entraron, eligen quedarse fuera: Noruega lo hizo en 1972 y en 1994, y hoy ningún partido noruego relevante propone un tercer intento; Suiza lleva un cuarto de siglo comprando pieza a pieza lo que le interesa del mercado y tramita en su Parlamento un tercer paquete bilateral que volverá a pasar, con toda probabilidad, por las urnas; Islandia ha completado el domingo la lista.

Tres de los países más prósperos, más democráticos y más europeos del continente —en el sentido cultural, jurídico e histórico de la palabra— han examinado la oferta con calma, sin populismo de pancarta y sin Farage, y han concluido lo mismo: el mercado sí, la política no.

Cuando los únicos que pueden elegir sin miedo dicen que no, la aprobación de los que no pueden elegir deja de ser un argumento y se convierte en una pregunta.

La campaña islandesa lo ilustra con crueldad. En abril de 2025, Frostadóttir declaró a Euronews que no quería «impulsar la adhesión desde el miedo».

Dieciséis meses después, el argumento central del sí fue precisamente el miedo: Trump y Groenlandia, la guerra en Europa, la necesidad de un «ancla», por usar la palabra que la comisaria Kos eligió para su comunicado.

Es el mismo argumento que sostiene los buenos números del Eurobarómetro, y en Islandia perdió contra los peces. La lección es exacta: el miedo consolida a los que ya están dentro, pero no atrae a los que están fuera, porque nadie se casa por miedo a la intemperie si ya tiene techo.

Y los islandeses tenían techo: se llama Espacio Económico Europeo, y lo pagan a un precio que consideran razonable.

El piso de arriba

¿Por qué la capa política de la Unión no convence a quien puede examinarla desde fuera? Escribí en junio, a propósito de la democracia española, que nuestro sistema ha invertido la cadena de responsabilidad: el diputado responde ante el aparato que lo coloca en la lista, no ante el elector que lo vota.

No voy a repetir aquel argumento; voy a añadirle un piso. Porque la Unión Europea no es una alternativa a las partitocracias nacionales: es su planta superior, construida con los mismos materiales y con una ventaja adicional para los aparatos, que allí ni siquiera necesitan disimular.

Repásese el mecanismo. La presidencia de la Comisión no sale de las urnas europeas: sale de una noche de reparto entre jefes de Gobierno, donde se cruzan nacionalidades, familias políticas y carteras como fichas de un mismo tablero.

En 2019 los ciudadanos votaron con la promesa de que el cabeza de lista más votado presidiría la Comisión; el Consejo Europeo tiró aquella promesa a la papelera en cuanto le estorbó y sacó de la chistera a quien no había sido candidata a nada.

El Parlamento Europeo, único órgano de la Unión elegido directamente, carece de iniciativa legislativa: puede pedir a la Comisión que legisle, y la Comisión puede no hacerle caso.

El Tratado de Lisboa dispuso que a partir de 2014 la Comisión tendría un número de miembros equivalente a dos tercios de los Estados, para que dejara de ser un gabinete de veintisiete carteras inventadas; el Consejo Europeo se acogió a la excepción que el propio artículo preveía y la regla nunca se ha aplicado, porque ningún Gobierno renuncia a su silla.

Y en el Parlamento, la gran coalición permanente entre populares, socialistas y liberales asegura que el voto del ciudadano, sea cual sea, produzca la misma mayoría, el mismo reparto y la misma agenda.

Es la partitocracia elevada a la enésima potencia: todos los partidos gobiernan, ninguno responde, y la oposición es una categoría reservada a quienes se decide previamente que no cuentan.

Un islandés ve esto con una nitidez que a nosotros nos falta, porque procede de la democracia parlamentaria más antigua del mundo —el Althing se reúne desde el año 930— y de una escala en la que el ciudadano conoce al ministro por su nombre de pila. Puede desalojar a Frostadóttir mediante una mayoría electoral reconocible.

En cambio, su capacidad para provocar la sustitución de la dirección política europea sería indirecta, compartida con cientos de millones de electores y filtrada por partidos nacionales, grupos parlamentarios y gobiernos.

La Comisión puede ser censurada, ciertamente, pero solo como colegio y mediante un mecanismo que nunca ha llegado a derribarla formalmente.

Y ha decidido que no quiere una capa de poder sobre su cabeza a la que, en la práctica, no puede echar. Eso no es euroescepticismo: es, en sentido literal, democracia aplicada. Islandia no ha rechazado a Europa; ha rechazado un modelo de gobierno en el que la responsabilidad se diluye hasta desaparecer, y ha demostrado que hoy son cosas distintas.

La reforma que nadie propone

Se dirá que la Unión ya está en reforma permanente: informes, conferencias sobre el futuro de Europa, agendas de competitividad, paquetes de simplificación.

Es verdad, y es precisamente el problema. Todo eso reforma el organigrama; nada de eso reforma el poder.

La única reforma que haría a la Unión convincente para quien la mira desde fuera es la que sus dirigentes tienen menos interés en proponer, porque afecta a la manera en que ellos mismos son elegidos y, sobre todo, a la manera en que podrían ser desalojados. Permítaseme enumerarla en prosa, sin la pretensión de agotarla.

Primera pieza: líderes elegibles y desalojables. Quien presida la Comisión debe haber sido candidato ante los ciudadanos y debe poder ser cesado por el Parlamento que lo invistió, sin que el Consejo Europeo funcione como cámara de seguridad de los jefes de Gobierno. El sistema del cabeza de lista no fracasó en 2019 porque fuera mala idea; fracasó porque los aparatos nacionales no toleraron que las urnas les quitaran el reparto.

Segunda pieza: un Parlamento que legisle. La iniciativa legislativa es la diferencia entre un parlamento y un consejo consultivo con escaños; mientras la Comisión conserve el monopolio de la propuesta, el voto europeo seguirá eligiendo a quien comenta las leyes, no a quien las hace.

Tercera pieza: una Comisión del tamaño que Lisboa quiso. Dos tercios de los Estados, rotación igualitaria y carteras reales; una Comisión de veintisiete es un Consejo de Ministros disfrazado de administración, y los ciudadanos lo saben aunque no lo formulen.

Cuarta pieza: partidos europeos que sean partidos. Hoy son federaciones de aparatos nacionales que se reúnen para repartirse los cargos; sin listas transnacionales, sin militancia directa y sin candidatos que respondan ante un electorado continental, la palabra «partido europeo» describe una sede en Bruselas y un logotipo.

Quinta pieza, y la más incómoda: sinceridad sobre la geometría. Islandia, Noruega y Suiza han dicho tres veces que quieren el mercado sin la política. En lugar de tratar esa preferencia como una anomalía que hay que corregir con incentivos y comisarias, la Unión debería ofrecerla honradamente como un estatuto estable —un anillo exterior con derechos de voz sobre las normas que se aplican, que es lo que hoy falta al EEE— y reservar la integración política para quienes de verdad la quieran, con las consecuencias que eso comporta. Quien solo sabe ofrecer todo o nada acaba, como el domingo, recibiendo el nada.

Conozco la objeción, porque he pasado años en Bruselas escuchándola: reformar los tratados exige unanimidad y ratificación en veintisiete Estados; los referéndums matan tratados, como Francia y Holanda mataron la Constitución europea en 2005 e Irlanda hundió Lisboa en 2008 antes de rescatarlo un año después; abrir esa caja en tiempos de guerra sería una temeridad. Todo eso es cierto.

Pero la alternativa no es la estabilidad: es seguir convenciendo por miedo, y el miedo tiene fecha de caducidad. El día en que Ucrania firme la paz y en que la Casa Blanca cambie de inquilino, el búnker perderá su razón de ser y los inquilinos volverán a preguntarse por qué viven en él.

La Unión tiene ahora, mientras dura la amenaza, la única ventana en la que puede reformar el poder sin que la reforma parezca una huida. Está usando esa ventana para simplificar directivas.

Lo que Bruselas averiguó el domingo

La reacción oficial fue un pequeño monumento al género: la Comisión «toma nota», «respeta la decisión del pueblo islandés» y recuerda que Islandia «sigue siendo un socio cercano».

El presidente del Consejo Europeo intercambió mensajes con la primera ministra para expresar el deseo mutuo de seguir estrechando la relación.

Ni una línea sobre por qué el mejor candidato imaginable acaba de decir que no; ni un atisbo de la pregunta que cualquier empresa se haría si su producto estrella fuera rechazado por el cliente que mejor lo conoce. Se respeta, se toma nota y se archiva, que es lo que la Unión hace con todo aquello que no encaja en su relato, desde las cartas de veintidós ministros del Interior hasta los referéndums perdidos.

Schuman tenía razón en 1950, y Islandia lo acaba de confirmar 76 años después: Europa no se hizo de golpe ni en una construcción de conjunto; se hizo por realizaciones concretas que crearon una solidaridad de hecho.

Esas realizaciones existen, funcionan y son tan buenas que un país entero ha ido a votar para conservarlas exactamente como están.

Lo que ha sido rechazado es la construcción de conjunto que se levantó después sobre ellas, sin preguntar a nadie, y que ha acabado por parecerse más a lo que Schuman quería evitar que a lo que quería construir. Islandia ya tenía la Europa de Schuman.

Ha dicho que no a la Europa de los cónclaves.

En 1976, la última guerra del bacalao terminó cuando el Reino Unido, con toda su flota y todo su arsenal, aceptó las 200 millas de un país que no tenía ni un cañón.

Ganó el pequeño porque sabía con exactitud lo que quería y estaba dispuesto a pagar por ello. Medio siglo después, Islandia sigue sabiéndolo, y el domingo se lo comunicó a Bruselas con un 82 % de participación.

Lo que nadie ha averiguado todavía es qué quiere Bruselas, aparte de que la quieran.

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