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La corrupción política fue el caldo de cultivo que propició el final de Sodoma y Gomorra

Nicolás González-Cuellar Serrano es abogado y catedrático de derecho procesal. Confilegal.
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Sodoma fue destruida por la corrupción de su sistema político, parejo al desorden sexual de sus habitantes, en la mentalidad del autor del Génesis. Entre líneas se lee que, volcados los gobernantes de la ciudad en la satisfacción de sus propios intereses y dedicados sus moradores a la más más desbocada concupiscencia -extremada hasta el punto de la expresión pública del deseo de violación de los ángeles encargados de investigar la cultura ética de la ciudad-, el castigo divino llegó en forma de lluvia de fugo y azufre, que asoló el territorio.

Dejando al margen la posible base histórica del relato bíblico en un suceso catastrófico real causado por la caída de un meteorito gigantesco en la Edad de Bronce, el mito alcanza una significación política de gran transcendencia.

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El Génesis informa de la existencia de una grave forma de criminalidad que se ha apoderado de Sodoma, que no se identifica. “Abraham se quedó en la tierra de Canaan y Lot se quedó en los lugares adyacentes al Jordán y fijó su morado en Sodoma” (G 13; 12).

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Más los sodomitas eran pervesísimos y muy grandes pecadores a los ojos de Dios” (G 13; 13).

Más tarde, Dios llega a un pacto con Abraham esencial en la religión y la política judía, cristiana y musulmana: le asigna el papel del patriarca de una familia que constituirá un Estado-Nación -Israel- (G 15: 4-21).

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Como el profesor norteamericano Paul W. Kahn observa, tal pacto se expresa simbólicamente en una marca sobre el cuerpo (la circuncisión) y posteriormente se honra con la disposición al sacrificio de Abraham sobre su hijo, Isaac, a quien el padre está dispuesto a inmolar por su fe, como cualquier forma de soberanía ha exigido y reclama en su defensa, en el devenir de los tiempos, a los súbditos o ciudadanos sometidos a su poder.

Matar o morir por el Estado, por la patria, por la fe en un proyecto de futuro y amor proyectado sobre una comunidad transtemporal (el pueblo) serían los únicos factores de transcendencia sobre la angustiosa finitud del cuerpo humano hacia la eternidad y constituirían los actos de sacrificio que, a la postre, sostendrían poder soberano, a juicio del citado autor (así, entre otras, en su obra “Putting liberalism in its place”, Princenton University Press, 2005).

Según el Génesis, un sobrino de Abraham, Lot, habitaba en Sodoma y era justo. Abraham había pedido a Dios que, antes de aplicar un castigo colectivo radical sobre la ciudad, constatara que no habitaban en la localidad diez hombres buenos (G 18: 20-32).

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Aun siendo omnisciente, Dios envía “ángeles investigadores”, que se alojan en la casa de Lot.

Como los habitantes de la ciudad intentar violarlos y ni siquiera aplacan su deseo con el ofrecimiento de Lot de entregarles a sus hijas vírgenes para que actúen conforme a su voluntad, los instructores enviados por el Señor los ciegan (G. 19: 1-11).

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Por la pérdida de la visión (es de suponer) no observan las señales del cataclismo cósmico que sobre ellos se abate la misma noche y perecen abrasados, junto con muchas víctimas de Gomorra y tres ciudades más situadas cerca del Mar Muerto (G 19: 24, 25).

Lot, sin embargo, huye con su mujer y sus hijas. La esposa, desobediente de la orden de no mirar atrás, queda convertida en estatua de sal (G 19: 26).

Las dos hijas se salvan y acaban procreando con su padre -previamente embriagado con vino para privarle de voluntad-, creando así dos linajes políticos, los moabitas y los ammonitas “que subsisten hasta el día de hoy”, informa el autor del texto bíblico (G. 19: 37-38).

EL DELITO DE CORRUPCIÓN NO SE EXPRESA

La narración suscita diversas reflexiones, más allá de su importancia desde un punto de vista estrictamente religioso, en un ámbito político-cultural, como Paul Kahn advierte.

En primer lugar, resulta significativo que el delito de corrupción que se reprocha a Sodoma y a Gomorra queda oculto, nunca se expresa.

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Sabemos que sus habitantes eran muy perversos y que el clamor y la gravedad de sus pecados había aumentado (G 18:20).

La naturaleza de la infracción no se identifica. Pero su atribución divina lleva a su perdición.

Tradicionalmente, en la lectura tradicional homófoba que ha decantado el lenguaje hacía la identificación del sexo anal con sodomía, el crimen se ha identificado con la homosexualidad masculina, porque los habitantes de Sodoma, congregados ante la puerta de la casa de Lot pretenden la entrega de los ángeles, para practicar sexo con ellos (G 19:5).

Pero el texto admite lecturas alternativas, como Paul Kahn advierte.

Frente al modelo de Estado impuesto por Dios, Sodoma reclama libertad política. Se encuentra fuera del pacto de Dios con Abraham y no se somete al dominio de la Nación-Estado resultante de tal pacto, que le es ajeno.

Además, cuando la Biblia narra que la masa congregada ante la casa de Lot exige la entrega de los ángeles no específica que se trate de varones.

Pueden serlo o no. Si lo fueran, su demanda podría expresar un rechazo a la asimilación del sexo con la procreación (útil para la unión del interés familiar y político que subyace en el pacto de Abraham y el Señor).

Si no lo fueran, la exigencia podría ser interpretada como el deseo de procrear con los enviados divinos, como acto de sumisión o incluso como intento de asimilación con el poder soberano, regidor del mundo.

Sea como fuere, el temor, la rebeldía, la petición colectiva de contacto con el poder acaba en ceguera y muerte de los políticamente disconformes.

CASTIGO COLECTIVO

Se impone el castigo colectivo derivado de una imputación terrorífica y frente a la que no cabe defensa individual alguna (pues la salvación sólo se asegura previa demostración de que, entre los habitantes, se encuentran diez personas justas): un crimen de corrupción innominado, en el que la comunidad en su conjunto habría incurrido y del cual serían responsables todos los moradores de la ciudad.

Un crimen que abocaría a Sodoma y a Gomorra a la destrucción.

Tiempo atrás Dios había marcado a Caín para otorgarle protección frente a la venganza que hubiera seguido del asesinato de su hermano Abel y le había permitido fundar la ciudad de Henoc (G. 4:14).

Pero en Sodoma y en Gomorra la inculpación no es por un delito en concreto, sino por una culpa colectiva genérica -la corrupción-.

Los ángeles no se molestan en finalizar su trabajo inquisitorial.

Renuncian a buscar diez hombres justos, ante la insumisión colectiva. El intento defensivo de Abraham, primer abogado -de una causa perdida-, fracasa.

Ahora bien, el texto deja claro que al Señor le preocupa antes que el pecado, su conocimiento público. “El clamor de Sodoma y de Gomorra aumenta más y más y la gravedad de su pecado ha crecido hasta lo sumo” (G. 18:20).

La noticia de la desafección al poder es en sí misma el factor más preocupante y el mismo Creador manifiesta la necesidad de cerciorarse de la realidad de la comisión del delito: “quiero ir y ver si sus obras igualan al clamor que ha llegado a mis oídos para saber si es así o no” (G. 18:21).

Finalmente, la investigación consistente en la búsqueda de diez hombres justos cesa, porque, ante la transcendencia pública de la insubordinación, la constatación del desacato a los ángeles inquisidores basta para decidir el destino de las ciudades díscolas.

Lot abandona la ciudad y logra salvarse, pero no así su mujer, que mira hacia atrás y no vive para contarlo.

Se convierte en estatua de sal (G. 19:26). Con ello, se trunca el primer ejercicio de periodismo que podría haberse narrado en la historia de la humanidad. Del acontecimiento sólo quedará un relato, el oficial, sin más narrativa posible, por inexistencia de testigo del hecho que pueda transmitir sus percepciones.

Convertida en un elemento del paisaje del Mar Muerto, una formación salina, la esposa de Lot pierde la vida por una curiosidad que desafía al poder, como lo habían desobedecido -quizás sin saberlo- los ciudadanos de Sodoma y Sodoma, que perecen calcinados.

Ciertos mensajes apocalípticos contra el sistema político vigente recuerdan la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Se ha instalado en el ambiente mediático una descalificación genérica de la clase política que parece exigir el desmantelamiento de las instituciones y la purificación por el fuego y el azufre del sistema constitucional, para construir un nuevo orden idílico en el que la soberanía popular se encarnaría en representantes políticos diferentes dedicados a solucionar los problemas reales de los ciudadanos y que serían ajenos a las prácticas corruptas que, de forma generalizada, se atribuyen injustamente a sus predecesores.

Verdaderos ángeles del Señor, capaces de juzgar la honestidad de los habitantes de Sodoma mientras rechazan cualquier intercambio con ellos (no ya carnal, sino político).

Imponen su pureza y frente a sus órdenes no cabe la desobediencia, en especial si es para mirar atrás, pues la única narrativa posible es la suya. En el relato bíblico los ángeles no se inmutan cuando Lot ofrece a sus hijas vírgenes para saciar el deseo de la multitud.

Parecen aceptar su entrega. Tampoco evitan que, finalmente, las hijas de Lot procreen con su propio padre. Con ello se se consigue una finalidad política, la creación de dos naciones pequeñas y poco poderosas, que surgen de la destrucción del sistema, la muerte de la madre por resistirse al olvido y el incesto.

Recordemos que los habitantes de Sodoma no pudieron evitar su destino, porque fueron cegados por los mismos ángeles antes de la tormenta de fuego y azufre que, en la noche, arrasó ciudades y campos.

Estad atentos.

por Nicolás González-Cuéllar.

Nicolás González-Cuéllar Serrano es doctor en Derecho, catedrático de Derecho Procesal, socio director de González-Cuéllar Abogados y autor de numerosos libros y artículos jurídicos y experto en multitud de encuentros académicos y profesionales nacionales e internacionales, así como miembro de varias comisiones ministeriales para la reforma procesal.