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Humillación y expiación, dos componentes obligados en las lecturas de tesis doctorales

Humillación y expiación, dos componentes obligados en las lecturas de tesis doctorales
Carlos Berbell es director de Confilegal.
24/7/2017 05:05
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Actualizado: 23/7/2017 23:52
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Sí, ya sé que es una costumbre muy arraigada en la Universidad española que se pierde en la historia de los tiempos. Sí, ya sé que el doctorando no debe tomárselo a pecho. Sí, ya sé que no es nada personal. Todos los que se someten a la lectura de sus tesis tienen que pasar por ello si quieren convertirse en doctores. Es el peaje que tienen que pagar.

Pero para mí es un proceso de «humillación» pública. O semiprivada, porque a la misma asisten familiares y amigos del doctorando, aunque la lectura podría presenciarla cualquiera que se entere que va a tener lugar.

Sí ya sé que definirlo así, como un acto de «humillación» quizá duela o escueza a algunos; es que no encuentro otra palabra mejor, rebajada de aristas y de mala leche.

Es lo que hay.

También es un acto de expiación, de purga de los «pecados» a través de una muestra de la humildad más absoluta, el  pago que hay que hacer para poder entrar en el «Olimpo de los Elegidos».

Las dos cosas, la humillación y la expiación son partes esenciales de este rito de iniciación o rito de paso, que simboliza y marca la transición de un estado a otro, superior, en la vida de una persona, como muy bien explica en su «El camino del héroe» el mitólogo estadounidense Joseph Campbell. 

Sin embargo, una vez dicho eso, una vez que me he elevado y me he puesto estupendo, lo confieso, cada vez que asisto a una lectura de tesis de algún amigo, o amiga, no puedo dejar de relacionarlo con las novatadas que teníamos que sufrir obligatoriamente los que hicimos el Servicio Militar.

Novatadas que después se replicaban con los siguientes, los que venían después y los que los seguían. En una cadena sin fin.

Entonces no me gustó que me lo hicieran a mí y no tomé parte en las novatadas consiguientes que me correspondieron, cuando pasado el tiempo, me convertí en veterano.

Quizá las novatadas también fueran ritos de iniciación y de paso.

Seguro que lo eran.

Ya sé que muchos doctores dirán que no existe ninguna relación entre una cosa y la otra.

Que lo que hacen los miembros de los tribunales de tesis -ya sea de 3 o de 5 miembros- es señalar al doctorando lo que, a su juicio, se puede mejorar en la tesis doctoral presentada.

Para que sea técnicamente perfecta, desde sus respectivos puntos de vista, por si la quieren publicar después.

Es parte del requisito para poder formar parte de la Academia.

Pero no me lo trago.

Mi sentido común me lo impide.

He sido testigo de tesis doctorales Summa Cum Laude en las que a sus autores les han dado estopa de la buena. De la mejor calidad. Y lo más curioso de todo, eran los doctores, miembros del tribunal amigos del doctorando, los que más daban.

Recuerdo uno, de forma especial, que tras 25 minutos de dar, de decirle que la tesis fallaba en la estructura, en las citas -porque no había citado todos y cada uno de los libros que había publicado-, en el índice, en la bibliografía, en la forma de escribir, en todo, después de ensañarse de lo lindo, terminó felicitándole porque había sido «una de las mejores tesis doctorales que habían caído en sus manos», y le dio sobresaliente Summa Cum Laude. Fui testigo. No me lo estoy inventando.

Hoy en día, los dos son buenos amigos, doy fe. El nuevo doctor no se lo tomó a pecho.

Prueba de ello es que cuando llegó su momento y tuvo que formar parte de un tribunal que tenía que juzgar la tesis doctoral de una gran amiga suya, asumió el papel de «malo».

Con el «ensañamiento» consiguiente.

Nadie le pidió que lo hiciera. Simplemente consideraba que era «su deber».

El día de la lectura de aquella tesis, como es preceptivo, acudió parte de la familia de la doctorando.

Su padre, un tipo estupendo, y sus dos hermanos. Todos calvos. Uno de ellos era mecánico. Un «armario».

En pocos segundos percibí que en aquel salón de grados, con todo el personal encorbatado, se sentía como un delfín contemplando un partido de fútbol en el Bernabeu.

Como sabía lo que iba a tener lugar, le expliqué en qué consistía el acto.

Le avancé que posiblemente dirían cosas no muy agradables de su hermana. Él conocía el gran trabajo que había hecho en la elaboración de la tesis y el tiempo que había invertido. La admiraba. Pero no estaba preparado para escuchar lo que iba a oír.

Así que le avancé, en tono de broma, que cuando llegara ese momento tomara nota de todo para «romperle las piernas» a quien correspondiera.

No debió captar el matiz burlón porque cuando esa persona estaba repitiendo, sobre su amiga, lo mismo que le habían hecho a él en la lectura de su tesis, el hermano «armario», que estaba detrás de mí, me tocó el hombro y en voz alta, de una forma que fue claramente audible por todos los miembros del tribunal y las veinte personas que asistíamos al acto, me dijo: «Es a este al que hay que romper las piernas después, ¿verdad?».

Ni que decir tiene que el «miembro del tribunal» sintió el impacto con toda claridad. Durante unos segundos un silencio estruendoso, un oximorón en estado puro, se materializó en el Salón de Grados.

Miró con cara asustada al hermano «armario» de la doctorando, que le devolvió, a su vez, una mirada más propia de uno de los protagonistas de «Los Soprano».

En apenas tres minutos terminó su disertación.

¿Miedo?, ¿temor? No lo sé, pero acabó casi de inmediato.

Mi amiga obtuvo un merecidísimo sobresaliente Summa Cum Laude.

Luego, durante la comida preceptiva a la que invitó a los miembros del tribunal, a la familia y a algunos amigos, hablé con esa persona.

«No te habrás asustado por lo que dijo el hermano en el salón, ¿verdad? Simplemente le expliqué antes en qué iban a consistir vuestras críticas, para que estuviera preparado. Lo de romperte las piernas salió de él», le dije con cierta sorna.

«No, que va. Yo sé que es un buen tipo. Pero me descentró», reconoció.

«Es que le estabas dando la del pulpo a su hermana», le contesté.

«Ya sabes que estas cosas son así», me dijo. «Siempre han sido así».

Pero no tienen por qué seguir siendo así.

Hace pocos días, el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, leyó su tesis. Uno de los miembros del tribunal me dijo que era la tesis elaborada desde la experiencia y que era muy buena. Hubo algunas críticas, pero no tuvieron la saña de muchas otras de las que he sido testigo.

De hecho, he llegado a la conclusión de que depende de quien sea el doctorando así es el grado de estopa y de crítica de los miembros de la Academia, a los que, además, hay que invitar a comer, como se corresponde.

¿Tienen que seguir siendo las cosas así? Me temo que hay costumbres imposibles de erradicar y esta es una de ellas.

Así que todo aquel que quiera ser doctor ya sabe lo que le espera: un proceso de humillación y expiación. Es el precio que hay que pagar en este obligado rito de paso.

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