Tecnología y privacidad en la empresa, una lucha constante (Sentencia Barbulescu)

23 / 09 / 2017 05:57

Actualizado el 06 / 04 / 2021 11:50

Cuando hablo de protección de datos, me gusta usar esta expresión: “Ningún usuario considera que sus datos deban ser protegidos”. En realidad, los usuarios quieren ver protegida su privacidad, no sus datos. Tienen preocupación por que no se conozcan ni sus conversaciones ni sus fotos comprometidas, pero no guardan recelo ni por su fecha de nacimiento ni por el lugar en que les geolocalizan, información que prestan continuamente y sin impunidad en Internet.

De esta falta de responsabilidad tienen culpa muchos colectivos, incluido el nuestro, el de los juristas, que hacemos campaña sobre si podemos subir fotos de nuestros hijos a las redes sociales pero no sabemos concienciar sobre lo que supone prestar consentimiento.

Por supuesto, no ayudan ni la falta de políticas de formación, ni esa necesidad artificial de tener tropecientas aplicaciones en el Smartphone sobre redes sociales, buscadores de restaurantes, servicios de transporte, buscadores de alojamientos, etc.

Tampoco ayuda la prensa, que ha tenido la particular virtud de crear realidades bifrontes: sólo se habla de consumidores y cláusulas suelo (cómo si no pudiéramos ser otra cosa que consumidores bancarios), de robots y puestos de trabajo (cómo si no hubiese que preocuparse antes por la ética) y de protección de datos y privacidad (cómo si sólo la vida privada fuese digna de protección).

Recientemente, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) se ha pronunciado sobre lo que los titulares han venido a llamar el “no pueden espiarte en el trabajo”, y a lo que todos hemos contestado que obvio, que dónde va a parar. A estas alturas encontraréis estupendos análisis al respecto, muchos de ellos más autorizados que el mío, así que no haré crítica sobre el caso.

Donde sí quiero poner el acento es sobre dos cuestiones: la primera, el desconocimiento masivo que hay sobre protección de datos a pesar de lo machacón del tema, y la segunda, sobre lo que se ha llamado “expectativa razonable de privacidad en el trabajo”.

Si alguien me pregunta si la privacidad de los trabajadores está debidamente protegida en las empresas, la respuesta es no, o al menos no en la gran mayoría.

Seamos conscientes de que si el caso Barbulescu no hubiese llegado al TEDH no habríamos tenido noticias de él; habría sido un despido más motivado porque un trabajador había utilizado los equipos corporativos para lo que no debía. Ello pone de relieve que la empresa de Barbulescu no está bien asesorada sobre cómo ejecutar políticas de control interno, y que Barbulescu sí está bien asesorado sobre cómo su empresa debió haber ejecutado la política de control interno en cuestión (bueno, eso, y también que tiene algo de tiempo y dinero para reclamarlo, porque lleva pleiteando desde 2007).

Lo primero no me sorprende en absoluto; diariamente se producen abusos sobre la privacidad y los datos de los trabajadores en las empresas, aunque simplemente sea por mirar el historial de la fotocopiadora.

En cuanto a la expectativa razonable de privacidad en el trabajo, ésta consiste en asumir que el trabajador va a desarrollar parte de su vida privada durante la jornada laboral usando los equipos corporativos, y a nadie parece perturbarle la idea.

Hasta no hace mucho, toda la vida privada que podíamos permitirnos en una empresa era el hecho de cotillear junto a la máquina de café, pero la conectividad instantánea ha ampliado esos límites hasta difuminarlos: mensajes, llamadas, likes, tuits, e incluso más de uno y más de dos (todo conocemos a alguien así) que en su cuenta de Amazon tienen puesta la dirección postal de la oficina como punto de entrega.

¿Dónde termina la expectativa razonable?

En el momento en que lo personal ocupa prácticamente el mismo tiempo que lo profesional, y sobre todo, cuando se convierte en rutina. No creo que haya que recurrir al criterio de si la productividad se ha visto afectada o no; al trabajador se le paga para trabajar. Si alguien es capaz de pasar el día en Web.Whatsapp y aun así ser productivo es porque, o le falta ocupación, o el empleador ha encontrado una rara avis.

Hacer un uso personal de los equipos debe ser algo puntual, pues nunca tendremos la certeza de si nos están vigilando o de si algún día saldrá determinada información a la luz. Si Barbulescu hubiese usado su teléfono para escribirse con su hermano y su pareja, hoy no sería noticia, y probablemente conservaría su trabajo, y si la empresa de Barbulescu hubiese hecho las cosas correctamente, hoy no serían noticia, y probablemente Barbulescu no conservaría su trabajo pero nadie hablaría de ello.

Que se me entienda, no estoy alentando a que la gente pase su jornada laboral tecleando en el móvil, pero tampoco debemos olvidar que a diario se producen abusos por parte de los trabajadores sobre los equipos de la oficina: el que no se lleva unos bolis a casa, se imprime cualquier historia, o le pega un repaso al último catálogo virtual de Zara. Hemos perdido el sentido de responsabilidad.

La tecnología nos ha ofrecido una salida rápida y momentánea de la rutina laboral: escribo a unos amigos para ver si quedamos. Lo veo razonable, y puede ser proporcionado. Pero nosotros mismos, como trabajadores, no hemos sabido separar nuestra vida personal de nuestra vida profesional, y cada vez hemos entremezclado más una y otra y a cambio pedimos que a nuestro jefe no le importe, y sobre todo, que no se meta, como si realmente hubiese reciprocidad en los términos.

 

 

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