En estos momentos de máxima intensidad en el conflicto con los independentistas catalanes se está abriendo la idea de la negociación entre el Gobierno y el gobierno autonómico de la Generalitat catalana, cosa que está muy bien.
Una negociación en forma de mediación, se ha dejado flotar en el aire.
Pero, una mediacicón, ¿por parte de quién? ¿De la Unión Europea? ¿De Naciones Unidas? ¿Del Papa?
Una mediación implica la existencia de «un hombre bueno». Alguien neutral y con prestigio aceptable para ambas partes.
¿Es posible encontrarlo? Seguro que sí.
Lo que es más improbable es que ambas partes acepten el marco de la negociación.
El Gobierno plantea, con toda lógica, que ese marco debe ser el de la Constitucion, que es «la madre» que da vida al Estatuto de Autonomía de Cataluña.
Es una Constitución que el gobierno separatista de la Generalitat dejó atrás cuando aprobó en el Parlamento autonómico, el 6 y el 7 de septiembre pasados, la Ley de Referendum y la Ley de Transitoriedad -anuladas cautelarmente por el Tribunal Constitucional- y cuando llevó a celebrar el referéndum de independencia -declarado ilegal por el máximo tribunal de garantias- el pasado 1 de octubre.
Para Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, vicepresidente, Carme Forcadell, presidenta del Parlamento y el resto de los componentes de Junts pel Sí, aceptar una negociación dentro del marco de la Constitución Española equivale a reconocer públicamente que han sido derrotados.
Los separatistas han traspasado, hasta aquí, todas las líneas rojas, por lo que tratarán de buscar, principalmente fuera de España, a ese «hombre bueno» que sea capaz de convencer al Gobierno para que negociar al margen de la Constitución. Como «prueba de buena fe».
Pero eso no va a ocurrir.
Por eso es muy difícil que Gobierno y Generalitat «negocien», a día de hoy.
¿Es preferible la autoinmolación declarando la independencia mañana martes y provocando la intervención del Gobierno? Ciertamente, la opción victimista presenta mucho más réditos políticos de cara a los suyos que la claudicación manifiesta, aceptando negociar partiendo desde dentro del marco constitucional.