Hay quien afirma que de los jueces españoles no se salva ni Dios. Y eso mismo debió pensar hace unos años el juez de Granada, Eduardo Rodríguez, quien en los años 90 decidió revisar el proceso contra el mismísimo Jesucristo.
Dicho y hecho.
Según declaraciones a los periodistas del propio juez Rodríguez, éste decidió, tras una conversación con un amigo, revisar el juicio que ha marcado el devenir de la Humanidad en los últimos 2000 años.
Así, un miércoles 21 de marzo de 1990, el citado magistrado dictó una sentencia absolutoria para Jesús, alias el Nazareno, quien fue crucificado en el año 33 de nuestra era, acusado de los delitos de blasfemia, rebelión y sedición.
La argumentación de este magistrado granadino era impecable.
Por ella, reconocía que si aquel juicio se hubiera celebrado con todas las garantías procesales que reconoce nuestra constitución en el artículo 24, como son la tutela judicial efectiva, el derecho de defensa, o la presunción de inocencia, el resultado habría sido bien distinto.
Y es que aquel proceso, incluso si se analiza desde la perspectiva jurídica de hace dos mil años, estuvo plagado de despropósitos legales.
Ahora, dos mil años después, casi nadie duda de que Jesucristo fue víctima de dos sistemas jurídicos distintos, el romano y el sanedrín judío, en cuyos respectivos casos, se violaron las normas procesales más elementales y se transgredieron los derechos fundamentales que el acusado tendría para su defensa.
Como por ejemplo, no disponer de representación, ni defensa, algo impensable en un proceso judicial actual, donde tales derechos son inherentes a la persona.
Quizás por eso, Poncio Pilatos se lavó las manos, para no ser responsable de aquella injusticia.
Recordemos que Jesús, fue arrestado y condenado a muerte por blasfemia por el sanedrín judío.
Y los romanos, como autoridad de la zona, ejecutaron la pena de muerte, decidiendo que esta fuera por crucifixión y no por lapidación como marcaba la tradición judía.
Pero es que, aquellos eran otros tiempos, y la Justicia estaba al servicio del poder, que hacía o deshacía a su antojo. En nuestro tiempo ese desenlace hubiera sido impensable y Jesucristo se habría salvado.