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Llarena, Cataluña y el fascismo inverso

Sobre estas líneas, uno de los muchos cortes llevados a cabo por los CDR, de los que habla José María Macías, vocal del CGPJ, en esta valiente columna. La Sexta/CGPJ.
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La situación que se está viviendo en Cataluña tendrá que ocupar en algún momento la atención de filósofos, sociólogos y politólogos.

Personas cuya formación permita entender y explicar lo que, en una mirada al soslayo, resulta inexplicable: un golpe de estado iniciado y protagonizado desde las propias instituciones del Estado.

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Sin embargo, una primera aproximación de quien muy probablemente no entiende nada, me lleva a concluir que lo que parece inexplicable, por insólito, no es más que la reedición de viejas lacras que vuelven a aparecer, solo que con sus matices para adaptarse a las formas que imponen los tiempos y, sobre todo, con la careta que oculta una vergüenza que no se quiere reconocer.

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A Cataluña  ha vuelto el fascismo, aunque vuelve de una manera diferente, de una manera inversa. 

Eso y las protestas de una supuesta inspiración democrática, es lo que dificulta identificar lo que es, sencillamente, tan viejo como la historia de todos los movimientos totalitarios.

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El sentido de lo que quiero expresar se entiende repasando las dinámicas de los movimientos totalitarios, llamémoslos fascistas para simplificar, que tuvieron lugar durante los años veinte y treinta del pasado siglo XX.

Los camisas pardas nazis aterrorizaron a la población alemana, coaccionando, apaleando y asesinando a socialistas, comunistas, judíos, católicos, librepensadores y cualquiera que no pensase como ellos.  Esa fue su fórmula para ganar las elecciones y ocupar las instituciones democráticas que, finalmente, destruyeron desde dentro.

Lo mismo hicieron los camisas negras italianos antes de marchar sobre Roma y ocupar (y destruir) las instituciones democráticas italianas.

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Y eso no fue diferente en España aunque, desde luego, con su matices, como ocurre siempre en España, que entró en la II República sin que, en apariencia, nadie se creyese la democracia que se proclamaba desde su Constitución.

Una España en la que muchos partidos políticos y sindicatos contaban con secciones y milicias armadas, de manera más o menos abierta o encubierta y en la que, al mismo tiempo que elementos del partido socialista presentes en las fuerzas de orden público asesinaban a políticos de derechas (Calvo Sotelo), otros partidos políticos de ideología fascista actuaban violentamente en la calle mientras se presentaban a las elecciones para ocupar las instituciones que pretendían destruir.

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José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange Española, partido de ideología fascista, fue fusilado como reo de un delito de rebelión (militar), pero en el momento de producirse la rebelión que determinó su condena ya llevaba meses en prisión acusado de un delito de tenencia ilícita de armas.

De la violencia y la coacción a las instituciones para, desde las instituciones, destruirlas una vez que se obtenía la capacidad para modificar el ordenamiento jurídico.

Ese fue el camino del fascismo durante el siglo XX.

En Cataluña, ese camino se está haciendo ahora a la inversa.

Desde el restablecimiento de la Generalitat el 30 de septiembre de 1977, su gobierno ha sido siempre un gobierno nacionalista o, si se quiere, “catalanista”, incluso cuando ha sido asumido por coaliciones cuyo protagonista principal se vinculaba a un partido de ámbito estatal y cuyos dirigentes militan hoy día, en no pocos casos, en las filas de partidos independentistas.

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ORGANIZACIONES DE CORTE FASCISTA

Las instituciones de gobierno catalanas de la era moderna, tal y como se conocen hoy día, han sido siempre nacionalistas.

Desde hace unos pocos años a esta parte, la incapacidad de los partidos nacionalistas que las han ocupado para modificar el ordenamiento jurídico respetando las reglas propias de un estado democrático les ha llevado, sencillamente, a incumplirlo y ha sido también su incapacidad para resistirse a la fuerza del Estado de Derecho lo que finalmente ha llevado a los partidos nacionalistas a renunciar, en la práctica, a las instituciones y a animar y jalear la calle con organizaciones de corte fascista cuya presencia en Cataluña nos tendría que producir a todos la más honda de las preocupaciones y cuya finalidad no es otra que destruir las instituciones desde fuera una vez que se ha evidenciado que no es posible destruirlas desde dentro, porque el Estado ha demostrado ser mucho más fuerte de lo que se creía.

Ese es el papel que en Cataluña están asumiendo los CDR y otros grupos y organizaciones afines.

Los CDR (Comités de Defensa de la República), acaso llevados de un cierto lirismo de dudoso gusto, copian un acrónimo cubano (Comités de Defensa de la Revolución), estableciendo un paralelismo cuyo acierto debe reconocerse: como sucedió históricamente en el caso cubano, pretenden imponer un férreo control coactivo sobre la población, denunciando y exigiendo fidelidad ideológica a todo aquél que se aparta de la ortodoxia de pensamiento exigible a todo «buen ciudadano».

Ese es el papel que pretenden ocupar esas organizaciones para imponer una ortodoxia nacionalista que señale a todo aquél que no la comparta.

Los cortes de carretera, ocupación de infraestructuras esenciales, manifestaciones ilegales violentas para ocupar sedes de instituciones públicas, amenazas a jueces y políticos, en ocasiones explícitas y en ocasiones veladas, son algunos de los episodios que estamos viviendo en estos días en Cataluña, protagonizadas por esas nuevas «organizaciones» y que en nada desmerecen las actitudes de los camisas pardas, negras o azules del pasado, copiando milimétricamente su retórica fascista.

Es en este contexto que cabe enmarcar los ataques que el Juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena, ha sufrido, que está sufriendo, en Cataluña.  Y también su familia.

Me precio en llamar amigo al Juez Llarena y de haber compartido con él muchas horas de reflexión en el pasado que me han permitido conocerlo: un hombre de una inteligencia extrema, analítico hasta el agotamiento, con unos profundos valores morales y cuyo compromiso con el Estado de Derecho y la democracia no cede frente a ningún sacrificio, como desgraciadamente se ha puesto de manifiesto en estos días con la noticia de los ataques fascistas que han sufrido, que están sufriendo, tanto él mismo como su familia.

Pablo Llarena hace grande la palabra Juez, como también la hacen grande otros muchos Jueces, unos conocidos y otros anónimos, empeñados en la defensa de una mayoría de la ciudadanía que las actitudes fascistas y totalitarias pretenden hacer invisible, inexistente.

Creo que merece la pena hacer esta reflexión, porque solo entendiendo la naturaleza real de la situación que afrontan el Juez Llarena y los jueces en Cataluña, solo entendiendo la naturaleza real de la situación que afronta el Estado de Derecho, es posible defenderlo en el contexto de las naciones democráticas.

Esta columna ha sido originalmente publicada en el «Blog» La Clave Judicial bajo el mismo título. Por su valiente contenido y por el hecho de que su autor es uno de los 20 vocales del Consejo General del Poder Judicial, Confilegal lo ha reproducido aquí.