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Así era mi padre: In Memoriam de Gonzalo Jiménez-Blanco

El autor de esta columna, Gonzalo Jiménez-Blanco Zubiaga, es hijo de Gonzalo Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz, desaparecido recientemente tras una larga enfermedad; fue uno de los grandes abogados españoles de las últimas dos décadas. El funeral por su alma será en la Iglesia de ICADE COMILLAS el próximo jueves, 12 de septiembre, a las 20h. Entrada por Santa Cruz del Mercenado 23.
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Yo quiero mucho a mi padre. Y digo quiero porque aunque no esté le voy a seguir queriendo toda la vida. Siempre ha estado conmigo y sé que siempre lo va a estar.

Todo lo que me ha enseñado lo llevo conmigo, lo que me ha querido enseñar de forma consciente y, seguro lo más importante, lo que me ha enseñado sin siquiera darse cuenta.

Si tuviera que describir a mi padre con pocas palabras probablemente diría que era una persona apasionada. Todo lo que hacía, lo hacía con la ilusión de un niño.

El creía y te convencía de que todo era posible, de que nada está fuera de nuestro alcance. Eso sí, el esfuerzo, el tiempo y las ganas no te las regala nadie.

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El esfuerzo es innegociable como dirían los “cholistas”.

Me acuerdo de cuando empezamos a jugar al golf. Nos apuntamos a clase los tres niños y él, que no había jugado nunca.

Tengas más o menos facilidad, cuando eres niño todo te sale más fácil. Será por aquello que dicen de la esponja. Mi padre en cambio debía tener ya 40 años.

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¿Se le daba bien?

Ni mucho menos. Era un paquete total.

¿Se rindió alguna vez?

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Nunca.

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Cuando tenía handicap 36 el objetivo fue bajar de 30, cuando tuvo menos de 30, bajar de 25 y así siempre.

Esto no significa que no le molestara jugar mal. Se pillaba unos cabreos estratosféricos tras los que siempre farfullaba que nunca iba a volver a jugar.

Promesa que incumplió sistemáticamente.

Lo mismo pasó cuando empezó a correr.

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Me obligó a apuntarme con él a la San Silvestre un año porque había decidido que correr era lo más divertido del mundo.

Cuando le daba por una cosa no había nadie que le convenciera de lo contrario.

No nos preparamos mucho y corrimos la carrera con más pena que gloria.

No publico el tiempo por no humillarnos, pero sí que diré que le gané fácil, cosa que le estuve recordando todo el año.

El año siguiente nos volvimos a apuntar. En un clásico ejemplo de la fábula de la cigarra y la hormiga, yo volví a plantarme ahí sin haber corrido más de 200 metros en todo el año.

Él, como buena hormiga, estuvo entrenando como un cosaco.

Se compró una libretilla donde apuntaba meticulosamente sus tiempos semanales y fue como un grifo mal cerrado: un goteo lento, pero constante que acaba percutiendo cualquier roca.

Me masacró. Como siempre, una vez ventilado su hijo, pasó al siguiente reto, bajar de una hora.

Lo consiguió.

Después, bajar de 55 minutos.

Lo consiguió.

Después vino la bici, el anillo ciclista…

Todo siempre con las mismas ganas, la misma ilusión.

Y sólo hablo de su vida personal, que es la que conozco de primera mano, pero lo mismo se puede decir de su vida profesional.

TOCÓ TODOS LOS PALOS

Empezó de auditor en Repsol, luego Bestinvert, abogado del estado en menos de 2 años, CNMV, el ICO, BT, Ashurst.

Tocó todos los palos porque, contra la tendencia actual a la especialización, él era incontenible en una sola rama. Energía, finance, regulatorio, deporte, M&A, arbitraje.

Le tirabas una piedra y te la convertía en el escrito exacto que necesitabas.

Ahora que he empezado yo a trabajar me doy cuenta de lo difícil que es lo que ha hecho.

Si algo he aprendido estos años es que la vida es dura. Muy dura.

Pero esto no significa que no merezca la pena o que puedas dejar de intentarlo.

Mi padre me ha enseñado que tu percepción de la dureza de la vida depende de ti.

De tu actitud, de tu ilusión.

Mi padre nunca se rindió, ni cuando no bajaba de handicap 30, ni cuando le dijeron que estaba enfermo.

De hecho, lo que le vino a la cabeza cuando le diagnosticaron es que si antes pensaba que le quedaban 30 años para hacer todo lo que quería hacer, ahora le quedaban como mucho 10.

No dejó de trabajar hasta que su cuerpo no le obligó a pasar el día tumbado. No dejó de escribir hasta que físicamente le fue imposible.

No dejó de hacernos felices nunca.

Estos últimos años de enfermedad han sido muy difíciles, pero a la vez muy bonitos.

He aprendido más en 6 años que en los 21 anteriores. Sin sermones, sin lecciones. A base de verle, de vivirle.

De su actitud, de su dignidad y de su amor. Ya no soy la cigarra que cree que hay éxito sin esfuerzo.

La vida es dura, pero depende de ti transformarla en algo que merezca la pena.

Mi tío José escribió en este mismo medio un artículo precioso sobre mi padre en el que le acababa describiendo con un latinajo, palabra que por cierto le encantaba: “Tendit in ardua virtus”. La virtud crece en la dificultad.

Y su virtud es incomparable.

Te quiero muchísimo, papá.