He visto varias veces la intervención del ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, en la sesión del control ayer en el Congreso de los Diputados.
Y también he leído lo que había preparado para contestar a la pregunta que la diputada de ERC, María Carvalho, iba a hacer –¿Piensa el Gobierno español considerar como terrorista al movimiento antifascista?– y que no hizo porque se embaló en un mini mitin sobre el supuesto auge del movimiento fascista en Europa y en España porque, literalmente, se le acabó el tiempo.
La presidenta de la Cámara, Meritxell Batet, se lo cortó limpiamente, como mandan los cánones.
Campo, que se sigue trabajando las respuestas parlamentarias como hacía en la oposición, es decir, en la oficina o en casa, reflexionando, estructurando y memorizando la cosa para no leer, porque eso da impresión de inseguridad, le respondió en la línea de sus intervenciones desde que es ministro.
Su intervención fue muy corta. Empezó con lo que tenía previsto.
«Este gobierno ha demostrado, en lo que va de legislatura, unas grandes dosis de tolerancia, lealtad institucional y paciencia. O mejor dicho, mucha paciencia».
Luego describió lo que estamos viviendo, incluyendo las dos palabras, «crisis constituyente»: «Hace 12 años vivimos crisis de pirámide social. Las partes más frágiles fueron las que más la sufrieron. Estábamos recomponiéndonos. Y nos entra una nueva crisis donde nuestro modelo social se rompe. Una crisis sanitaria, con unos enorme brotes económicos, pero que determinan una crisis constituyente. Tenemos, entre todos, que abordar la salida de la misma».
Que repitió otra vez a continuación: «No es fácil, porque frente a la crisis constituyente tenemos un debate constituyente. No podemos dejar a nadie fuera».
Para terminar con una declaración pública de confianza en uno de los pilares del sistema democrático.
Para contestar a la pregunta que Carvalho no hizo: «Libertad ideológica y libertad de expresión son pilares básicos a los que nos tenemos que atar como en mástiles en medio de una tormenta. Porque esto no consiste en calibrar si hay más aplausos o más cacerolas. Lo que consiste son las ideas que subyacen y que se quieren imponer. Solo una lectura conjunta…, porque esto no es una crisis piramidal. Esto es una crisis social en cadena. Todos nos necesitamos a todos. Y tenemos que contribuir entre todos a dejar una mejor sociedad de la que hemos encontrado«.
LA ESCENOGRAFÍA Y LA COMPAÑÍA
Minutos antes había intervenido, hay que recordarlo, el vicepresidente segundo del Gobierno y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, cuya presencia en el Ejecutivo ha creado en la oposición el convencimiento de una conspiración «chavista» en marcha para acabar con el sistema democrático español.
Este es un hecho muy importante que no se puede, en absoluto, minusvalorarse.
En la respuesta original, que era el doble de la que hizo, tal vez apremiado por el ritmo de la sesión de control, Campo respondió a la diputada de ERC que el gobierno no criminaliza ningún movimiento ideológico y que respeta la libertad ideológica «constitucionalmente» consagrada.
Dicho de otro modo, la respuesta non nata a la pregunta non nata fue la de que «no».
Lo que Campo no dijo, pero que había incluido en su texto original, es que la «crisis provocada por la COVID-19 no sólo afecta a las bases materiales de la económica, sino también a los valores».
TIEMPOS LÍQUIDOS
Los llamados «tiempos líquidos» de los que habla Zygmunt Bauman en el libro que publicó con ese título este Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y Humanidades 2010.
Bauman describe con precisión, en su libro, el tránsito de una modernidad «sólida» –estable, repetitiva– a una «líquida» –flexible, voluble– en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marcos de referencia para los actos humanos.
Esa «realidad líquida», plagada de incertidumbres, es a lo que muchas veces se ha referido Campo en anteriores intervenciones, que este autor le ha escuchado, a la que plantea ahora hacer frente describiéndola como «crisis constituyente». No a la gestación de una nueva Constitución de corte «chavista» que venga a sustituir a la vigente, de 1978, que mucha gente ha tenido en mente.
Era una cosa más en el plano ideológico que en el jurídico, pero la cabra siempre tira al monte y echa mano de los términos que más maneja, entre ellos el de constituyente.
El suyo, leyéndolo desde la distancia, era un discurso corto de llamamiento a la reconstrucción social que había colado como segunda trama de la respuesta sobre los movimientos fascistas que había planteado la diputada de ERC.
«Transitamos por nuevos caminos, el inicio de un ciclo. Estamos ante una crisis constituyente, que nos lleva obliga a repensar y a reconstruir nuestro futuro», tenía previsto decir.
«En este nuevo ciclo estamos condenados más que nunca a entendernos. Tenemos que ser capaces de convertir la pluralidad, la crítica y la discrepancia en fortalezas de un sistema que integra el conflicto político y social«.
«Creo que en ese debate constituyente no caben las falsedades groseras, los insultos o las descalificaciones generalizada de posiciones políticas. Desterremos apelativos como mentiroso, indigno o incluso asesino o terrorista para el oponente político. No tienen lugar en un proceso de reconstrucción. Este tampoco puede ser un debate en 140 caracteres», tenía previsto decir.
«Es cierto que no todos los países del mundo cuentan con los mismos estándares de libertad. Es cierto también que, en ocasiones, incluso en las democracias más avanzadas se producen excesos. Pero tenemos la suerte de disfrutar en nuestro país de un marco jurídico e institucional extremadamente protector con esos derechos y libertades. Además, ahora contamos con un Gobierno firmemente comprometido con su protección y desarrollo. Aprovechémoslo para salir de la crisis más fuertes, mejores», iba a concluir.
Era, en suma, un llamamiento al entendimiento a la oposición. Unas palabras que dichas con Iglesias a apenas un metro de distancia, a su derecha, poco recorrido iban a tener en el sentido que estaba buscando.
Ni Mohatma Gandhi lo habría conseguido.
Ha tenido un efecto evidente, pero en el sentido contrario.
Porque la presencia de Unidas Podemos en el Gobierno de coalición es un poderoso disolvente que anula cualquier confianza que se quiera construir en la oposición en la línea del entendimiento político. Y a las pruebas me remito.