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Ni el golpe de 1936 se produjo el 18 de julio, ni Franco fue su instigador, ni se levantaron con la bandera nacional

Franco no fue el cerebro de la rebelión ni estaba previsto que fuera su líder. Los acontecimientos históricos le catapultaron a esa posición.
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Durante los 36 años que siguieron al final de la guerra civil, que terminó el 1 de abril de 1939, cada 18 de julio era fiesta nacional. Se conmemoraba el día del “Alzamiento nacional”. El día que un grupo de militares conjurados dio el golpe contra el Gobierno de la Segunda República.

Tal que un día como hoy de hace 84 años.

Solo que no fue así. Sino un día antes, el 17 de julio. Aquella madrugada el general de Brigada, Emilio Mola, gobernador militar de Pamplona, al mando de la 12.ª Brigada de Infantería, confirmó el golpe de Estado mediante telegramas cifrados al exteniente general José Sanjurjo, exiliado en Portugal tras la intentona golpista de 1932, al teniente coronel de Estado Mayor en la reserva, Juan Seguí Almuzara, jefe de la conspiración en Melilla y jefe de Falange en el Marruecos español, y al general Francisco Franco, entonces capitán general de Canarias.

Aquel día, 17 de julio, los sublevados se hicieron con el control de Melilla. Arrestaron al delegado del Gobierno y destituyeron a todos los jefes leales a la República. Ocuparon Capitanía y los edificios oficiales. Fusilaron a su alcalde. 

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Placa conmemorativa del Alzamiento Nacional en el Museo Militar de Melilla.

La información llegó a Madrid a las 18.30. A esa hora el coronel Hernández Saravia entró en el despacho que Santos Martínez Saura, secretario del presidente de la República, tenía en el Palacio de Oriente, rebautizado entonces como Palacio Nacional.

Manuel Azaña no se encontraba en el edificio sino en el Palacio de El Pardo, sede de verano del Jefe del Estado.

Tras recibir la información, regresó con su familia a Palacio a toda velocidad donde, dos horas después, se reunió con el presidente del Consejo de Ministros –como se denominaba entonces al presidente del Gobierno–, Santiago Casares Quiroga, y con los líderes de los partidos fieles a la República, los socialistas Indalecio Prieto y Largo Caballero, por el PSOE, Diego Martínez Barrio, por la Unión Republicana, y otros, como bien cuenta Juan Eslava Galán en su libro “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie”.

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– ¡Te advertí del cuartelazo! –espetó Azaña a Casares–. ¡Ya lo tenemos!

FRANCO NO FUE EL LÍDER DE LA CONSPIRACIÓN

Mola, apodado “el Director”, había escogido, como líder del fallido golpe, transformado después en guerra civil, al exteniente general José Sanjurjo.

Éste lo había sido todo en el Ejército español. Poseía la autoridad moral indiscutida entre todos los militares rebeldes para asumir el liderazgo de los que después se denominaron “los nacionales”.

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Como general de División había sido el máximo mando militar en Marruecos, durante la guerra de África. Luego se convirtió en director de la Guardia Civil y más tarde en director del Cuerpo de Carabineros, puesto que ocupaba el 10 de agosto de 1932, cuando se sublevó fallidamente contra la República en Sevilla.

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Sanjurjo, que tenía entonces 60 años, fue enjuiciado en un juicio sumarísimo que tuvo lugar 14 días después del golpe, el 24 de agosto, en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo, el mismo en el que tuvo lugar el juicio de la causa del “procés”.

Los siete magistrados que conformaron el tribunal condenaron a muerte al teniente general Sanjurjo por un delito consumado de rebelión militar.

Sin embargo, el Gobierno la conmutó por otra de cadena perpetua.

El 28 de agosto de aquel año de 1932 el Gobierno publicó otro decreto expulsándole del Ejército, suprimiendo los sueldos, pensiones, honores y derechos pasivos que le pudieran corresponder.

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Sanjurjo, sin embargo, apenas cumplió 23 meses tras las rejas. Recobró la libertad el 25 de abril de 1934, como consecuencia de la aplicación de la Ley de Amnistía dictada por el Gobierno.

El exmilitar dejó España. Se exilió a Estoril, Portugal, desde donde siguió conspirando para hacer realidad el golpe de Estado del 18 de julio de 1936.

Dos días después, el 20 de julio, el exteniente general se prestó a volar a España para asumir el mando de la rebelión. Sabía muy bien lo que estaba en juego. Por eso quiso llevarse un pesado baúl con todos sus uniformes.

Ese fue el error. La avioneta Puss Moth que pilotaba el falangista Juan Antonio Ansaldo no pudo con todo el peso y la nave terminó estrellándose a los pocos minutos de despegar. Sanjurjo murió de forma instantánea, de una fractura de cráneo. El piloto se salvó milagrosamente.

Fue un accidente que cambió el curso de los acontecimientos posteriores de la historia de España.

NO ESTUVO EN LA JUNTA DE DEFENSA NACIONAL 

Franco no fue elegido de inmediato líder de la rebelión, aunque se sumó a ella en los primeros días. Todavía tuvieron que pasar poco más de dos meses.

De hecho, no formó parte de la Junta de Defensa Nacional que se formó en Burgos el 24 de julio de aquel año y que quedó integrada por los generales de División Miguel Cabanellas –republicano y masón–, como presidente; Andrés Saliquet; los generales de Brigada Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, Emilio Mola y Fidel Dávila Arrondo, y los coroneles de Esatdo Mayor del Ejército Federico Montaner Canet y Fernando Moreno Calderón. 

La elección de Franco se produjo el 21 de septiembre y sucedió en el aeródromo de San Fernando, cerca de Salamanca. Allí se reunieron todos los generales sublevados: Alfredo Kindelán, Luis Orgaz Yoldi, Gonzalo Queipo de Llano, Andrés Saliquet, Miguel Cabanellas, Fidel Dávila y Arrondo Gil y Arija, Emilio Mola y el mismo Franco.

Aunque se planteó la creación de un directorio con varios generales, la mayoría se inclinó por el mando de un único generalísimo.

Los cuatro candidatos principales fueron Cabanellas, Queipo, Mola y Franco. Los dos primeros quedaron fuera por republicanos; Cabanellas, además, era masón. Emilio Mola por el fracaso del golpe y por el hecho de ser general de Brigada, dos grados por debajo de Franco, que era teniente general.

Esta escena la relata muy bien Alejandro Amenabar en su película “Mientras dure la guerra”.

Y salió Franco, pero la elección no fue hecha pública de inmediato.

Se mantuvo en secreto.

En esas circunstancias, Franco optó por un golpe de efecto publicitario: la liberación del Alcazar de Toledo.

Lo que ocurrió el 27 de septiembre, con lo que “el candidato” consiguió lo que pretendía.

El 28 de ese mes, 24 horas después, la Junta de Defensa Nacional volvió a reunirse en el mismo aeródromo. Los asistentes, muy animados por la repercusión que había tenido la liberación del Alcázar, decidieron apoyar a Franco como jefe del Estado y Generalísimo de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire.

SE SUBLEVARON CON LA BANDERA REPUBLICANA

La bandera tricolor republicana fue utilizada por los sublevados desde el 17 de julio hasta el 15 de agosto. Aquel día, festividad de la Virgen de los Reyes, Franco dio un breve discurso y de forma premedidata y personal, ordenó arriar la bandera republicana y subir la bandera rojigualda, que fue también la de la Primera República. 

El dictador recuperó los símbolos monárquicos para diferenciar a su bando del republicano.

No hubo un acuerdo previo de la Junta de Defensa Nacional. Fue una decisión suya y solo suya. 

Así se escribe la historia.