PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Sueño con el día en que no se permita a ningún juez tratar con desconsideración a los abogados

Luis Romero explica en su columna porque es necesario que imperen las buenas maneras desde los jueces hacia los abogados, los cuales, en ocasiones, son maltratados por Sus Señorías.
|

A finales de julio del año 2002 me dirigía en tren desde Birmingham a Stafford, Inglaterra, mirando el reloj pues la cita con mi colega inglés en la entrada de los juzgados era solo unos minutos después de la hora en que debía llegar a la estación.

Desde que Paul me recibió junto a un policía muy simpático en el tribunal hasta que salimos para almorzar, observé que el trato dispensado en las dependencias judiciales al “solicitor” y al “barrister” con los que colaboraba en la defensa de un español era similar al ofrecido a jueces y fiscales.

De hecho, compartían los abogados con éstos la cafetería y el restaurante, donde al encontrarse, la cortesía y amabilidad entre ellos era exquisita.

El despacho donde preparamos la vista para la libertad con nuestro cliente era digno de la labor que desempeñábamos, nos ofrecieron bebida y comida, oyendo unos minutos antes del comienzo del acto que nos llamaban por unos altavoces para irnos acercando a la sala.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Así, podíamos esperar cómodamente junto a nuestro defendido y no debíamos estar, como ocurre en los tribunales españoles, junto a la puerta de la sala de pie sin saber cuánto tiempo podría demorarse nuestra entrada a esas dependencias.

Hace unos días leí en la prensa que el colegio de abogados de Málaga había declarado persona non grata a un magistrado de la Audiencia Provincial por sus opiniones en internet en las que faltaba el respeto al decano Francisco Javier Lara, al colegio de abogados y a sus colegiados.

No me extrañó que la Junta de Gobierno de ese colegio tomase esa decisión pues es una de las corporaciones más valientes a la hora de defendernos frente a los ataques recibidos a veces desde la judicatura, tanto con este decano como con otros anteriores.

Al leer esta noticia me venían a la memoria escenas y conversaciones con mis colegas ingleses respecto a las buenas relaciones entre la curia y los abogados en Reino Unido.

PUBLICIDAD

También recordaba episodios vividos en estos treinta años de ejercicio en el foro penal en los que siempre me he resistido a tolerar un trato indigno por parte de unos altos funcionarios a los que debemos respeto pero no más que el que ellos nos deben a nosotros.

UN JUEZ CON DOBLE CARA

En el aula de la facultad de Derecho donde un juez de lo penal nos impartía las clases prácticas de derecho penal ese magistrado nos exponía amablemente sus experiencias sobre distintos casos penales en los que había participado y nos obsequiaba con sabios consejos para el proceso penal en nuestras futuras carreras.

Años después, al actuar en su sala ya no era aquel amable juez y la soberbia y la ira invadían el tribunal al dirigirse a los acusados, a algunos peritos y a los letrados que intentábamos hablar al negarnos la palabra si entendíamos que debíamos exponer nuestra razón.

PUBLICIDAD

Hay salas en las que los abogados preferiríamos no intervenir y otras con las que meses antes de comenzar un juicio nos sentimos confortados al saber que el juez o el presidente harán nuestra noble labor de defensa más llevadera.

Tras haber intervenido en tribunales de muchas provincias españolas, desde los juzgados de instrucción hasta la Audiencia Nacional o el Tribunal Supremo, siempre ha sido para mi un factor esencial la actitud del juez unipersonal o del presidente, según el tribunal de que se trate, hacia nosotros como abogados.

PUBLICIDAD

Y no me estoy refiriendo a la necesidad de pleitesía sino a gestos tan sencillos como el saludo, la amabilidad, la cortesía y la ausencia de cortapisas infundadas, arrogancia y malos tonos al dirigirse a nosotros los togados.

Hay veces que creemos que ese día el juez o la jueza están de mal humor pero al coincidir en su sede más de una vez, comprobamos que siguen malhumorados.

Otras veces nos encontramos con situaciones rocambolescas en las que nuestra respuesta inmediata debería ser el abandono de la sala y la denuncia o queja.

PUBLICIDAD

NO DEBÍA HABER ENCHUFADO EL PORTÁTIL SIN EL PERMISO DE LA JUEZA

Hace unos años en Alcobendas defendía a un importante empresario italiano por varios presuntos delitos fiscales.

Cuando la jueza iba a comenzar el interrogatorio de mi cliente miró mi ordenador portátil y me preguntó si había pedido permiso para conectar el cable al enchufe que había junto a mi mesa.

Le dije que necesitaba usar mi ordenador pues allí tenía el expediente judicial completo además de la guía para mis interrogatorios.

Me advirtió un tanto airada que no debía haber enchufado mi portátil sin su permiso.

No quise decirle lo que pensaba sobre esa advertencia un tanto infantil, como si estuviésemos en un colegio en nuestros primeros años de aprendizaje.

Esta vez, como tantas otras, no solamente fue el juez el que ese día haría más agradable nuestro trabajo sino que se unió a su diplomacia la de la funcionaria encargada del expediente y que debía fijar de nuevo fechas para señalar unas declaraciones de testigos que se habían suspendido.

Yo tenía en mis manos mi agenda semanal Deusto y uno de los días propuestos por la oficial coincidía con mi cercano viaje a Nueva York, por lo que lo hice saber a la servidora pública.

Me sugirió que mandara a alguien de mi bufete en mi sustitución y al responderle yo que mi cliente prefería que fuese yo el que concurriese al acto procesal me dijo que no tenía por qué cambiar las fechas a mi antojo o según mis viajes, ya que tiene preferencia la agenda de la jueza.

No dudaba de ello pero le expuse que lo ideal era conciliar la agenda de todos los intervinientes y que en todo caso, si mantenía esas fechas en mi ausencia, solicitaría la suspensión de las diligencias.

Finalmente se impuso la cordura.

UNA JUEZA A GRITOS

He coincidido en varios actos con un juez con los que es un placer conversar sobre las relaciones entre jueces y abogados, incluso hemos formado parte del mismo claustro de un máster.

Y más de una vez me ha recordado que él era el juez en prácticas que se encontraba presente en aquel despacho de una jueza de instrucción en el que tuvo lugar la declaración de mi defendido imputado de un delito de asesinato años atrás.

Siempre me ha confesado que sintió vergüenza ajena por lo que tuvo que escuchar aquel día pero que él no tenía más remedio que estar callado pues estaba allí para aprender y bien que aprendió aquel día sobre cómo no debe actuar un juez.

Cuando la jueza me gritó con insolencia que no iba a dar lectura al acta de declaración de mi cliente a solicitud mía antes de iniciar mi interrogatorio porque éste había comenzado antes de mi comparecencia.

Cuando solicité que constara en acta mi protesta y sus razones y se me negó.

Cuando solicité que estuviese presente el secretario judicial.

Cuando éste me quitó de mis manos el acta de declaración que estaba leyendo antes de firmarla para comprobar si habría que hacer alguna corrección, entre otras vivencias de aquella mañana en la que yo mantuve el tono discreto y educado.

Pero sin olvidar mi dignidad como letrado y en la que la jueza fue despectiva, desagradable, maleducada, irrespetuosa con los derechos fundamentales de mi defendido y con la función del ejercicio de la abogacía.

Este respetado magistrado se echa las manos en la cabeza cuando le recuerdo que, además, en ese juzgado se dieron órdenes para que no se me facilitara copia del expediente.

Olvidando que mi trabajo era ejercer la defensa de un joven con dieciocho años recién cumplidos que había causado una herida mortal a otro joven y que yo trataba de defender manteniendo que podían concurrir eximentes y atenuantes muy cualificadas.

No siempre nos encontramos solos los abogados en estos aconteceres, y a pesar que el letrado de la acusación no abrió la boca ni ese día ni otros en los que ocurrieron incidentes similares.

Un fiscal que me encontré bajando la escalera y con el que me desahogué me dijo que esa jueza solía actuar de esa forma y había hecho muy bien en quejarme y hacerlo constar.

HAY QUE QUEJARSE

Que haya jueces que no den los buenos días. Que se dirijan a nosotros en tono desairado.Que no nos dejen casi desde el principio interrogar.Que nos den un minuto o cinco para informar. Que nos intenten dejar en ridículo delante de nuestros clientes, es un buen motivo para quejarnos en ese preciso momento, para hacerlo constar.

Para presentar queja ante el juzgado decano y/o ante el CGPJ.

Pero también para ponerlo en conocimiento de nuestros colegios profesionales, ya que muchos de ellos han constituido departamentos en defensa del colegiado y de relaciones con la administración de justicia.

Y yo aún sueño con que un día en nuestros tribunales no se permita que ningún juez trate con desconsideración a los abogados, a los procuradores, a los ciudadanos, y como no, a los fiscales, letrados de la administración de justicia, funcionarios, etc.

Pero para ese fin necesitamos además del apoyo de nuestros colegios el firme propósito del Consejo General del Poder Judicial y de su comisión disciplinaria.

Pero no deseo que de la impresión que hay jueces irrespetuosos y maleducados por todos lados.

Uno de los últimos juicios en los que he ejercido la defensa y cuya celebración se ha extendido durante ocho sesiones ha tenido lugar en una sala de lo penal de una audiencia en la que los magistrados han tenido un trato exquisito con todos los letrados.

Y en general con todos los que han comparecido en su sala, siendo su presidenta cada día y en cada momento alguien que hacía más agradable nuestro trabajo y que recuerdo desde sus años de jueza de lo penal como una señora a la que no se le ha subido el cargo a la cabeza y que actúa en estrados como tantos abogados esperamos en cada juicio que actúen todos los jueces.