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Cómo será el futuro de la abogacía: ¿generalista o especialista?

León Fernando del Canto
Cómo será el futuro de la abogacía: ¿generalista o especialista?
León Fernando del Canto es abogado español y barrister en Londres; dirige el bufete Delcanto Chambers.
29/11/2020 06:47
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Actualizado: 28/11/2020 21:23
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Mi padre era un abogado generalista. ¿Su especialidad? Atender cualquier asunto que entrase por la puerta del despacho.

Lo mejor de todo es que parecía hacerlo bien y resolvía un alto número de casos. Cuando miro hacia atrás mi única pregunta es ¿de dónde sacaba el tiempo para estudiarlos bien?

Entonces había, como hay hoy, especialistas a quienes se acudía para temas complejos cuando se requería una opinión muy experta sobre un asunto en particular. La diferencia es que los y las especialistas también eran generalistas, aunque tuviesen una especialización concreta.

El fenómeno de la especialización “radical” en la abogacía española, como lo entendemos hoy, no ocurre hasta bien entrados los setenta.

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Es cierto que anecdóticamente existían en España algunos despachos especializados, bajo el ala de catedráticos de renombre como Uría o Garrigues, pero eran despachos que, como hoy, siguen atendiendo todo tipo de casos.

¿QUÉ PIENSA UNA PARTE DE LA ABOGACÍA EN TWITTER EN 2020?

Tras lanzar un «tuit» con la pregunta sobre la problemática de la especialización frente a la generalización me sorprendió comprobar cómo cuando somos civilizados, twitter es una fantástica herramienta de debate.

A tenor de las respuestas y comentarios recibidos, ser generalista no parecía estar en tela de juicio para la mayoría de la abogacía independiente.

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Nadie dudaba de la necesidad de una buena base jurídica como generalista a pesar de la cantidad de especialistas entre nosotros y nosotras.

Igualmente algunas compañeras nos hacían ver la importancia de la especialización, pero trabajando en equipo, como Delia Rodríguez o María José Arancibia.

Especialidad no sólo en la materia, sino en el sistema jurídico o jurisdicción, el tipo de cliente o el segmento del mercado fueron destacados como necesidades para sobrevivir. Como señalaba, entre otras muchas compañeras y compañeros, Carlos Guerrero y Raúl Herrera, que, sin embargo, no cuestionaban la necesidad de ser buenos generalistas.

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Digamos que la especialización jurídica es la competencia profesional desarrollada a través del conocimiento y estudio de un determinado campo jurídico para alcanzar una maestría en una materia en particular. Pero la especialización tiene que contar con una buena base como generalista.

Nos especializamos por exigencia del guión. Más que especializarnos, digamos que nos especializan nuestros clientes y clientas, y los casos que llevamos.

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Por supuesto que la especialización tiene muchas ventajas. Para la abogacía joven representa la posibilidad de desarrollar rápidamente una marca en un nicho determinado.

La especialización se paga mejor que la asesoría generalista y es más fácil posicionarla en el mercado. Pero también la especialización te condena a ciertos ciclos del mercado y puede pasar de moda, justo cuando ya empezabas a ser reconocida como especialista.

Tras años de práctica en la mayoría de los casos, existe un cierto acuerdo tácito entre profesionales sobre la necesidad de la especialización.

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Debido sobre todo a la complejidad del Derecho y su constante evolución, estamos de acuerdo que es imposible que todas y todos estemos al día en todos los campos jurídicos.

Pero también parece haber acuerdo, sobre todo entre las y los abogados independientes, que para adquirir una verdadera especialización es preciso previamente formarse y tener una buena base, y experiencia profesional, como generalista.

Hasta aquí, parece haber un amplio consenso en este debate.

DESACUERDOS

Los desacuerdos aparecen cuando polarizamos la cuestión y se minusvalora la práctica generalista frente a la especializada. Cuando se confunde ser generalista con saber de todo, y ser especialista con saber más que nadie.

También surgen desacuerdos cuando se promueve únicamente la especialización como condición de progreso profesional, tratando de vender la especialización a las y los futuros abogados desde antes incluso de que sus togas necesiten el primer remiendo.

Habrá muchas opiniones a favor de una especialización “radical” o absoluta, sobre todo desde las grandes firmas, cuando lo que se busca es la estandarización de procesos y personas para mejorar la economía de la práctica.

Lo digo de nuevo: la especialización es necesaria. Necesitamos especialistas en áreas del derecho y subespecialidades en los aspectos más complejos de las mismas; tanto a nivel académico como profesional.

Y por muy defensor que sea de la práctica generalista, en la jurisdicción inglesa, como barrister, estoy condenado a la especialización.

Pero todo ello no quita que aspire a ser más generalistas. Aunque ser generalista hoy ya no es esperar a que entren asuntos por la puerta del despacho.

Ser generalista requiere un compromiso dinámico con la formación continua y un estudio y actualización constante a nivel legal y jurisprudencial.

Es ahí, donde elegir una o varias especializaciones es importante para cualquier profesional generalista. Te esfuerza a seguir formándote y te mantiene actualizado –y no nos olvidemos, también competitivo.

Volviendo a la problemática actual, es decir, la de la especialización “radical” que observamos en la actualidad, es importante destacar que a medida que más abogadas y abogados se especializan, el número de profesionales jurídicos con un amplio conocimiento de la ley como generalistas está disminuyendo.

Y esto no es bueno para la abogacía.

La especialización, si no la cuestionamos críticamente, corre el peligro de perpetuarse en una especie de mito y terminar con una profesión preocupada por la generalidad tanto como por la especificidad de la problemática jurídica.

Es por ello que deberíamos plantearnos algunas de estas cuestiones de vez en cuando.

1.- ¿Se puede considerar especializada una abogada o abogado por el sólo hecho de haber realizado un programa de posgrado o un Doctorado?

2.- ¿Cuantos años de experiencia  profesional real se requieren para estar especializado en algo?

3.- ¿Cuáles son las áreas y subáreas concretas en la práctica que alguien tiene que tocar para considerarse un especialista?

4.- ¿Cuáles son los criterios objetivos, en definitiva, para valorar la adquisición de una especialización?

5.- ¿Es eficiente la asesoría especializada vertical sin una visión generalista de carácter transversal?

6.- ¿Qué papel juegan los directorios jurídicos como Chambers, Legal 500, o Best Lawyer en la perpetuación de este mito de la especialización?

NI GENERALISTA NI ESPECIALISTA. CONVIRTÁMONOS EN GENERALISTAS ESPECIALIZADOS

Digamos que cumplida la primera década de práctica jurídica, por muy generalistas que seamos, la mayoría nos hemos especializado en una práctica o varias prácticas en concreto.

Igualmente, si ejercemos como profesionales independientes especializados, será excepcional que no hayamos cambiado de especialización más de una vez, es decir que no nos hayamos generalizado.

Por ello, es importante que la especialización reconozca siempre el valor del proceso de aprendizaje que solo se adquiere en la práctica generalista. Y a su vez, la práctica generalista reconoce el valor que aporta la formación especializada.

Sobre todo es importante que nunca dejemos la curiosidad del generalista por casi todo, y el interés de la especialista por el caso concreto.

Ser generalista hoy implica entender con amplitud las distintas áreas del Derecho, y a la vez especializarse en una o algunas de ellas.

Ser generalista, por tanto, requiere ser especialista, y no se puede ser especialista sin ser generalista.

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