Treinta cosas que, como juez, me irritan de los abogados
El autor de esta noticia, el magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, José Ramón Chaves, en una foto tomada el pasado 16 de enero, cuando recibió el premio "Puñetas Periféricas" de la ACIJUR; a la izquierda Juan José González Rivas, presidente del Tribunal Constitucional, y a la derecha el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

Treinta cosas que, como juez, me irritan de los abogados

Suele decirse que un juez debe ser una esfinge: impasible, solemne y distante. Sin embargo, los jueces tienen su corazoncito y cuentan con las debilidades propias de todo ser humano, por lo que pese a la hermética coraza que cargo y toga imponen, bien está exponer treinta cosas que pueden irritar a algunos jueces, como lo hace el magistrado José Ramón Chaves.

Y lo hace con cierto tono de humor pero sobre el pedestal de la realidad cotidiana, y a sabiendas de elevar la anécdota a categoría.

Este post guarda simetría con el titulado «Treinta cosas que, como abogado, me irritan de un juez».

Tales cosas que pueden molestar a Su Señoría, si bien tienen su inspiración en el ámbito contencioso-administrativo, fácilmente pueden predicarse de otros órdenes jurisdiccionales. Veamos.

PRIMERO

Que el abogado llegue tarde, sin disculparse.

SEGUNDO

Que el abogado vaya con toga, pero desaliñado o indecoroso. Da la sensación de que no le importa su imagen ni la vista oral a la que se acude.

TERCERO

Que el abogado convierta su alegato oral en el maratón de Nueva York para predicadores. No digamos cuando afirma por novena vez: ”Y por último, aludiré…”.

CUARTO

Que el abogado acepte el rechazo de las pruebas que acababa de proponer ilusionadamente, dirigiendo al juez una gélida mirada estilo: “Vale, acepto pulpo como animal de compañía”.

QUINTO

Que el abogado no entienda lo absurdo de proponer una docena de testigos para probar algo evidente y que se deduce del expediente.

SEXTO

Que el abogado juguetee en estrados volteando un bolígrafo, con gomitas u otros inventos que distraen, o se dedique a hacer guiños a su cliente.

SÉPTIMO

Que el abogado cite informes, el expediente o los autos en bloque sin molestarse en indicar el concreto número de folio, olvidando que ni siquiera “google” puede facilitar el rastreo por el juez en la selva documental.

OCTAVO

Que el abogado invoque de forma genérica y vehemente la jurisprudencia del Supremo o Constitucional sin precisión alguna a sabiendas de que es un farol.

NOVENO

Que el abogado haga señales o gestos al testigo o perito, para orientar sus respuestas.

DÉCIMO

Que el abogado se detenga con interminable pausa, en plena vista oral por “haber perdido los papeles”, literalmente.

DÉCIMO PRIMERO

Que el abogado insista en cuestiones jurídicas ya zanjadas en anteriores litigios por el mismo juez, pese a la advertencia de éste.

DÉCIMO SEGUNDO

Que ante una decisión del juez que no le favorece, el abogado la acate pero “bufe” literalmente, suspire ostensiblemente, eleve los ojos implorando amparo divino o encoja los hombros con rebelde resignación.

DÉCIMO TERCERO

Dirigirse espontáneamente al juez, en plena vista oral, para sacarle de su nicho existencial, para preguntarle si conoce cierta sentencia… si ha leído el expediente…, o plantear cuestiones ajenas al litigio.

DÉCIMO CUARTO

Dirigirse al juez con un machacón “Señor” en vez de “Señoría” ( ambos términos reclaman atención, pero aquél encierra un mandato y éste un ruego).

DÉCIMO QUINTO

Plantear la misma pregunta al perito o testigo una y otra vez, desde todos los ángulos posibles, agotando la paciencia de todos los presentes.

DÉCIMO SEXTO

Solicitar acercarse al estrado para facilitar al juez el examen detallado de una prueba y superar la barrera de la intimidad, sentarse en la mesa del juez o hacerle sentir acorralado por abogados y peritos.

DÉCIMO SÉPTIMO

Convertir el alegato de la vista oral en una plúmbea conferencia o clase académica porque el cliente está presente, o para demostrarle al juez su erudición.

DÉCIMO OCTAVO

Que un escrito procesal esté repleto de errores gramaticales y de sintaxis y al tiempo de exponerlo en la vista oral la cosa empeore.

DÉCIMO NOVENO

Que el abogado no respete al otro letrado. No le agrada que sea despectivo con el otro letrado utilizando el sarcasmo o expresiones duras ( “disparate”, “absurdo”, etc) para combatir su posición. Tampoco le agrada la suficiencia de quienes miran por encima del hombro al abogado contrario y en cambio buscan con miradas y sonrisas una complicidad con el juez.

VIGÉSIMO

Que el abogado en la vista “oral” lea sus escritos sin utilizarlos como mera nota de apoyo y, sin levantar la vista, intente no dejar pasar línea ni palabra sin pronunciar.

VIGÉSIMO PRIMERO

Que el testigo o perito pregunte una duda al juez, y el abogado se precipite a responder sin esperar la intervención de aquél. No digamos si interrumpe a éste.

VIGÉSIMO SEGUNDO

Que el abogado, tras varios meses de pasividad procesal, deje para la vista oral un alegato (hecho o prueba relevante o desistimiento) que aligera y simplifica el litigio (pese a que el juez ya lo había estudiado íntegramente).

VIGÉSIMO TERCERO

Que el abogado demuestre no haber dedicado el día antes de la vista un mínimo de tiempo a refrescar la cuestión y ordenar los puntos principales, exponiendo su alegato como mal actor, confuso y desmemoriado

VIGÉSIMO CUARTO

Que el abogado hable mas rápido de lo que el juez es capaz de escribir ( o seguir con la mente). Todo razonamiento debe ser expuesto a velocidad inversa a su complejidad

VIGÉSIMO QUINTO

Que el alegato del abogado sea un sudoku: sin principio ni fin identificable, sin ideas fuerza marcadas, reiterativo, desordenado…

VIGÉSIMO SEXTO

Que el abogado intente demostrarle al juez que sabe más que él (por infantil soberbia, por «vendetta» o por inconfesables razones), lo que frecuentemente es cierto, pero lo importante es centrarse en el litigio e interés del cliente, y no personalizarlo o provocar que lo “personalice” el juez.

VIGÉSIMO SÉPTIMO

Que se queje o recurra una decisión del juez con ánimo de retardar, para justificar facturación o para intentar “marcar el territorio”.

VIGÉSIMO OCTAVO

Que el juez se entere de que el abogado ofrece fuera de los tribunales, una versión distorsionada de lo sucedido en la vista oral para su propia pompa y para escarnio de la parte contraria.

VIGÉSIMO NOVENO

Que se pida al juez la nulidad de sus actuaciones como pataleta injustificada. Es legítimo apurar todas las posibilidades pero también el juez tiene derecho a sentirse molesto si el incidente es un despropósito y pone a prueba su paciencia.

TRIGÉSIMO

Que el abogado no entienda “la mirada” del juez para indicarle contención en sus palabras, brevedad en su alegato, prudencia en sus pruebas o que todo lo que diga es inútil (para lo bueno y lo malo). Y es que la mirada de un juez importa.

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