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Recordando a Francisco Tomás y Valiente: Lecciones de un jurista

María Jesús Moro
Recordando a Francisco Tomás y Valiente: Lecciones de un jurista
La profesora y diputada María Jesús Moro dedica esta columna a su profesor en el 25 aniversario de su asesinato. Foto: TC
“Edificar con la razón, la experiencia histórica y la tolerancia como instrumentos”
17/2/2021 09:13
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Actualizado: 17/2/2021 09:19
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“Edificar con la razón, la experiencia histórica y la tolerancia como instrumentos”. Con esta emblemática frase recuerda y homenajea la Universidad de Salamanca al Dr. Tomás y Valiente dedicándole un “Vitor” junto al Paraninfo universitario.

Esta semana se han cumplido 25 años de su asesinato. ETA segaba la vida del insigne jurista en 1996 cuando había terminado su etapa en el Tribunal Constitucional y retornado a las aulas.

Se vivían tiempos muy difíciles en España y el profesor de forma valiente, clara y contundente reflexionaba en voz alta a través de sus artículos periodísticos sobre la razón y la tolerancia. Frases como la elegida por la Universidad de Salamanca aún resuenan en la cabeza de muchos, desde luego en quienes en algún momento de su trayectoria universitaria tuvimos el honor de ser alumnos suyos.

Nunca olvidaré el impacto de la noticia de su asesinato que se ejecutaba dentro del espacio universitario, ese que debe ser sinónimo de respeto, tolerancia y debate. El dolor y la incredulidad nos reunía en el claustro de la Facultad junto al que había sido su seminario. Los compañeros en la Universidad Autónoma de Madrid nos contaban desgarrados cómo habían vivido y sufrido el horror de esos disparos que acabaron con su vida.

La Universidad se estremecía sin poder recuperarse del asesinato del profesor Manuel Broseta y salió a la calle con las manos blancas levantadas que se convertirían en un movimiento social imparable cuando en 1997 ETA secuestra y mata a Miguel Ángel Blanco. 

El profesor Tomás y Valiente fue uno de mis profesores de primer curso en la Facultad de Derecho de Salamanca. La última promoción a la que dio clase de Historia del Derecho en el Estudio salmantino.

Con la Constitución recién aprobada, acudía temprano cada día a un aula repleta de cientos de alumnos que le escuchábamos con un gran respeto y también con cierto susto. Porque el profesor imponía mucho, tanto como atraían sus disertaciones, aquéllas con las que acabó de construir su Manual de Historia del Derecho Español del que tantos hemos aprendido.

Su magnífica retórica, acompañada de unas expresivas manos que decían tanto como sus palabras, mantenía muy despiertos a cientos de estudiantes que estrenábamos 18 años y la ansiada vida universitaria. En ese mismo curso dio el salto a Madrid e inmediatamente fue nombrado magistrado del Tribunal Constitucional junto a otra insigne catedrática de Economía Política y Hacienda Pública del Estudio salmantino, Gloria Begué Cantón, que me honró a su regresó del Tribunal Constitucional con un ejemplar compañerismo y con su amistad.

Nuestra Universidad perdió ese año dos grandes catedráticos, pero el Tribunal Constitucional ganó dos magníficos magistrados que dejaron huella en la Institución.

Créanme que ambos imponían respeto por su autoridad académica y por su seriedad. No puedo olvidar una pequeña anécdota, a pesar de tantos años transcurridos: el primer parcial de Historia del Derecho con el profesor Tomás y Valiente. Todos esperábamos nerviosos las preguntas del examen y, de repente, con voz grave me llamó a la pizarra.

¿Qué habría hecho yo? Sólo tenía que copiar allí las preguntas con letra clara para que todos pudieran comprobarlas, pero aún noto el temblor en las piernas. En un momento como el actual en el que hablamos tanto de lo digital, rememorar ese día es como remontarnos a la prehistoria, pero son pequeños detalles que te conectan con un gran jurista y que no se olvidan.

También recuerdo muy vivamente la última vez que hablé con él. ¡Qué diferente era todo! Le recibíamos como conferenciante en Salamanca. En ese momento yo era secretaria de la Facultad y, en el despacho del decano, nos contó animadamente su experiencia y anécdotas como presidente del Tribunal Constitucional, sus planes una vez que lo dejara, al tiempo que nos pedía que le pusiéramos al corriente de cómo marchaban las cosas por su vieja Facultad. Yo mantenía ese respeto hacia el maestro y el me trataba generosamente como compañera.

El Manual sigue acompañándome en mi despacho, junto a otros escritos suyos, y no olvido releer algunas de sus lecciones cuando preparo intervenciones parlamentarias.

Hoy, con esta sencilla crónica, que no es jurídica ni política, quiero trasladar públicamente un modesto recuerdo y reconocimiento de quien dejó huella en muchos de nosotros, también en esta profesora y parlamentaria, al cumplirse 25 años de que le arrebataran su vida cuando él apelaba a la razón y a la tolerancia.

Nunca olvidaré algo que aprendí en sus clases y en su Manual, y que he intentado transmitir en las aulas y fuera de ellas: “Si se quiere ser un jurista y no un simple conocedor de las normas vigentes para su mecánica aplicación acrítica, hay que pensar a propósito del Derecho”.

En tiempos de tanta frivolidad y prejuicios irrefutables, de vez en cuando es bueno recordar algunas lecciones académicas y de vida.

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