Ayer, al cambiar una bombilla fundida del pasillo —esas bombillas que siempre se apagan cuando uno va con prisa— pensé en lo poco épico que suele ser lo esencial. Nadie aplaude una luz que vuelve a encenderse; simplemente se agradece y se sigue caminando.
Tal vez por eso cuesta tanto hablar hoy de instituciones, de deberes cumplidos en silencio, de prestigios que no hacen ruido. Y, sin embargo, de eso iba el acto celebrado esta mañana en el Tribunal Constitucional, aunque no lo pareciera a simple vista.
A las puertas del Tribunal Constitucional —literalmente a las puertas, antes de entrar en ese vestíbulo amplio donde el eco siempre parece más solemne que las palabras—, en el discreto monumento a Francisco Tomás y Valiente fueron colocadas 30 rosas que representaban el tiempo que ha transcurrido desde que fue asesinado: 30 años.
Fue el 14 de febrero de 1996 en su despacho de la Facultad de Derecho, en la Universidad Autónoma. Allí enseñaba Historia del Derecho, materia de la que era catedrático.
Un mal nacido. Un terrorista de ETA le arrancó la vida con un disparo a quemarropa. Por sorpresa. A traición. Por lo que, precisamente representaba.
Allí, en la sede del TC, Cándido Conde-Pumpido Tourón, presidente actual de la institución, recordó a quien le había precedido como magistrado del máximo tribunal de garantías durante 12 años; 6 de ellos en la misma Presidencia que en estos momentos ocupa él.
No es un dato menor. Tomás y Valiente había dejado el Constitucional cuatro años antes, en 1992, y había regresado a lo que siempre había sido su vocación: la docencia.
Era un hombre, en el buen sentido de la palabra bueno, que diría nuestro poeta universal, Antonio Machado. Un gigante de esos sobre los que generaciones posteriores se suelen levantar a sus hombros, como formuló una vez Isaac Newton.
Hoy, cuando todo se mide en trimestres y legislaturas nerviosas, la permanencia del recuerdo de Tomás y Valiente y de su legado suena como una idea casi subversiva.
El presidente Conde-Pumpido no improvisó grandes frases, pero dejó una de esas afirmaciones que no necesitan retórica.
Dijo —y conviene repetirlo con precisión— que “la legitimidad de los magistrados viene dada por la Constitución” y que, frente a críticas o descalificaciones, “en ocasiones excesivas”, solo cabe “el cumplimiento riguroso de nuestro deber, trabajando con imparcialidad, independencia y fidelidad a la Constitución”.
No hubo aplauso inmediato, que suele ser la forma más rápida de desactivar una verdad incómoda. Hubo asentimiento silencioso, que es otra cosa.
Porque Tomás y Valiente creía exactamente en eso: en el trabajo que no se defiende a gritos. En la autoridad que no necesita justificarse cada mañana.
Durante sus 12 años en el TC ayudó a consolidar un Tribunal Constitucional que no aspiraba a ser protagonista del debate público, sino su corrector paciente.
Un Tribunal que no buscaba caer bien, sino acertar. Y que entendía la Constitución no como una consigna, sino como un texto exigente, al que hay que volver una y otra vez con humildad.
El homenaje no fue multitudinario en el sentido ruidoso del término, pero sí denso en significado.

Estuvieron la vicepresidenta Inmaculada Montalbán; los magistrados Ricardo Enríquez Sancho, Ramón Sáez Valcárcel, Enrique Arnaldo Alcubilla, Concepción Espejel Jorquera, María Luisa Segoviano Asataburuaga, César Tolosa Tribiño, Juan Carlos Campo Moreno, Laura Díez Bueso y José María Macías Castaño.
También los presidentes eméritos del Constitucional Pedro Cruz Villalón, María Emilia Casa Baamonde, Pascual Sala Sánchez y Juan José González Rivas; los vicepresidentes eméritos Juan Antonio Xiol Ríos y Luis López Guerra, y los magistrados eméritos Rafael Gómez-Ferrer Morant y Andrés Ollero Tassara.
Nombres largos, trayectorias complejas, una continuidad institucional que rara vez despierta entusiasmo, pero sin la cual no hay democracia que resista.
Y allí estaba también Francisco Tomás y Valiente, Quico. El hijo. Periodista. Compañero de profesión. Entrañable, siempre cariñoso. Presente no como símbolo, sino como persona. Digno hijo de su padre.
A veces olvidamos que detrás de las placas y los monolitos hay biografías que siguieron viviendo después del disparo. Que el terrorismo no mata solo una vez. Que hay hijos que han envejecido con la ausencia como compañía fiel.
Su presencia, discreta, fue quizá la más elocuente del acto.

Se habló también de cifras: de sentencias dictadas, de retrasos reducidos, de congresos internacionales, de la proyección europea del Tribunal. Todo eso está bien. Todo eso tranquiliza.
Pero lo esencial estaba ya dicho antes, allí fuera, junto a las 30 rosas. Que la Constitución de 1978 —a punto de convertirse en la más longeva de nuestra historia— sigue viva no porque se invoque mucho, sino porque hay quienes la sirven con constancia.
Al terminar todo, me asaltó un pensamiento, una epifanía: las instituciones se parecen a los relojes antiguos: solo parecen inmóviles, pero por dentro trabajan sin descanso.
Francisco Tomás y Valiente lo sabía. Por eso aceptó servir en el máximo tribunal de garantías. Por eso fue asesinado. Por lo que representaba: el espíritu de la Constitución que el pueblo español aprobó el 6 de diciembre de 1978. El espíritu de la reconciliación. El espíritu de la paz. De la convivencia. Del respeto mutuo.
Y quizá por eso convenga recordarlo así, sin estridencias, con precisión y respeto.
Porque hay silencios que no son olvido, sino una forma de memoria. Y hay prestigios —los verdaderos— que no se defienden: se sostienen, incluso cuando nadie mira.