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«Facha»: Un término que muchos utilizan a la ligera sin saber lo que, de verdad, significa

Manuel Álvarez de Mon Soto
«Facha»: Un término que muchos utilizan a la ligera sin saber lo que, de verdad, significa
Manuel Álvarez de Mon Soto, ha sido magistrado, fiscal y funcionario de prisiones. Actualmente es letrado del Colegio de Abogados de Madrid. alvarezdemon@hotmail.com. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.
28/8/2021 06:46
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Actualizado: 28/8/2021 06:46
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Con frecuencia en la política española, se tilda de «facha», incluso en las Cortes, a personas o grupos a los que se quiere descalificar con tal adjetivo.

Por experiencia, he llegado a la conclusión de que muchos, pero muchos, de los que lo que hacen uso de esa palabra cada día, y no una vez sino muchas, no tienen ni idea de lo que están diciendo cuando la emplean.

Porque, ¿saben, de verdad, qué fue el fascismo? Tengo la total certeza de que no.

Por eso creo necesaria escribir esta columna, sintética y clara, para que sepan lo que de verdad fue y para que piensen si con palabra «facha» de verdad quieren decir lo que quieren decir.

Ahí van algunos apuntes sobre lo que era el fascismo.

Primero, fue una consecuencia de la Primera Guerra mundial, de la que Italia, pese haber estado en el bando vencedor, salió enormemente dañada, tanto en lo político como en lo económico.

La secuela de muertos y heridos mutilados fue enorme. Su economía, además, había quedado destrozada en 1919.

En medio de la desesperación de las masas empobrecidas y desempleadas surgió ese movimiento político, el movimiento fascista, liderado por el experiodista Benito Mussolini. 

«Il Duce», como después se le llamó, se había afiliado en 1914 al Partido Socialista Italiano (PSI), pero fue expulsado por su nacionalismo, contrario al internacionalismo, uno de sus puntos ideológicos fundamentales de los socialistas.

Mussolini presentó ese año de 1919 un programa contrario a los partidos políticos y a la democracia liberal representativa.

Consideraba que con su sistema de coaliciones y su patente ineficacia era incapaz de gestionar los conflictos de clase.

Y lo mismo ocurría con el liberalismo económico, un sistema que no producía soluciones que aliviaran a las grandes mayorías.

El experiodista socialista Benito Mussolini, reconvertido en máximo dirigente e ideólogo fascista, adoptó gran parte de la parafernalia del Imperio Romano, en el que se inspiraba y del que tomó el saludo con la mano en alto, conocido como saludo fascista. Foto coloreada: Roger Viollet.

Benito Amilcare Andrea Mussolini tenía 39 años cuando el 7 de noviembre de 1921 fundó el Partido Nacional Fascista.

Un año más tarde, en 1922, organizó la llamada Marcha sobre Roma, que le llevó al poder, el 29 de noviembre, sin pasar por las urnas.

El Rey de Italia, Victor Manuel III, lo nombró presidente del Consejo de Ministros –el equivalente a presidente del Gobierno en España o primer ministro en Gran Bretaña–.

Mussolini se sirvió de las llamadas «camisas negras» la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional, un cuerpo paramilitar creado por sus partido, que hacía uso de la violencia y las agresiones para imponerse al resto de los partidos.

Desde esa posición, Mussolini elaboró una ley electoral que le beneficiaba.

Consiguió la mayoría absoluta en las elecciones de abril de 1924. Después de eso, disolvió el Parlamento y asumió el poder supremo.

El Rey no presentó resistencia por lo que Mussolini no abolió la Monarquía.

Su objetivo, lo que movía a Mussolini, era transformar el Reino de Italia en el Segundo Imperio Colonial Italiano. Quería materializar su sueño de hacer una Gran Italia, inspirada en el desaparecido Imperio Romano.

De ahí que adoptara gran parte de la parafernalia de la Roma imperial, en la que se inspiraba, tomando de ella el saludo con la mano en alto, conocido hoy como saludo fascista, o el mismo nombre con el que bautizó a su movimiento.

Porque el sustantivo fascismo tiene su origen en las fasces, la insignia de las autoridades de la época romana, que comprendían a los cónsules, censores, pretores -los jueces romanos-, ediles y cuestores, de acuerdo con la jerarquía.

Las apariciones públicas de las autoridades se llevaban a cabo precedidas por lictores, una suerte de funcionarios que portaban al hombro las mencionadas fasces, que simbolizaban, y recordaban a todos los presentes, la “potestas” (el poder) y el imperium (la capacidad de instrucción y mando) de la persona a la que acompañaban.

En la serie «Imperium», secuela de «Hispania», se recrea, en una escena, con el senador Galba, al lictor con las fasces en los brazos, simbolizando el poder del Estado; sobre el hombro izquierdo del actor Lluis Homar, que interpreta a Galba. Foto: Atresmedia.

Las fasces, para que nos entendamos, eran un haz, o manojo, de 30 varas de madera de olmo o de abedul, atadas fuertemente por un cordel rojo de cuero.

De su interior asomaba un hacha. Simbolizaba –simboliza hoy todavía– el poder y la unidad de Estado. 

MUSSOLINI FUE UN DICTADOR

Y gobernó con un partido único, basado en el totalitarismo y la autocracia, esencia de la ideología fascista.

En total, el antiguo periodista socialista gobernó Italia 19 años sin ninguna oposición. 

Hasta que en 1943 fue depuesto por el propio Gran Consejo Fascista por orden del Rey, al que reconocieron sus atribuciones, después de que los Aliados invadieran Sicilia y en un intento claro que impedir que esa invasión saltara a la península italiana.

De esa forma Italia trató de cambiar de bando, abandonando a Adolf Hitler, a la Alemania nazi y a Japón; la sensación era que la derrota de los tres países del Eje era más que probable, como así fue.

Recuérdese España fue neutral por decisión de Franco.

Entonces, ¿en qué consiste el fascismo?

Ante todo, es puro activismo.

Se inspira, básicamente, en la ley del más fuerte.

En 1924 escribió Mussolini: «los fascistas tenemos el valor de rechazar todas las teorías políticas tradicionales. Somos aristócratas y demócratas, revolucionarios y reaccionarios, proletarios y antiproletarios, pacifistas y anti pacifistas. Nos basta con tener un punto de referencia: la Nación».

Es un evidente contradictorio galimatías ideológico.

El fascismo pretende, en suma, en lo político, sustituir el principio de representación democrática, que consideraba «burgués», por el principio de identidad entre gobernantes y gobernados.

Mediante la exigencia de adhesión incondicional al sistema de partido único, que se traduce en la obediencia absoluta y sin posibilidad de critica a la voluntad del Jefe, de «Il Duce».

Para ello se sirvió de un sistema de escalafones funcionariales, controlados dentro del Estado. Fuera del mismo no quedaba ningún resorte de poder.

Suprimida toda oposición, mediante un rígido control policial y judicial, con un completo control de los medios de comunicación, convertidos en aparato de propaganda a su servicio desde los que adoctrinar a las masas y, en especial, a la juventud, logró la aclamación del pueblo.

En lo económico el fascismo proponía un sistema «antiburgués» y anticapitalista por medio de un ordenamiento sindical corporativo, «superador del liberalismo y del socialismo».

Los patronos, los empresarios, debían considerar a los obreros como elementos esenciales de la producción. Mantenía una fuerte defensa de los trabajadores y de la intervención del Estado en la economía.

Su planteamiento económico, era radicalmente de izquierdas, lo que quizás desconocen muchos cuando tachan a otros de fascistas.

El Estado lo era todo.

Mientras duró, el fascismo italiano estableció un régimen autoritario de partido único, pero no totalitario, como el nazismo de Hitler o el comunismo de Stalin.

No hubo campos de concentración ni eliminó físicamente a los disidentes, como sí hicieron los nazis y los comunistas soviéticos.

El fascismo tuvo, en definitiva grandes contradicciones, salvo en la idea básica de ser un defensor del valor de la nación italiana.

Mussolini siempre tuvo muy presente el sueño de restaurar el Imperio Romano. Por eso utilizó sus apelativos y sus símbolos, como el saludo romano, que se convirtió en el saludo fascista que todos conocemos hoy.

Ese sueño de expansión mediterránea le llevó en 1933 a la disparatada invasión de Abisinia, hoy Etiopía, lo que enfrentó a Italia con la Sociedad de Naciones, la organización que fue antecedente de la Organización de Naciones Unidas, y le llevó a forjar una alianza con Alemania y Japón, dos países de sistemas autoritarios, como el que había construido Mussolini en Italia.

Ya antes, incluso el Papa Pío XI de gran influencia en Italia en la época, se había enfrentado al fascismo con la encíclica «Non abbiamo bisogna» (No tenemos necesidad), por su carácter autoritario y por no respetar la libertad ideológica de los demás.

Así pues, cuando algunos tratan a otros de «fachas», ¿a qué aspecto se están refiriendo?

Porque si al fascismo se le puede definir con una palabra esa es la de contradicción: nacionalista en lo político y de izquierdas en lo económico.

«Il Duce» terminó mal. Muy mal.

Un grupo de partisanos italianos interceptaron su coche en el pueblo de Dongo, fronterizo con Suiza, cuando trataba de escapar el 27 de abril de 1945.

Fue fusilado, junto con su amante, Clara Petacci.

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