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Réquiem por un cliente

Luis Romero Santos
Réquiem por un cliente
Luis Romero es socio director de Luis Romero Abogados y doctor en Derecho Penal.
10/2/2022 06:47
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Actualizado: 10/2/2022 08:28
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Junto al ventanal de una cafetería con vistas al inicio de la calle Mateos Gago, muy cerca de la Plaza Virgen de los Reyes, de Sevilla, pasaban turistas que uno acertaba a deducir que eran rusos, ingleses, franceses, italianos, etc.

Me llamaron la atención dos escoceses, uno con falda a cuadros y el otro en bermudas, de unos sesenta y tantos cada uno.

Pensé que la abundante cerveza que habrían tomado la noche anterior les había hecho entrar en calor, pues a doce grados ese atuendo no era el más apropiado.

Cuando saboreaba el té inglés que me habían servido, mientras distraídamente contemplaba el deambular de jóvenes de visita en mi ciudad, la mayoría muchachas de entre veinte y treinta años, parejas de esta misma edad, algún matrimonio de unos cincuenta años, clérigos que parecían provenir del cercano palacio arzobispal; entonces, en ese preciso momento, vi delante de mi aproximándose a paso lento a Rufino Leiva.

Alto, enjuto, pelirrojo, con la mirada perdida, pasando al otro lado del ventanal.

Bajaba ensimismado, imperturbable, hacia la catedral.

Fueron solo unos segundos, aunque interminables, incluso llegándome a preguntar: ¿Me verá? ¿Sabrá que estoy aquí y ha pasado para llamar la atención? ¡Qué casualidad!

ERA UN CLIENTE QUE ME TENÍA HOSTIGADO DÍA Y NOCHE

En esa tranquila mañana de sábado, después de una semana intensa y agotadora, se aparecía ante mi un cliente que me tenía hostigado día y noche desde hacía meses.

Lo había recibido unos días antes, después de haber estado toda una jornada esperándome en mi bufete haciendo guardia, mientras yo estaba en un juicio.

Avisado por mi secretaria, advertí que no regresaría hasta muy entrada la tarde, por lo que esa visita imprevista no habría de haber perdurado mucho en nuestro bufete. Pero él decidió que no tenía nada mejor que hacer y allí permanecería hasta que yo llegase.

Como si el tiempo se hubiese detenido, lentamente pasaba por delante Rufino, solitario, erguido, de mirada seria y distante, las manos en los bolsillos de su chaquetón negro.

En ese momento comenzaron a tocar las campanas de la santa catedral, las campanas en lo más alto de la Giralda, con toque de doble.

Decían en mi pueblo, «¡Están doblando! ¿Quién se habrá muerto?».

Mi tía María del Carmen ya sabía que si estaban doblando es que alguien se había muerto y cruzaría la calle a preguntar a las vecinas de enfrente o las de más abajo para pronto saber el nombre del finado.

¡Tan, tan…, tan…!, sonaban las campanas mientras yo observaba a mi defendido ya de espalda, hacia su desconocido destino.

¡Qué coincidencia!

También vi a Leiva días antes cuando tomaba mi desayuno en un bar junto a la universidad, tras la última jornada de un juicio que había ocupado varios días.

En esa ocasión, le dije en voz baja a mi compañera:

– ¡Mira, ahí viene Leiva!

Y él, que nos había visto, dijo saludando con la mano, con una leve sonrisa:

– ¡Adiós, adiós!

Una sonrisa, eso sí, socarrona. Por un momento pensé que iba a pararse e incluso a sentarse con nosotros, dada su excesiva presencia durante esa semana en nuestra sede profesional.

Especulé ¿Nos habrá localizado? ¿Sabría que estábamos aquí?

¡No me libro ni en mi querida calle San Fernando! Tan cerca de la entrada a mi antigua Facultad de Derecho, en esta calle que me trae tantos recuerdos de mis años de universitario.

EL CLIENTE HABÍA TENIDO YA CUATRO ABOGADOS

Era un momento de relax y justo entonces, pasa al lado mi cliente más insistente.

Ahora, en Mateos Gago, otra vez Rufino. Por eso concluí: ¿Conocerá mi itinerario? ¡Sevilla es muy grande! ¡Estas coincidencias tan seguidas no me gustan! Pero esta vez no se había hecho notar y yo desde luego no lo iba a saludar.

Me quedé pensando en ese hombre, tan fastidiado por un proceso judicial en el que había tenido ya cuatro abogados.

Cuando llegué a mi despacho el lunes siguiente, repasé mis notas y creí oportuno citar a Rufino para examinar con él mi último escrito dirigido al juzgado sobre su caso, por lo que solicité a mi secretaria que le diese puntual cita. Al poco rato, me dijo que Rufino no contestaba a su llamada.

Insistió en los siguientes días y parecía que la tierra se lo había tragado ¡Qué raro! ¡Con lo pertinaz que es él!

No dio señales de vida en las posteriores semanas, ni por correo, ni por «Whatsapp».

¡Ni por teléfono!

Me olvidé por un tiempo de mi cliente, Rufino Leiva. Nada se sabía de él, no había venido sorpresivamente al bufete como tantas otras veces.

Sin noticias de nuestro patrocinado.

¿Le habrá pasado algo? Ya nos enteraríamos.

Sin embargo, ayer mi secretaria me anunció una cita por la tarde: era la reunión con Leiva, un mes después.

Dieron las seis, las siete y las ocho, y Leiva no se presentó ¡Qué extraño! Si siempre llegaba una hora antes.

Mi secretaria comenzó a llamarlo y solo oyó una alocución “¡El número que usted ha marcado no existe!”.

Recogí mi mesa sobre las diez y media de la noche; me había quedado solo tras despedirse la última de mis compañeras.

Cogí mi maletín, tomé mi abrigo azul del perchero y al ir a meter mi brazo derecho en la manga, oí sobresaltado unos toques de campanas que parecían proceder del pasillo, tras la puerta por la que se accede al hall de mi despacho.

¡Tan, tan…,tan…!

LAS CAMPANAS TOCABAN A MUERTO

Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras fuera caía un agua torrencial y el sonido de las campanas doblando sonaba cada vez más alto.

¡Tan, tan…, tan…!

Estaban doblando y redoblando, como decía mi tía, «¿quién se habrá muerto? ¡Voy a preguntar a Nieves, la vecina!».

El volumen era cada vez más alto, las campanas parecían estar pegadas a mis oídos y yo deseaba salir cuanto antes a la calle. ¿Sería una nueva sintonía de la alarma? ¿La habrían dejado activada?

Abrí la puerta oculta que separa mi despacho del resto del bufete, por la que se accede al largo y ancho pasillo que lleva hacia la salida y, al penetrar en el oscuro corredor. parecía como si estuviese en el campanario de la Giralda, con todas las campanas repicando y como si mis tímpanos fueran a estallar.

Era una locura.

¿De dónde provendría ese ruido ensordecedor?

De repente, al fondo, en el hall de recepción, vi un espectro, una figura un tanto difusa que me resultaba muy familiar.

¡No podía ser! Parecía Rufino, mi cliente, aunque en esa oscuridad era muy difícil distinguir.

Achaqué ese espejismo a las altas horas de la noche, al cansancio ostensible ya.

Pero, ¡Dios mío! Tenía delante de mí a Rufino enteramente vestido de negro y se encaminaba hacia mí a paso lento, rígido, circunspecto, como si marchara hacia un destino prefijado.

¡Temblé y me desplomé!

De pronto, lentamente se abrieron mis ojos y me encontré con unas vistas del ventanal de mi dormitorio.

Había despertado de una pesadilla.

¡Quizás fuera mi subconsciente! ¿Me había portado mal con él? ¿Había muerto Rufino?

La cosa es que ya no volvimos a saber nada más de él.

Esas apariciones en San Fernando, en Mateos Gago

¿Serían su despedida?

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