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¡Que viene el lobo!

¡Que viene el lobo!
Javier Junceda, jurista y escritor, autor de esta columna, reflexiona sobre la generalización de las alertas meteorológicas.
06/9/2023 06:30
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Actualizado: 06/9/2023 08:22
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Una cosa es advertir de un peligro cuando se cuenta con datos objetivos y lo suficientemente contrastados de su gravedad e inminencia, y otra bien distinta convertir a la sociedad en rehén del pánico.

La frecuencia con que se suceden alertas de fenómenos climatológicos adversos, no siempre sometidas al oportuno control de proporcionalidad, pueden conducir con el tiempo a revivir la fábula de Pedro y el lobo de Esopo en estos casos.

Y el aciago final del cuento ya lo conocemos.

Como es natural, la fiabilidad de los modelos meteorológicos nunca es exacta, pero por eso mismo ha de gestionarse con sumo cuidado. No se trata de ocultar esa información a la ciudadanía, sino de proporcionarle esas noticias partiendo de su carácter orientativo y preventivo, salvo que estemos ante una catástrofe cercana cuya realidad resulta incontrovertible o de un grado de probabilidad elevadísimo.

No hacerlo así, y generalizar las alertas de mayor o menor envergadura fallando incluso en las predicciones, debilita el sentido mismo de estos sistemas de detección temprana de los problemas atmosféricos, que están diseñados para protegernos de ellos y no para meternos el miedo en el cuerpo.

Una vez más hemos de acudir al rigor en estos asuntos.

Si no se tiene la certeza casi completa de que algo tremendo sucederá en las próximas horas en determinado lugar, me parece que lo propio sería indicarlo siempre sin el nivel de emergencia que precisan los riesgos más apremiantes.

Se me dirá que es mejor prevenir que curar y que el que avisa no es traidor. En eso se fundamentan, desde luego, muchas de las actuaciones públicas en este y otros terrenos, entre otras cosas para evitar luego demandas de responsabilidad patrimonial en masa por inactividad administrativa o por defectuoso funcionamiento de sus servicios de emergencia.

ADMINISTRACIÓN A LA DEFENSIVA

Es lo que se ha venido denominando “Administración a la defensiva”, que ha derivado después en “medicina a la defensiva”, “abogacía a la defensiva”, y por ahí seguido.

Pero bien se entenderá que, en este como en tantos otros temas, en el punto medio está la virtud y no es de recibo dar al botón de alarma y desencadenar una respuesta gubernativa desproporcionada cuando no se está seguro del riesgo extremo esperable, porque eso puede también suponer una cascada de demandas por daños y perjuicios derivados de las consecuencias económicas y sociales que esa sobreactuación puede causar en particulares y ciudadanos.

Al margen de la necesaria confianza que se merecen estos servicios por la ciudadanía, resentida cuando una alerta no se confirma, están también los efectos que todo ello traslada a la sociedad, angustiándola innecesariamente y multiplicando por mil los que viven atemorizados ante cualquier cosa que suceda.

Y luego están, claro, las tendencias a elevar de categoría los acontecimientos ambientales de toda la vida, con idéntica intención de amedrentar al personal. Las lluvias torrenciales o tempestades que ya conocieron nuestros abuelos han pasado a calificarse como gotas frías, ciclogénesis explosivas, ahora DANAS, y pronto como cualquier término que provoque aún más pavor.

No duden que detrás de esas voces suele estar la mano de quien persigue que así no hagamos la vida habitual en esas circunstancias, para evitar problemas en los servicios públicos concebidos precisamente para eso, cuando ha de insistirse que grandes calores, nevadas, vendavales y chaparrones nunca nos han faltado en el pasado.

¿Nos imaginamos que en el norte de Europa activaran la alarma para cerrarlo todo con el primer temporal?…

En resumen, la necesaria prudencia que se impone en estos terrenos debe saber congeniarse con el rigor a la hora de proponer meternos en casa, porque de lo contrario estaremos construyendo una sociedad del miedo incapaz de gobernarse por sí sola y de enfrentar los riegos por sus medio, y algo así no tiene nada de bueno.

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