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Opinión | Lenguaje jurídico: expresarse bien por escrito no está reñido con el buen derecho

Opinión | Lenguaje jurídico: expresarse bien por escrito no está reñido con el buen derecho
05/1/2024 06:32
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Actualizado: 06/1/2024 09:50
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Recuerdo aún, con estupor, lo que me recriminó en su día una docente en un tribunal al que me sometí para acceder a lo que entonces se llamaba “suficiencia investigadora”, requisito previo a la defensa de una tesis doctoral: “le informo que escribir con soltura no es propio del derecho”, me soltó toda campanuda.

Aquella lumbrera acabaría sirviendo en una alta institución, lo que confirma que de letras debía saber bastante menos que de gramática parda.  

Llevo décadas afanándome en hacer justo lo contrario de ese estúpido consejo, porque sostener que expresarse razonablemente bien por escrito está reñido con hacer buen derecho no solo es confundir la gimnasia con la magnesia, sino ser un cenutrio de colosales proporciones.   

La nómina de escritores que se han formado o dedicado al derecho, además, es inabarcable.

En España y fuera.

Me vienen ahora a la mente Clarín, Delibes, Ayala, Ángel González o Pérez de Ayala, por citar solo a un pequeño puñado, y de los vivos déjenme citar a Francisco Sosa Wagner, un prodigio en el uso del español, lleno de gracia e imaginación.

O Eduardo González Viaña, un genio de las letras hispanoamericanas, autor de obras que parecen películas de la gran pantalla.

Por no citar a Stendhal, que no siendo jurista se inspiraba en el Código Civil francés a la hora de redactar.

El orden y concierto de un texto jurídico adecuadamente confeccionado puede ponerse como ejemplo de una pieza maestra en lengua española.

Por más que se nos acuse de alquimistas a los que nos dedicamos a esta ciencia de lo justo y de lo bueno -por nuestra supuesta tendencia a oscurecer a posta unos términos con poderosas repercusiones sobre las cosas o la vida de la gente-, es lo cierto y verdad que un folio de derecho bien estructurado y expresado resulta insuperable en calidad literaria.

Aunque no escriba de ficción, todo jurista ha de esforzarse en plasmar sobre el papel relatos o argumentos con esmero.

«Un folio de derecho bien estructurado y expresado resulta insuperable en calidad literaria»

Y si encima lo hace con chispa mucho mejor, aunque no resulte frecuente en lides procesales.

De todas formas, y como lo mejor es enemigo de lo bueno, esa pulcritud e inspiración en los escritos forenses no debiera convertirlos nunca en simples entradas de un blog, en comentarios en una red social o en el capítulo de una novela, por buenos que sean.

El rigor, que no es incompatible con decir las cosas con desenfado, circula normalmente en materia jurídica por carriles un tanto clásicos, en los que la buena pluma ha de detectarse leyendo entre líneas o advirtiendo su excelencia en dosis un tanto moderadas.

Sucede algo parecido en el contexto universitario.

Los que hemos padecido insufribles ladrillos en forma de manual recomendado para superar una asignatura agradecíamos cuando se proponían alternativas mucho más digeribles y amenas.

Es el caso de los libros de Rafael Entrena Cuesta, un dechado de virtudes para enseñar los intríngulis del Derecho Administrativo.

Don Rafael, aparte de un maestro de maestros y de su extraordinaria caballerosidad personal, era primoroso en la expresión, lo cual debiera servir de acicate a la nuevas generaciones de administrativistas.

Y, como de lenguaje jurídico hablamos, hemos también de mencionar la magna iniciativa del académico Rafael Navarro Valls, presidente de la Conferencia Permanente de Academias Jurídicas Iberoamericana, para que el castellano sea idioma oficial del Tribunal Internacional de Justicia de la Haya, junto al inglés y al francés, lo que bien merece un generalizado apoyo de la comunidad hispánica, por lo mucho que supondría para nuestra formidable lengua franca.

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