El ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, y el senador por el PP, Fernando Martínez-Maíllo, protagonizaron ayer un duelo de alta tensión en la Cámara Alta. Fotos: EP.

Bolaños y Martínez-Maíllo convierten el Senado en un duelo en Ok Corral a cuenta del fiscal general del Estado

23 / 10 / 2024 01:00

Actualizado el 23 / 10 / 2024 08:34

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En el Senado, ese teatro de lo absurdo, Fernando Martínez-Maíllo, senador del PP, lanzó ayer la primera piedra, aunque más parecía una granada de mano. «Parece que el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, era el que daba las órdenes al fiscal general para pedir los correos del abogado de la pareja de la presidenta de Madrid».

La acusación flotó en el aire como un dardo envenenado, directo al corazón de Bolaños. Y éste, ni corto ni perezoso, se giró con la misma elegancia de un esgrimista hastiado de los golpes bajos.

«¿Inventando historias sobre qué hacía yo una noche de marzo? ¿Corruptelas? Venga, hombre. Si tiene alguna prueba, sáquela. Si no, cállese. Está mintiendo, simple y llanamente», contestó Bolaños.

Su tono tenía esa mezcla de hastío y desprecio que solo manejan los viejos zorros de la política, los que han visto todo y ya no esperan mucho más que una trifulca barata para pasar la tarde.

Pero Martínez-Maíllo no se achantó. Qué va. A estas alturas del partido, él ya estaba lanzado. «¿Y no sería el presidente del Gobierno el que estaba al otro lado del teléfono del fiscal general? Porque, vamos a ver, todo parece que la presión que metía el fiscal general para delinquir era porque ustedes le apretaban para controlar el relato».

Ahí es nada, la bomba en toda la cara. Y, de paso, un dardo envenenado para Pedro Sánchez, no fuera a quedarse sin su ración de guantazos en esa sesión del Senado.

El senador, con ese aire entre inquisidor y cansado de tanto cuento, soltó la estocada: «¿Cómo va a defender la legalidad quien la incumple a diario? García Ortiz no defiende la ley; la despedaza como un carnicero con un filete barato«.

Y la guinda del pastel: «¿Qué dieron a conocer esos emails para combatir un bulo? No, hombre, no. Eso es solo una coartada. Y de las malas».

EN DEFENSA DE GARCÍA ORTIZ

Bolaños, mientras tanto, aguantó el envite con una sonrisa torcida. Después de todo, no era su primera vez en esta charada. Defendió a García Ortiz como si de un cruzado se tratara: «Si dimite, cometeremos una injusticia. El hombre no ha hecho nada reprochable«.

El salón se llenaba de murmullos, pero él siguió: «Y si le echamos, pondremos en la diana a todos los fiscales de este país. Fiscales que cada día se ven las caras con lo peor de lo peor».

Como si estuviera narrando la vida de gladiadores en el Coliseo. «Gladiator» en estado puro.

Bolaños lo tenía claro. García Ortiz había hecho lo que cualquier fiscal haría: perseguir el delito.

«Este ciudadano ejemplar» –dijo refiriéndose a la pareja de Isabel Díaz Ayuso, siempre presente– «reconoció haber cometido dos delitos, haber defraudado 350.000 euros. Dinero que era de todos, que no fue a la Hacienda Pública. Confesó para no terminar en la cárcel». Y en eso, claro, había un aire de fatalidad inevitable.

La batalla no terminó ahí. El senador del PP, rápido como un cínico bien entrenado, replicó con mordacidad: «Oiga, señor Bolaños, con esas defensas se está mimetizando con el propio fiscal general. Le falta poco para ponerle de ministro de Justicia. Porque vaya defensa de salón«.

La ironía se clavaba como un puñal mal afilado, de esos que duelen más porque no matan.

Pero la traca final estaba por llegar en el Senado. «Los delincuentes no ganarán», había dicho Bolaños, y a eso Martínez-Maíllo le soltó una carcajada seca.

«Claro que sabemos cómo tratar con delincuentes, señor ministro. Los tienen ustedes bien cerca. Mire a su alrededor». La mención al exministro José Luis Ábalos y al ‘caso Koldo’ fue como lanzar gasolina al fuego.

«Un mes en el poder y ya estaban corrompiéndose. Son unos ‘cracks’. Vienen a luchar contra la corrupción y en menos de lo que canta un gallo ya están montando una trama criminal. De manual», remachó el senador popular.

Y así, entre puyas, verdades a medias y cuchilladas de salón, el Senado se convirtió en un sucedaneo de salón del salvaje oeste, como el de Ok Corral, aquel “saloon”de la ciudad de Tombstone, Arizona, en el que se produjo el legendario tiroteo entre el sheriff Wyatt Earp, sus hermanos Virgil y Morgan, su amigo Doc Holliday, y un grupo de forajidos conocidos como los Cowboys. Fue el 26 de octubre de 1881.

Solo que en este caso no hubo balas sino palabras, pero igual de letales. Porque retuercen la ley y la moral de una forma que convierten a ambas en sombras de lo que un día fueron. Ahí quedó su eco, como el humo de una colilla que se apaga en la penumbra.

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