Opinión | Acceso a la carrera judicial: ¿de verdad, endogamia y elitismo?

1.101 candidatos a jueces y fiscales superan el primer examen-test con una nota de corte de 66,71 puntos
El columnista es Rafael Estévez Benito, magistrado del Juzgado de lo Penal 1 y juez decano de Cáceres. Sobre estas líneas una imagen de opositores en una de las muchas convocatorias que se han realizado. Foto: EP.

27 / 01 / 2025 05:35

En esta noticia se habla de:

Siempre he sido muy del dicho de que los hijos no vienen a colmar las expectativas de los padres y no se diga ya a suplir sus frustraciones. Pero de ahí a cortarles su iniciativa, media un gran trecho.

Mi gran pasión siempre ha sido el fútbol. A pesar de eso, ya desde el principio comprobé que sería un mal practicante del deporte rey. Mi mayor momento de gloria sobre un terreno de juego se produjo el día que saboreé las mieles del gol, después de haber dirigido un centro a la frontal del área que digamos, por ser benévolos, se fue envenenando.

Pero eso sí, en lo de engullir partidos por la tele desde chico, medalla de oro. Dicho lo cual, errarán los que creyesen que, cuando de recién nacido procuré que la vida recibiese a mi hijo Rafa con una “zamarreta” azulgrana con el nº 21 del entonces “tránsfuga” Luis Enrique, el propósito que me movía era el de verle un día perforando la red, pongamos que del Santiago Bernabéu.

Me habría encantado, no lo oculto. Pero bien sabe Dios que, con ese gesto, sólo pretendía tenderle la mano para que se subiese conmigo a ese pódium del buen espectador.

Luego vino su gusto por ser futbolista y su clase a la hora de hacerlo incluso bien, pero eso (y, en esto, ni su madre ni la providencia me dejarán mentir), siempre corrió de su cuenta. Al igual que lo hizo el día que decidió colgar las botas. Pura autodeterminación.

Por eso siempre me he compadecido de los hooligans de su propia sangre. De esos padres y de esas madres que acuden a los partidos de niños que apenas levantan un metro de altura y los contemplan a través de unos ojos inyectados en sueños de fama y dinero, unos ojos contaminados con un humor vítreo de una desaforada ambición, unos ojos que no les permiten ver la realidad del bosque.

Padres que están seguros de haber traído al mundo una reencarnación del mismísimo Pelé. Un nuevo “O Rei” al que ni ese caprichoso entrenador, ni ese arbitrucho cegato, van a frenar en su inexorable carrera para levantar la versión en color de la copa “Jules Rimat”.

Pronto vienen las broncas con el míster por los largos tiempos en el banquillo, los insultos al trencilla de turno por no proteger al niño de las patadas por doquier del rival, los malos rollos con el club por no cesar a ese incompetente “alineador de jugadores”, el recelo con otros padres cuyos hijos no le llegan al propio ni a la suela de los zapatos y las peleas con el mundo porque parece que el chico se estanca.

En definitiva, las patadas al idolatrado hijo en el culo de todos esos zafios ignorantes. Y después…, pues después sólo un amargo sabor a frustración. Una frustración que afecta por igual a toda la familia, pero que siempre se acaba por digerir peor por los jugos gástricos del no ya tan niño, que por los del adulto.

Luego está la otra cara de la moneda

La cara que se pinta con la ilusión de ese niño que viendo como su madre es la mejor enfermera sobre la faz de la tierra, aguarda con impaciencia el momento de pisar la facultad para experimentar, en persona, todas esas apasionantes historias de ayuda a los enfermos vividas a través de largas conversaciones de sobremesa con ella.

La ilusión de esa niña que desde que le pidió a los Reyes Magos un juego de carpintero, no ve el día de trabajar codo con codo con su padre fabricando esas sillas de mimbre y esas cómodas de marquetería que son la envidia en las muestras locales de artesanía.

La ilusión de esa pareja de gemelos cuyos padres levantaron esa modesta empresa familiar y que ellos sólo sueñan con relanzar internacionalmente tras terminar sus estudios de ADE.

Y eso, se mire como se mire, pese a quien pese y, duela a quien duela, ese “de tal palo tal astilla”, es simplemente un orgullo. Bueno, es un orgullo, salvo que se trate de seguir los pasos de un ascendiente juez.

No seré yo, que jamás vi en las manos de mi padre ni en las de mi madre nada que remotamente se pareciese a un Código Civil, quien me erija en paladín de las sagas familiares de jueces.

Dicho ello, no me resisto a revelarme frente al mantra que recorre el sanedrín popular según el cual la carrera judicial es, a partes iguales, endogámica y elitista.

Un mantra en cuya virtud el hijo o la hija de un magistrado, por muy brillante que sea, por mucha fuerza de voluntad que tenga, por mucho sentido común con que razone y por mucha vocación que le corra por las venas, puede formarse para ser cualquier cosa, menos para ser servidor de la carrera judicial.

Por mi parte, me niego a asumir que los hijos de mis compañeros tengan que pedir perdón si tienen la dicha de escuchar del tribunal ese ¡está usted aprobado! que tan a música celestial suena o, a que, ya desde sus comienzos en la Escuela Judicial hayan de susurrar, cuando no directamente de callar agachando la cabeza, al ser preguntados por la profesión de cualquiera de sus progenitores.

«Cuando ‘papá’ cuenta con billetes bastantes como para empapelar dos veces la sala principal del Palacio de Versalles, es difícil que el “nene” o la “nena” tengan la pulsión de encerrarse durante cinco años entre cuatro paredes para acabar poniendo cientos de sentencias por un salario, digno sí, pero ni mucho menos obsceno ni opulento»

Me niego, simplemente porque no es justo y porque además se asienta en una difundida de forma nada inocente, falsa premisa.

No soy mucho de cifras ni de porcentajes, porque creo que los fríos datos numéricos son más de un debate sobre el Estado de la Nación o de un cara a cara entre candidatos a la Presidencia del Gobierno, que de un artículo desenfadado como éste.

Por eso, aun a riesgo de incurrir en algún exceso, como diría aquél, ¡me la juego sin ver!

Y lo hago porque, como digo, sin necesidad de ahondar en guarismos concretos, tengo la absoluta convicción de que la ratio de jueces y juezas a los que la vocación les viene de casta, no es en absoluto mayor que la de los médicos y las médicas cuyos padres provienen de alguna profesión sanitaria o que la de las guardias y los guardias civiles que “siendo hijos del cuerpo” ingresan en una academia militar.

Y es que, tener como referente a un padre o a una madre, seguir su ejemplo, recorrer su mismo camino, compartir su vocación haciendo propio su gusto y su devoción por una profesión, por esa profesión que uno ha mamado desde chiquitito, me van a permitir que les diga, desde mi humilde punto de vista, nunca puede ser ni objeto ni de crítica ni de vergüenza. Aunque de lo que se trate, es de ser juez.

Y luego está la otra cuestión. Lo de la élite y la carrera judicial

Es cierto que uno no se acuesta por la noche y se levanta de buena mañana en condiciones de afrontar un examen que abarca el contenido de prácticamente todas las disciplinas que integran la ciencia jurídica.

Se necesitan años, en plural, de esfuerzo, sacrificio y dedicación delante de los libros para estar en unas condiciones mínimas de enfrentarse al reto con ciertas garantías.

Y, aun así, el éxito ni siquiera está asegurado.

Y, puesto que nadie vive del aire y la formación tampoco es gratis, ni que decir tiene que la empresa supone un coste económico; por cierto, no mayor que el de, por ejemplo, la preparación de un examen de residente.

Dicho lo cual, y también en esto lanzo un órdago para negar la mayor y sostener categóricamente que los jueces no son “hijos de papá”.

O, al menos, no lo son en mayor medida que un arquitecto, un periodista, un graduado en ciencias del mar o el dueño de una floristería.

«El perfil medio de quienes integran las últimas promociones que ingresan en la judicatura, es el de una mujer, sin antecedentes de juristas en la familia y, en más de una tercera parte, hijas de padres sin formación universitaria alguna».

Entre otras cosas porque cuando “papá” cuenta con billetes bastantes como para empapelar dos veces la sala principal del Palacio de Versalles, es difícil que el “nene” o la “nena” tengan la pulsión de encerrarse durante cinco años entre cuatro paredes para acabar poniendo cientos de sentencias por un salario, digno sí, pero ni mucho menos obsceno ni opulento.

Y eso, que es así porque lo dicen las estadísticas, unas estadísticas que nos revelan que el perfil medio de quienes integran las últimas promociones que ingresan en la judicatura, es el de una mujer, sin antecedentes de juristas en la familia y, en más de una tercera parte, hijas de padres sin formación universitaria alguna, no hace sino abundar en la idea de que la judicial es una carrera esencialmente femenina, lo cual es buenísimo, pero sobre todo de extracción plural y democrática y, si se apura mucho (aunque esto último es una apreciación de cosecha propia, basado en mi experiencia empírica), de mayoritaria proveniencia, hablando siempre en términos proporcionales, de los territorios menos industrializados y con menor renta per cápita de nuestro país.

Con todo y con eso, sería tanto como dar la espalda a la realidad no reconocer que el condicionamiento económico puede ser un obstáculo. Especialmente para familias cuyos hijos, cierto que han podido cursar carreras universitarias gracias al sistema de ayudas al estudio pero que, de buenas a primera, al salirse de la enseñanza llamémosle “reglada”, pueden ver ahogada su aspiración de seguir formándose para ser jueces, por no comprometer la economía de sus progenitores.

Por ello, ni la más mínima objeción a la iniciativa de continuar becando a quien no tiene los recursos, pero sí la valentía y el arrojo suficientes como para embarcarse en ese viaje de tan incierto desenlace que son las oposiciones de judicatura. Es una idea excepcional. Y a fe que ese dinero público siempre me parecerá muy bien invertido.

Ser juez es precioso. Poder ayudar a quien tiene un problema que le mantiene noche tras noche en vilo, para que pueda volver a conciliar el sueño, no tiene precio. Contemplar la sonrisa de alguien a quien se le ha reconocido aquello de que injustamente se vio privado y que en derecho le corresponde, es altamente satisfactorio. Pero al mismo tiempo, todo ello genera una gran responsabilidad.

Una responsabilidad que si se quiere que no se vuelva contra el Estado al que servimos, sólo debe depositarse sobre los hombros de los y de las más capaces. Por eso no poderos permitirnos el lujo de perder talento para la causa.

Pero al igual que no podemos permitírnoslo con la hija de ese albañil de Pinto desempleado desde la época de la crisis, y que es un coquito, tampoco podemos hacerlo relegando al inframundo al brillantísimo vástago de la jueza titular de uno de los juzgados mixtos de Almendralejo por el simple hecho de que esa sea la profesión de su madre.

No le pongamos, ni por un lado ni por el otro, puertas a la excelencia.

Nuestros conciudadanos al leer nuestras sentencias nos lo agradecerán.

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