Desde el corazón de la Casa de América, en la capital de España, donde se está celebrando la Cumbre Internacional del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid (ICAM), el presidente electo de Venezuela, Edmundo González Urrutia, lanzó una advertencia que resonó más allá de las paredes del auditorio: “El Estado de derecho no se rompe de un día para otro, se quiebra lentamente, a veces casi imperceptiblemente, hasta que ya no queda nada”.
Con estas palabras, González no solo describió el proceso que llevó a Venezuela al borde del abismo institucional, económico y social que hoy está padeciendo, sino que puso sobre la mesa una advertencia de alcance global.
En un contexto internacional marcado por nuevas formas de autoritarismo y el debilitamiento de los cauces institucionales, su mensaje fue claro: ningún país está a salvo si descuida los pilares que sostienen su democracia.
El colapso venezolano: una degradación sistemática
Durante su intervención inaugural, el dirigente venezolano recordó que su país fue durante décadas un ejemplo de estabilidad en América Latina. Pero esa estabilidad, explicó, comenzó a corroerse por dentro mucho antes de que se manifestara el colapso. “Fue un deterioro sistemático y sostenido del tejido institucional”, señaló.
La pérdida paulatina de la independencia judicial, el debilitamiento del Parlamento, el uso del derecho como arma política y la persecución de la disidencia marcaron el inicio de una pendiente que culminó en la crisis actual.
“Cuando la ley pierde su fuerza vinculante para quienes detentan el poder, se abre paso la arbitrariedad y con ella la erosión de la libertad”, advirtió.
En su diagnóstico, González subrayó que este tipo de degradación no suele venir con un estallido, sino con silencios acumulados, renuncias progresivas y normalizaciones peligrosas. “El Estado de derecho no se derrumba: se va deshaciendo”.
“Cuando la ley pierde su fuerza vinculante para quienes detentan el poder, se abre paso la arbitrariedad y con ella la erosión de la libertad”, advirtió.
Un espejo para las democracias de hoy
Lejos de presentar el caso venezolano como una excepción trágica, González lo propuso como un espejo incómodo para otras democracias. “No hablo de una anomalía lejana, sino de una advertencia cercana”, dijo.
Su mensaje se dirigió especialmente a Europa y a Iberoamérica, regiones unidas por una historia jurídica común pero expuestas, igualmente, a los riesgos del debilitamiento institucional.
Para el presidente electo, la reconstrucción de la democracia en su país será larga y compleja, pero está convencido de que también es posible. Y para lograrlo, insistió, se necesita algo más que elecciones: se necesita justicia, división de poderes, respeto efectivo a los derechos humanos y un poder judicial independiente.
“Sin justicia no hay libertad, y sin Estado de derecho no hay democracia sostenible”, sentenció.
Una advertencia que interpela a todos
En su discurso, González recordó que la defensa del Estado de derecho no puede quedar exclusivamente en manos de los jueces. Requiere de la acción decidida de abogados, legisladores, académicos y sociedad civil. Citó las palabras de los jefes de Estado de la VII Cumbre Iberoamericana de 1997, celebrada en Venezuela: “La democracia no es simplemente una estructura legal, es una forma de vida fundada en la tolerancia, la transparencia, la participación y la legalidad”.
Veintisiete años después, esas palabras, señaló, cobran una renovada vigencia ante los desafíos que impone el presente: la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial, los flujos masivos de información y la transformación del trabajo.
Pero advirtió: “Ninguna reforma tendrá sentido si no está cimentada sobre principios claros y universales: el respeto a la ley, la garantía de los derechos y la vigencia efectiva del Estado de derecho”.
En resumen, González puso voz a una verdad incómoda pero crucial: la democracia no muere de un solo golpe, muere gota a gota. Y por eso, su defensa requiere de vigilancia permanente. Madrid, al acoger este mensaje, se convirtió en caja de resonancia de una causa que trasciende fronteras.
“La democracia no es simplemente una estructura legal, es una forma de vida fundada en la tolerancia, la transparencia, la participación y la legalidad”.
Madrid, ciudad refugio de la democracia
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, que le precedió en el uso de la palabra, expresó expresar el respaldo explícito de la ciudad al presidente electo. “Madrid está con el presidente legítimo de Venezuela, Edmundo González Urrutia, y con la recuperación de la legalidad democrática en su país”, declaró.
Almeida subrayó que Madrid debe ser un “refugio” para la democracia liberal en tiempos en los que esta se ve amenazada a escala global.
En su opinión, la capital española debe ejercer un liderazgo moral y político en la defensa del Estado de derecho y la seguridad jurídica, no solo como capital de España, sino como referente del espacio iberoamericano.
“El lugar que tiene que ocupar Madrid vendrá definido por su compromiso con los principios de la democracia liberal”, afirmó, reivindicando que esta Cumbre, organizada por el ICAM, refuerza esa vocación de diálogo y defensa común.

Sin Estado de Derecho no hay prosperidad posible
Al decano del Colegio de la Abogacía de Madrid, Eugenio Ribón, le correspondió abrir el Congreso Internacional del ICAM con una idea que no admite matices, contundente: el deterioro del Estado de derecho en Iberoamérica no es solo un problema institucional, es un drama económico y social de enormes proporciones.
“No hay desarrollo sin libertad, ni progreso sin instituciones fuertes, ni bienestar sostenible sin Estado de derecho”, afirmó.
Según datos del World Justice Project, el 78 % de los países iberoamericanos ha sufrido un retroceso en la calidad institucional en los últimos ocho años.
Las consecuencias son devastadoras: inseguridad jurídica que ahuyenta la inversión, corrupción que expulsa el talento y pérdida de confianza ciudadana por la falta de independencia judicial.
Ribón fue más allá: donde las instituciones se debilitan, crecen la arbitrariedad, el populismo, la polarización y el autoritarismo.
“Los momentos de mayor esplendor en Iberoamérica han coincidido siempre con etapas de solidez institucional. El empobrecimiento, la fractura social y la exclusión llegan cuando el poder se desborda y la ley se subordina”, afirmó.

El decano madrileño reivindicó el papel activo de la abogacía: “No estamos para observar, estamos para transformar. Para defender la legalidad, la democracia y los derechos humanos”.
Y reclamó un multilateralismo iberoamericano moderno y eficaz, apoyado en redes profesionales y cooperación jurídica real.
En su intervención, dejó una idea central: el futuro de Iberoamérica no depende de sus recursos naturales, sino de la solidez de sus instituciones. “Sin Estado de derecho, no hay prosperidad posible”.