«Si escapan, no corran en línea recta. Huyan en zig zag», dijo Trump a los periodistas mientras dibujaba ondas en el aire con la mano durante la visita.

Trump imita a Bukele y levanta «Alligator Alcatraz», una prisión rodeada de caimanes para migrantes en Florida

1 / 07 / 2025 18:41

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Al presidente estadounidense Donald Trump no le hacen falta asesores: le basta con YouTube y un par de clips virales de Nayib Bukele enseñando cárceles como quien enseña cocinas de diseño.

Bastó con ver al salvadoreño paseando entre presos con el pecho desnudo, las manos en la nuca y la cámara en la cara, para que Trump, entre golf y rencores, tuviera una epifanía.

Y así nació Alligator Alcatraz, una cárcel para migrantes sin papeles enclavada en los pantanos de Florida, rodeada —literalmente— de caimanes. Porque ya que no puede encerrar a todos en Guantánamo sin líos legales, mejor imitar el modelo Bukele en versión Disneylandia del terror.

Cinco mil plazas, vigilancia natural con dientes, barro hasta las rodillas y humedad para hacer sudar a los pecados. En dos semanas, y con más prisa que planos, el equipo MAGA levantó el complejo sobre lo que fue una pista aérea olvidada, no muy lejos de Miami pero lo bastante aislada como para que a nadie le importe demasiado lo que pase allí dentro.

Trump, encantado con su juguete, no pudo evitar la comedia. «Si escapan, no corran en línea recta. Huyan en zig zag», dijo a los periodistas mientras dibujaba ondas en el aire con la mano.

Reía como quien acaba de contar un chiste de funeral en una boda. A su lado, Kristi Noem grababa un vídeo para redes, con el mismo entusiasmo con el que un guía turístico muestra Auschwitz a cámara lenta.

Bukele, el espejo tropical

El modelo es claro. Bukele encierra pandilleros como si fueran ganado en una cárcel-monumento, y a Trump le ha fascinado el concepto.

El Salvador se ha convertido en el plató favorito del autoritarismo cool: muros blancos, monos grises, silencio forzado y propaganda de dron. Y ahora Florida quiere su versión pantanosa: con reptiles, redneck chic y caimanes con gorras del Immigration and Customs Enforcement (ICE), que en español se traduce como Servicio de Inmigración y Control de Aduanas.

Ron DeSantis, gobernador del estado y telonero habitual del trumpismo, lo definió como “un sitio que lo tiene todo”.

Y no mentía: barro, alambradas, humedad, miedo. Hasta merchandising. El Partido Republicano ya vende camisetas, tazas y fundas de cerveza con temática de caimán patriótico. Porque aquí la distopía, si no se puede monetizar, no merece la pena.

El miedo como método

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, lo dejó claro en rueda de prensa: «Un solo camino para entrar. Y la única salida es un vuelo sin retorno».
No está mal como lema de campaña. Tampoco como epitafio.

Mientras tanto, los datos oficiales muestran un aumento brutal de detenciones por parte del ICE: de 39.000 en enero a 56.000 en junio. Trump quiere llegar al millón de deportaciones por año. Lo ha dicho sin rodeos. Y si para eso hay que encerrar familias enteras entre fango y colmillos, que así sea.

El zar fronterizo, Tom Homan, lo celebró en CNN con la delicadeza habitual:
Estoy deseando que abra. Meteremos a los extranjeros allí en cuanto podamos.

Historia repetida y sin aplausos

Esto no es nuevo. Solo es más grotesco. Guantánamo sigue abierta. Las jaulas para niños migrantes no se han desmantelado del todo. Y ahora, los caimanes.

La diferencia es que antes se hacía en silencio. Ahora se graba, se tuitea, se imprime en camisetas. La crueldad ya no se disfraza: se vende.

Los abogados de inmigrantes intentan frenar lo inevitable en tribunales colapsados, mientras la Casa Blanca estudia —nada menos— la suspensión del habeas corpus para acelerar deportaciones. Un detalle técnico que, en términos prácticos, significa que cualquiera podría acabar en Alligator Alcatraz sin juez ni fecha de salida. Solo un caimán de guardia y una cámara apuntando a su celda.

Lo que queda

Trump se ríe. Bukele asiente desde Centroamérica. Y entre ambos, el concepto de justicia se escurre por el lodo como una serpiente vieja.

Quedan los que resisten. Los abogados de turno de oficio, los activistas sin sueldo, los jueces que aún leen la Constitución por gusto. Gente que, aunque huele el final de la decencia, sigue luchando por lo que no sale en los vídeos virales.

Porque incluso rodeado de caimanes, el ser humano puede seguir siendo humano. Aunque cada vez cueste más recordarlo.


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