Siempre me han llamado la atención las cosas que, siendo cercanas, reales y a veces cotidianas, nos pasan desapercibidas o erróneamente las “normalizamos” en un contexto social sin sentido. Esta es una de ellas.
La hibristofilia es una parafilia poco común, pero con alto impacto social y jurídico. Se define como una atracción sexual o emocional hacia personas que han cometido crímenes violentos, incluyendo asesinos en serie.
Aunque durante décadas fue vista como una rareza, hoy en día está ganando mayor visibilidad, especialmente en el contexto de redes sociales, plataformas de true crime y fenómenos culturales que glorifican a figuras criminales. Esto debería provocar una llamada de atención a la sociedad sobre qué estamos haciendo mal.
Lo primero que me creó curiosidad es el origen del término.
El término “hibristofilia” deriva del griego hybrizein (cometer una atrocidad) y philia (amor o afinidad). Comenzó a ser utilizado en círculos clínicos y criminológicos a mediados del siglo XX, pero fue la psicóloga Katherine Ramsland quien ayudó a popularizarlo en los años 90 a través de sus estudios sobre mujeres que se enamoraban de criminales notorios.
Aunque no está formalmente reconocida como un trastorno mental en manuales diagnósticos, sí se cataloga dentro del espectro de las parafilias, especialmente cuando el comportamiento causa sufrimiento o conlleva riesgos legales o sociales.
«Observando a estos criminales, vemos que suelen mostrar: comportamientos seductores desde la prisión, manipulación emocional de sus admiradores, justificación de sus crímenes como si fueran parte de su atractivo, exhibición de control incluso desde el encierro».
LOS HIBRISTOFILICOS COMPARTEN PATRONES PSICOLÓGICOS Y MOTIVACIONALES
Las personas que manifiestan hibristofilia suelen compartir ciertos patrones psicológicos y motivacionales. Estas son cinco razones comunes por las cuales se sienten atraídas por criminales:
Por una parte, sienten el deseo de “salvar” o “redimir” al delincuente: Creen que, con su amor, pueden cambiar al criminal o “curarlo”. Esto les proporciona un sentido de propósito o poder emocional.
Otras sienten fascinación por el poder y el control. Algunas de esas personas se sienten atraídas por la dominancia y la fuerza que proyecta el criminal, aunque sea destructiva.
Personas que tienen baja autoestima o han sufrido un trauma previo. Muchas veces estas personas han tenido relaciones abusivas o infancias difíciles, y el vínculo con el criminal replica un patrón de relación que ya conocen.

También sienten atracción por lo prohibido. La transgresión de normas sociales puede resultar excitante, sobre todo en personas que buscan romper con lo convencional o viven en una constante búsqueda de intensidad emocional.
Y, por último, lo que les mueve es la de atención mediática o reconocimiento social al estar vinculadas a una figura criminal conocida.
Para mí, lo más llamativo es que los estudios y observaciones de las últimas dos décadas indican un aumento en los casos de hibristofilia, especialmente en mujeres jóvenes que siguen casos de asesinos en serie a través de documentales, podcasts y redes sociales.
Plataformas como TikTok o YouTube han servido como canales para que jóvenes “idolatricen” a criminales como Ted Bundy, Jeffrey Dahmer o Richard Ramírez, lo cual ha sido ampliamente criticado.
Este fenómeno responde a múltiples factores: Romanticización de la violencia en la cultura pop, falta de educación emocional y afectiva, banalización del crimen en medios de entretenimiento, vacíos afectivos y problemas de identidad propios de la adolescencia y viralización de contenidos morbosos que mezclan crimen y atractivo físico.
Legalmente, la hibristofilia como condición no está regulada de forma específica.
«Desde el punto de vista criminológico, muchos asesinos, de acuerdo a su perfil, así es su respuesta ante esa admiración, sobre todo los que presentan rasgos de narcisismo o psicopatía, se sienten reforzados al recibir admiración o amor».
CONSECUENCIAS JURÍDICAS INDIRECTAS
Sin embargo, puede tener consecuencias jurídicas indirectas. Por ejemplo, una persona que se involucra emocional o logísticamente con un criminal podría ser procesada como cómplice, encubridora o por obstrucción de la justicia.
No olvidemos que depende del momento en que le conoce, en el que empieza a identificarse con él, a justificarle, a cubrir lo que hizo o haga, o participar con la ocultación o en actos propios de la comisión del delito, imprescindibles o no.
Será en función de esa participación como responderá de los hechos. Aunque en la mayoría de situaciones son admiraciones que nacen posteriormente a la comisión del delito o crimen.
En cuanto al tratamiento, al no estar catalogada como un trastorno independiente, se aborda desde enfoques psicoterapéuticos generales: terapia cognitivo-conductual, psicoanálisis y, en casos más graves, intervención psiquiátrica.
Se enfoca en trabajar autoestima, trauma, límites afectivos y reconstrucción del esquema emocional.
Desde el punto de vista criminológico, muchos asesinos, de acuerdo a su perfil, así es su respuesta ante esa admiración, sobre todo los que presentan rasgos de narcisismo o psicopatía, se sienten reforzados al recibir admiración o amor.
Algunos incluso lo manipulan para obtener beneficios en prisión (cartas, dinero, apoyo legal) o simplemente para alimentar su ego.
Es por ello que, observando a estos criminales, vemos que suelen mostrar: comportamientos seductores desde la prisión, manipulación emocional de sus admiradores, justificación de sus crímenes como si fueran parte de su atractivo, exhibición de control incluso desde el encierro.
La relación que se establece, como es de esperar, aunque parezca “amorosa”, suele ser desequilibrada, con un claro dominio psicológico del criminal sobre la persona enamorada.
Concluyendo, la hibristofilia, si bien no es un delito ni un trastorno per se, es un fenómeno que plantea retos importantes para el sistema judicial, los profesionales de la salud mental y la sociedad en general.
Su auge entre los jóvenes demanda una reflexión crítica sobre el tipo de contenidos que consumimos, la educación emocional y la forma en que se construyen las figuras públicas —incluso aquellas que deberían generar rechazo.
Más allá del morbo o la curiosidad, es necesario abordar este tema con seriedad para prevenir relaciones peligrosas, manipulaciones y, en casos extremos, la repetición de ciclos de violencia que perpetúan el sufrimiento de víctimas y admiradores por igual.