Señalábamos recientemente en estas páginas de Confilegal que debería llevarse a cabo una seria reflexión acerca de la jubilación forzosa, suprimiendo el establecimiento de una edad concreta que provoca la “expulsión” de la carrera profesional, porque esa es la palabra, al “expulsar” del ejercicio de la actividad jurídica a los funcionarios públicos que están ejerciendo el derecho en distintas áreas, tal como puede ser en la Universidad o en los tribunales de Justicia, así como en otras como la Agencia Tributaria, Seguridad Social, Ayuntamientos y Comunidades Autónomas y otras en donde se resuelven cuestiones jurídicas.
Debemos hacer notar, y ya lo hicimos constar, que se debería sustituir la jubilación forzosa por la voluntariedad del funcionario público para seguir ejerciendo, o no, su carrera profesional jurídica, en tanto en cuanto compruebe que tiene las facultades físicas y mentales suficientes para seguir en el ejercicio de su profesión.
Y esto les ocurre a muchos funcionarios —sea cual sea su rango o destino— que tienen una auténtica vocación por la actividad jurídica que están desarrollando y que desearían seguir haciéndolo más allá de la fecha prevista para la edad de su jubilación forzosa.
De esta manera, no debería existir una jubilación forzosa, sino la voluntad del funcionario, o circunstancias impeditivas médicas, o, incluso, de algún comité que entendiera que una persona en concreto, aunque quisiera seguir, no está en condiciones físicas o mentales para seguir ejerciendo su actividad profesional.
Esto debería ser lo determinante para el cese de la misma, y no simplemente un carné de identidad que está provocando que muchos profesionales de alta cualificación y con vocación de ejercicio profesional jurídico tengan que abandonar su destino con claro perjuicio para la función pública, dada la elevada formación de estas personas.
EN DOS AÑOS TIENE QUE JUBILARSE UN TERCIO DE LOS MAGISTRADOS DE LA SALA DE LO PENAL DEL SUPREMO
Además, como muestra un botón, podemos recordar que en los próximos dos años, de la propia Sala Segunda del Tribunal Supremo deben jubilarse, nada menos que 5 magistrados de los 15 que estamos en plantilla: 2 el año próximo y 3 en 2027, lo que supone que un tercio del grupo de trabajo que ahora mismo conforma la Sala de lo Penal del alto tribunal se va a jubilar.
Y lo mismo ocurre en otras salas y órganos judiciales en donde existen cualificados juristas que, cuando cumplan los 72 años, deberán abandonar forzosamente la posibilidad de poder continuar impartiendo justicia o ejerciendo cualquier otro cargo dentro de la Administración de Justicia, o de cualquier otra Administración relacionada con el mundo del derecho.
Pero lo mismo ocurre con los sanitarios o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, donde contamos con grandísimos profesionales que se están jubilando y estamos perdiendo gente con gran vocación, a la que se está mandando a casa sin que ellos quieran y muy a su pesar.
En otras profesiones jurídicas como la abogacía o la procura no existen estas limitaciones, y podemos comprobar cómo insignes letrados/as o procuradores/as siguen ejerciendo el mundo del derecho porque se sienten satisfechos con el ejercicio de su actividad profesional y, además, se sienten seguros de poder hacerlo bien y con salud física y mental para poder desarrollar sus funciones correctamente.
En esta situación, debería ser la voluntariedad del ciudadano la que determinara cuándo debe abandonar su ejercicio profesional, y no que de forma forzosa sea separado del servicio, provocando un grave daño moral y personal a quien le gusta el ejercicio del derecho y, además, también otro daño a la Función Pública al perder a insignes juristas que podrían seguir demostrando su conocimiento y experiencia si sus fuerzas y ganas todavía se lo permiten.
Pero, como decimos, mandar al ostracismo y a quedarse en casa a personas que todavía podrían seguir cumpliendo una función al Estado de derecho supone un auténtico despropósito y la pérdida de grandes profesionales del derecho que se nos han ido por jubilación forzosa y que podrían querer seguir ejerciendo su función, en lugar de pasar también —no lo neguemos— a una merecida jubilación, a la que también tienen derecho todas las personas, pero que puede que otras quieran retrasar todavía un poco más.
HABLAMOS DE VOCACIÓN
Y no estamos hablando solo de una cuestión económica ante el importante descenso retributivo que supone pasar del ejercicio activo a la jubilación forzosa —aunque este también es otro tema importante que no se debería olvidar—, sino que estamos hablando de vocación (en negrita y algo que se está perdiendo); es decir, de esa auténtica necesidad de servicio público que tienen muchos ciudadanos que han estado ejerciendo el derecho y que todavía se encuentran con fuerzas y ganas para seguir prestando un servicio público.
Debemos hacer notar, en consecuencia, que tan legítimo es querer optar a la jubilación, incluso antes de que te toque la fecha correspondiente, como querer seguir ejerciendo la actividad profesional si es el deseo del ciudadano y sus fuerzas se lo permiten.
Pues bien, relacionado con todo ello, con la esperanza de vida acerca de hasta cuándo podría ejercer el derecho una persona que estuviera en condiciones físicas y mentales de poder hacerlo, hay que tener en cuenta que la esperanza de vida ahora mismo en hombres y mujeres se ha prolongado muchísimo en el tiempo, lo que nos llevaría a una perspectiva de la jubilación relacionada con la esperanza de vida, de que con más de 72 años todavía hay muchos ciudadanos que se encuentran con mucha salud como para desterrar quedarse en casa sin hacer nada y poder hacer un gran servicio público.
Todo esto nos lleva al debate sobre la esperanza de vida que ahora mismo tienen los ciudadanos en nuestro país, y sobre ello dicen que cuando se cumplen los 40 años ya no le gusta tanto a la gente eso de seguir cumpliendo y celebrar los cumpleaños, porque se entra en una barrera en la que se va ya hacia unas edades que determinan “la cuenta atrás”.
Así, es una edad, la de los 40, en la que se entra en lo que se denomina “la segunda mitad de la vida”, y en donde ya se empieza a mirar hacia atrás con cierta pena, e incluso con ganas de volver para revivir algunos momentos que a cada persona le resultaron felices.
Pasados diez años, ya se entra en el grupo de los 50. Ese camino hacia territorios temporales desconocidos se ve con cierto recelo, porque es una época en donde empiezan a salir dolores y molestias que antes desconocíamos, pero que se achacan a esa costumbre que todos tenemos de cumplir años y en donde el cuerpo empieza a reaccionar de manera distinta.
Y esto se acrecienta cuando se entra en la decena de los 60 años, que ya es cuando empieza a surgir la típica pregunta de: ¿cuánto nos quedará de vida?
«EXPEDIENTE AMBAR»
Ciertamente, una interrogante que muchos querrían poder descubrir y conocer, porque la pregunta de conocer el futuro en el ser humano es tan común como ese deseo de regresar al pasado que yo reflejé en mi novela «Expediente ámbar», en donde se plasma ese deseo de todo ser humano de volver a algún momento del pasado, aunque solo fuera por un rato, a revivir momentos inolvidables, o hasta, como reflejé en esta novela, tener la posibilidad de pasar un rato con nuestros seres queridos que han fallecido, como padre y/o madre o hijos que han fallecido en inesperadas circunstancias.
En efecto, con ese dolor que solo pueden entender quienes han pasado por el “calvario” de perder a un hijo/a, y darían lo que fuera por regresar al pasado para estar un rato con ellos de nuevo; es decir, el poder más querido y buscado que yo reflejé en esta novela: regresar al pasado.
Pero, en definitiva, esa barrera en la que se empiezan a contar años a partir de los 60 se significa con esa interrogante acerca de cuánto me queda de vida y de seguir disfrutando de algo tan preciado que Dios nos ha dado, como es la vida.
Pues bien, sobre este tema, el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DRESS) ha publicado en 2023 el indicador de la esperanza de vida sin discapacidad, que corresponde al número de años que una persona puede esperar vivir sin verse limitada por un problema de salud en sus actividades diarias.
Y, así, la esperanza de vida sin discapacidad a los 65 años ha vivido un aumento desde 2008.
Para las mujeres, esta esperanza de vida desde los 65 años tomados como referencia ha crecido un año y 11 meses, y para los hombres, un año y 10 meses. Por ello, según el INE, en el último estudio realizado en 2023, la esperanza media de vida para los hombres alcanza los 81 años y para las mujeres, 86 años.
En los últimos 9 años ha subido un año la esperanza de vida, ya que en el año 2014 para los hombres estaba en los 80 años y para las mujeres en 85. Y resulta curioso esto de los análisis estadísticos, porque en el año 2020, con el COVID, las cifras de esperanza media de vida bajaron un año cuando iban en ascenso en los años anteriores, y no se recuperó hasta el año 2022, cuando ya se vio que la situación de la normalidad se había recuperado en cierta medida, porque en aquel momento de marzo de 2020 las interrogantes sobre lo que nos deparaba el futuro de la vida eran totales.
«Cuando se tiene vocación por algo, el tiempo no existe, y, por ello, la jubilación forzosa tampoco debería existir…».
Y fue gracias a la ciencia, por las vacunas —pese a los detractores que tuvo—, lo que permitió reconducir una situación que, en cualquier caso, causó un serio destrozo en la humanidad, con 15 millones de personas que murieron por el virus y unos 162.000 en España.
Por ello, la interrogante con la esperanza de vida cuando ya se cumplen los 65 años, en una edad intermedia entre los 60 y los 70 años, es algo que comienza a pasar por las cabezas de todos, en esa interrogante que nos gustaría saber sobre cuántos años nos quedan de vida.
Porque por mucho que las estadísticas digan que las medias están en 81 años para los hombres y 86 para las mujeres, muchos seguirán pensando que esperan durar más, aunque a esa edad el lastre de la salud siempre tiende a perturbar las “alegrías” de llegar a esa edad por los “achaques” propios de esas edades.
Sin embargo, quizás lo mejor sería tener ese poder de regresar al pasado para volver a la edad de los 20 años, justo unos meses antes del que el destino nos ha deparado a cada uno.
¿Ciencia ficción o IA realizable? Quién sabe.
¿Podríamos ejercer el derecho siempre? Estoy convencido de que los que tenemos vocación por el derecho, si regresáramos atrás, volveríamos a destinar nuestro tiempo a hacer lo mismo que hemos estado haciendo siempre: trabajar por un país más justo y con respeto a las normas.
Porque cuando se tiene vocación por algo, el tiempo no existe, y, por ello, la jubilación forzosa tampoco debería existir…