Pedro Sánchez ha lanzado este lunes su diagnóstico más directo sobre la situación judicial que rodea a su familia: «Hay jueces haciendo política y políticos que tratan de hacer justicia».
Una declaración que marca un punto de inflexión en la estrategia del presidente del Gobierno para enfrentar las investigaciones que afectan a su esposa, Begoña Gómez, y a su hermano, David Sánchez.
En su entrevista con TVE, realizada por Pepa Bueno, la nueva presentadora de la segunda edición del telediario y exdirectora del diario El País, el presidente ha trazado una línea clara entre lo que considera justicia legítima y lo que define como instrumentalización judicial.
Reconoce que la «inmensa mayoría» de jueces y fiscales «cumplen con la ley», pero identifica «casos palmarios» donde esto no ocurre, causando un «daño terrible» al sistema.
La estrategia de la defensa familiar
Sánchez ha blindado a sus familiares con una defensa que combina lo personal y lo procesal. «Conozco cómo viven y qué han hecho», ha declarado sobre Gómez y su hermano, reafirmando su «honestidad e inocencia».
Esta declaración trasciende el apoyo familiar para convertirse en una posición política que vincula directamente los casos con lo que denomina «pena del telediario».
El concepto no es menor: Sánchez argumenta que sus familiares están pagando un precio mediático por «el mero hecho» de su parentesco, transformando procedimientos judiciales en castigos públicos antes de cualquier resolución judicial.
El Consejo General del Poder Judicial como árbitro
Una de las claves de la estrategia presidencial pasa por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Sánchez ha señalado a este órgano como la instancia que «podría determinar cómo defenderse» ante procesos que califica de «muy defectuosos tanto en el fondo como en la forma».
Esta referencia al CGPJ no es casual. El presidente sitúa la responsabilidad de evaluar la actuación judicial en el órgano de gobierno de los jueces, lo que implícitamente sugiere que existe un problema sistémico que requiere intervención institucional.
Sánchez ha sido especialmente directo al caracterizar el origen de las investigaciones. Las califica como producto de «denuncias falsas» y «recortes de prensa de organizaciones ultraderechistas» que buscan «abrir causas» en los juzgados.
Esta descripción construye un relato donde las investigaciones no nacen de indicios objetivos, sino de una campaña orquestada.

El escudo al fiscal general
La defensa se extiende al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, investigado por las filtraciones relacionadas con la pareja de Isabel Díaz Ayuso. Sánchez ha sido categórico: la supuesta filtración «no se ha podido probar» y ha reafirmado su respaldo a fiscales y jueces que «luchan contra la corrupción».
El presidente ha respaldado su posición citando el voto particular del magistrado Andrés Palomo del Arco del Tribunal Supremo –sin nombrarlo– que señaló la falta de «consistencia» en la acusación contra García Ortiz, argumentando que «no se puede abrir un juicio sin ninguna prueba».
Las implicaciones del diagnóstico presidencial
La declaración de Sánchez trasciende la defensa personal para plantear una cuestión institucional: la separación de poderes. Al identificar «jueces haciendo política», está cuestionando la neutralidad judicial en casos que considera motivados políticamente.
Esta posición coloca al presidente en una encrucijada compleja: mantener la presunción de inocencia de sus familiares mientras cuestiona la legitimidad de los procesos judiciales, sin socavar completamente la confianza en el sistema de justicia.
La estrategia presidencial queda clara: transformar la narrativa de la corrupción familiar en una cuestión sobre la instrumentalización política de la justicia, situando a sus familiares como víctimas de un sistema donde algunos operadores judiciales habrían cruzado la línea de la neutralidad institucional.