Opinión | La cena que selló el pacto: Silicon Valley al servicio del Estado

Jorge Carrera, abogado, magistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica la relevancia de la cena que mantuvo el presidente estadounidense Donald Trump con los máximos responsables de las tecnológicas de ese país. En la foto, Mark Mark Zuckerberg, de META, y Bill Gates, Microsoft.

11 / 09 / 2025 05:38

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La noche del 4 de septiembre de 2025, bajo los candelabros del Salón de Banquetes de la Casa Blanca, no se sirvió una simple cena, sino el acta fundacional de una alianza transaccional entre el poder político y el tecnológico en Estados Unidos.

Convocados por Trump, los máximos responsables de Apple, Microsoft, Google, Meta y OpenAI, entre otros gigantes, acudieron a un desfile de halagos mutuos y promesas de inversión «en casa».

La imagen, cuidadosamente orquestada, buscaba proyectar una idea poderosa: bajo el nuevo mandato, la innovación americana se alinea sin fisuras con el interés nacional para contener y superar a su gran rival, China.

Este pacto de conveniencia descansa sobre una lógica tan simple como contundente. Por un lado, la zanahoria: la Casa Blanca, a través de su nuevo AI Action Plan, promete desregular a toda máquina.

Se aligerarán permisos y se relajarán controles, incluidos los ambientales, para acelerar la construcción de los nuevos templos de la era digital: los centros de datos y la supercomputación.

El mensaje del Estado a la industria es diáfano: no estamos aquí para frenar, sino para acelerar.

Por otro lado, el palo: Donald Trump anunció la imposición de aranceles «bastante sustanciales» a los semiconductores que no se fabriquen en suelo estadounidense. Es una maniobra coercitiva que fuerza a las empresas a relocalizar su cadena de suministro.

La traducción política es un chantaje elegante: inviertes aquí a cambio de menos regulación, o tus componentes pagarán un peaje para entrar.

UN MICRÓFONO ABIERTO

Sin embargo, el momento más revelador de la noche llegó lejos de los discursos oficiales, gracias a un micrófono abierto.

Tras anunciar cifras astronómicas de inversión, Mark Zuckerberg se acercó a Trump y le susurró: “No estaba listo… no estaba seguro de qué número querías”.

Esta frase indiscreta desnudó el carácter teatral de muchas de las promesas, revelándolas más como un gesto político improvisado que como una hoja de ruta financiera sólida.

Este matrimonio de conveniencia, en el que un Silicon Valley tradicionalmente más liberal se abraza al poder por puro interés, tiene consecuencias que trascienden la foto.

La primera es económica. Esas megacifras anunciadas pueden no ser más que marketing político con un impacto real incierto. Mientras tanto, los aranceles a los chips, según el ITIF, amenazan con restar 1,4 billones de dólares al crecimiento de EE. UU. en diez años y costar más de 4.000 dólares a cada hogar.

Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai y Elon Musk durante el discurso de Trump.

Irónicamente, esta política encarecerá desde los coches hasta los microondas, ralentizando la propia carrera de la IA al hacer más costosos los centros de datos que la sustentan.

La segunda consecuencia es geopolítica. La cena institucionaliza una nueva Guerra Fría tecnológica donde los chips y la inteligencia artificial son el campo de batalla. Estados Unidos busca consolidar su «OTAN tecnológica», mientras China acelera su plan de autosuficiencia.

El resultado más probable es un mundo digital bifurcado, con dos internets, dos estándares y dos cadenas de suministro separadas. En medio, Europa y su agenda de «soberanía digital» corren el riesgo de quedar atrapadas en el fuego cruzado, pagando el precio de la fragmentación.

Lo que presenciamos es el fin de una era. El péndulo ha oscilado desde el tecno-globalismo, basado en cadenas de producción globales y estándares comunes, hacia un tecno-nacionalismo que prioriza el «producir aquí para vender desde aquí».

Esta estrategia puede generar tracción política a corto plazo, pero a medio plazo amenaza con encarecer la innovación y fortalecer a China en su búsqueda de autonomía.

Al final, la cena fue un golpe maestro de escenografía, pero también una apuesta de altísimo riesgo.

Si las promesas se convierten en fábricas reales, talento formado y energía asequible, EE.UU. habrá dado un paso de gigante para liderar la economía de la IA. Si, por el contrario, todo se queda en cifras susurradas a un micrófono y aranceles que lo encarecen todo, la foto envejecerá muy mal, dejándonos un mundo más caro, frágil y fragmentado.

El verdadero examen de este pacto no se verá en los salones de Washington, sino en el precio de un servidor, en la factura de la luz y en el sueldo de un técnico dentro de seis, doce o veinticuatro meses.

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