Hay historias que uno ha leído mil veces. En los clásicos, en las crónicas de Indias, en las memorias de cortesanos venales del Antiguo Régimen. Siempre el mismo cuento: el poderoso, la moza, y el criado leal que hace los recados sucios mientras su amo se pavonea en los salones.
Lo que ocurre es que antes al menos tenían la decencia de no dejarlo todo por escrito en WhatsApp, maldita sea. Pero claro, estamos en el siglo XXI, donde la estupidez se ha democratizado tanto como la telefonía móvil.
Resulta que José Luis Ábalos, entonces ministro de Transportes y número tres del PSOE mantenía en aquellos días una relación sentimental con una tal Jésica Rodríguez.
Nada reprochable en sí mismo, oigan. Hasta los ministros «felizmente» casados tienen derecho a sus «affaires. Faltaría más. Somos así de modernos. El problema es cuando el tesoro público se confunde con el joyero particular, y el Ministerio con un servicio de mensajería a domicilio.
Porque para atender las necesidades de la damisela, el señor ministro contaba con Koldo García, su asesor y hombre para todo. Y cuando digo para todo, es para todo. Una suerte de Sancho Panza sin el ingenio ni la honradez del original, pero con tarjeta de crédito y cero escrúpulos.
La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, esa gente que todavía se toma en serio eso de investigar a los poderosos —uno de los últimos reductos de decencia en este país—, ha dedicado todo un capítulo de su último informe a documentar esta edificante historia de amor y finanzas.
El magistrado instructor de la causa en el Tribunal Supremo, Leopoldo Puente, debe de estar pasándolo en grande leyendo estas páginas mientras investiga a la pareja por el supuesto cobro de comisiones ilegales a cambio del amaño de obras públicas. Pero eso es otra historia. O tal vez la misma, vete tú a saber.
Lo primero que pagó don José Luis fue un curso de Odontología en la Universidad Complutense de Madrid. Porque la muchacha estudiaba para dentista, imagino que con la loable intención de arrancar muelas en lugar de arrancar presupuestos.
El 4 de julio de 2020, un año y seis días antes de que lo echaran del Ministerio —no por honrado, sino por incómodo—, el político envió a su fiel Koldo un documento con las tasas universitarias de la joven. Koldo, diligente como un mayordomo victoriano pero con peor gusto, abonó 1.059 euros en efectivo. Más de cincuenta créditos del Grado en Odontología.
LA AMANTE «JÉSICA» ERA «ESPAÑA», EL NOMBRE EN CLAVE QUE LE DIO KOLDO
En efectivo, claro, para que no quedara rastro en las cuentas bancarias. Porque cuando uno paga con transparencia, es que no tiene nada que ocultar. Y aquí, evidentemente, había mucho que ocultar.
En los mensajes, el bueno de Koldo se refería a Jésica como «España». No por un arranque patriótico, sino porque la muchacha residía en un piso de la Plaza de España de Madrid. Un piso cuyo alquiler, según la UCO, pagaba otro miembro de la presunta trama corrupta. Verán, es que cuando uno se dedica al latrocinio organizado, todo queda en familia. «España, hecho», respondió el eficiente asesor tras abonar la matrícula. Uno no sabe si reír o llorar. O tal vez ambas cosas.
Pero no acaba ahí la cosa. La señorita Rodríguez también recibía «cositas». Así las llamaba ella, con ese diminutivo que usamos los españoles para quitarle importancia a lo importante.
El 8 de junio de 2019, le preguntó a Koldo por WhatsApp: «¿Qué le pasa hoy a José, que está tan generoso?». La UCO, con ese sentido del humor involuntario que tienen los informes policiales, interpreta que este mensaje confirma que Ábalos era el «ordenante» de los pagos y Koldo el mero ejecutor. Como si hiciera falta un máster en criminología para deducirlo.
La respuesta de Koldo tiene su miga: «¡Qué dices, si parece un pit bull!». Comparando a su jefe con un perro de pelea. Ahí está toda la lealtad canina del subordinado, ese afecto sincero que se profesa entre hampones. «Que me quiere comprar cositas…», celebra la joven. Y vaya si se las compró.
Momentos después, Koldo le escribió a su entonces esposa, exconcejala socialista —porque en esta historia todo el mundo tiene su carnet del partido bien visible—, ordenándole que comprara unos pendientes en una joyería.
«Pídelos y págalos, por favor», instruyó. La pobre mujer, que aún conservaba algo de sentido común, respondió: «Cariño, sólo por comentar… ¿Sabes que valen 1.084?». Uno se imagina el tono. Esa mezcla de estupor y resignación de quien sabe que está casada con un completo imbécil. Los pendientes, naturalmente, eran para Jésica Rodríguez.
UN IPHONE DORADO Y ORO ROSA, PRO
Y luego vino el iPhone. Porque toda moza del siglo XXI necesita su teléfono móvil de última generación, que para eso son novias de ministros. Y la señorita Rodríguez no se andaba con sutilezas: «Te recuerdo que es mi regalo de notas. Lo quiero en dorado y oro rosa. Quiero el Pro, pero no el de la pantalla grande, el normal».
Órdenes claras, directas, sin fisuras. Como Alejandro Magno dirigiendo la falange macedónica, pero en versión centro comercial. Don José Luis, naturalmente, encargó la compra a su fiel Koldo. Porque para eso están los asesores ministeriales: para gestionar la logística sentimental de sus superiores.
Pero esperen, que aún hay más. Resulta que un juez de la Audiencia Nacional investiga el supuesto enchufe de la señorita Rodríguez en dos empresas públicas. Ambas, cómo no, adscritas al Ministerio de Transportes. Cuando la joven declaró como testigo —obligada a decir la verdad, que es lo único que la obliga a uno en este país cuando está bajo juramento—, admitió con encomiable franqueza que, pese a haber cobrado una nómina mes a mes durante casi dos años, jamás realizó ninguna tarea.
Léanlo de nuevo, porque merece la pena. Casi dos años cobrando del erario público sin dar un palo al agua. Y lo reconoce. Así, sin despeinarse. Porque cuando uno se sabe protegido por el poder, puede permitirse esa sinceridad brutal que sólo tienen los muy inocentes o los muy desvergonzados.
Y mientras tanto, ahí está la UCO, levantando alfombras y encontrando más basura de la esperada. Porque este es sólo un capítulo.
Un informe menciona a otras tres mujeres a las que Ábalos también hizo llegar dinero: Ofelia Stoica, Vanderleia Aparecida de Oliveira y Rozalía. Todas extranjeras, todas con su NIE bien documentado, todas receptoras de transferencias realizadas por el incansable Koldo a instancias de su jefe.
«Buenos días, Jose. ¿Me vas a ayudar? Es urgente, envíame aunque sea 200», pedía una. Y don José Luis, con esa generosidad que caracteriza a los hombres públicos cuando manejan dinero ajeno, rebotaba el mensaje a Koldo. Que ingresaba. Una y otra vez.
En total, más de 3.600 euros repartidos entre estas damas. «Si aún me pudiera deducir de la renta estos donativos, jajaja», bromeó Ábalos con su asesor. Qué tipo tan gracioso, ¿verdad? Con ese sentido del humor que sólo tienen quienes confunden el Ministerio con una ONG de beneficencia privada.
Uno cierra el informe y piensa en Quevedo, en Cervantes, en todos esos escritores que retrataron la miseria moral de su tiempo. Y se da cuenta de que la condición humana no ha cambiado ni un ápice.
Siguen existiendo los poderosos venales, las mozas ambiciosas y los criados serviles. Lo único que ha cambiado es la tecnología. Antes se guardaban las cartas comprometedoras en arcones secretos. Ahora las dejamos en servidores de WhatsApp, a disposición de cualquier juez con una orden judicial.
La Historia, ya lo saben, siempre se repite. La primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Esto que les cuento no es ni tragedia ni farsa. Es simplemente España. Esa España que algunos se empeñan en gobernar como si fuera su cortijo particular, mientras el resto miramos desde la barrera con esa mezcla de indignación y hastío que nos caracteriza.
Y mientras, la justicia sigue su curso. Lenta como un elefante pero segura. Al final, como siempre, implacable.