Un año más, escribo unas líneas dedicadas a las niñas del mundo, en conmemoración de su día internacional. Me parece tan bonito como necesario que las recordemos hoy, para que les permitamos, todos los días del año, seguir desarrollándose libremente y alcanzar la meta de la igualdad.
Hay que empoderar a las niñas para que nuestra sociedad funcione mejor.
Para algunos, el término empoderamiento puede sonar “feminista”; sin embargo, esta palabra, etimológicamente, viene del inglés to empower, que significa “dar poder”, “autorizar”, “fortalecer” o “hacer capaz”. Por tanto, es un término tan positivo como necesario.
El verbo empoderar, según la RAE, se emplea en textos de sociología política con el sentido de “conceder poder [a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente] para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida”.
En sus inicios, el término empoderamiento se aplicaba únicamente a los análisis de género, pero ha pasado a referirse también a otros colectivos vulnerables. Hoy en día se usa con frecuencia en ámbitos como la gestión empresarial y el desarrollo personal.
Cuando hablamos del empoderamiento de las mujeres, nos referimos a un proceso de toma de conciencia, autonomía y control sobre la propia vida. No se trata de “dar poder” desde fuera, sino de reconocer y ejercer el poder propio que históricamente se les ha negado a las mujeres en diversos ámbitos:
• Económico, cuando no tenían —y aún en muchos lugares no tienen— independencia financiera ni acceso al trabajo digno.
• Social y político, cuando no se nos permitía —y aún en muchos lugares sigue sin permitirse— participar en la toma de decisiones o votar.
• Personal, cuando no se fomenta, y muchas veces incluso se reprime, la autoestima, la libertad o la autonomía sobre el propio cuerpo.
Así que el empoderamiento de la mujer, que debe cultivarse desde que nace, solo puede tener connotaciones positivas y transformadoras para favorecer lo que los hombres ya tienen garantizado desde siempre: su autonomía, su libertad y la justicia social.
Es cierto que, en los últimos años y en determinados sectores, esta palabra se ha puesto “de moda” y se la ha vaciado de su verdadero contenido, que es fundamentalmente político y social.
Se ha usado como eslogan en campañas publicitarias de feminismo dogmático, generando quizá confusión sobre su significado real y cierta confrontación con otros sectores donde impera el conservadurismo. Pero el término es claro, y la RAE lo explica muy bien.
En su sentido más profundo, no es solo un concepto motivacional, sino estructural y colectivo, que busca cuestionar las desigualdades de género y transformar las relaciones de poder.
Es cierto que cada vez estamos más cerca de alcanzar esa ansiada igualdad, pero todavía queda un largo camino por recorrer. Y también es cierto que, por haber nacido cuando lo hice y no en 1943, como mi madre, he tenido más oportunidades que las que tuvo ella.
A los 14 años se vio obligada a dejar los estudios para ayudar en casa y, a los 18, se marchó del pueblo a Madrid para trabajar.
Mi madre —y no lo digo solo porque sea mi madre— podría haber estudiado, de haber tenido la oportunidad, lo que hubiera querido. Le sobraba capacidad intelectual.
Es mi musa: inteligente, fuerte, luchadora, trabajadora, una supermujer que, por las circunstancias de su época, se dedicó, como tantas otras, “solo” a la familia y al hogar. Y también a participar en todas las manifestaciones de jóvenes, universitarios o no, que impulsaron el cambio social y las oportunidades de las que hoy disfrutamos.
Y, para ir concluyendo y retomando el concepto que me ha inspirado estas líneas, diría que empoderar a la niña —o a la mujer— significa promover su capacidad real para decidir, actuar y transformar su entorno en igualdad de condiciones que el hombre.
Y en ese proceso de autonomía tiene mucho que ver la conciencia y la acción colectiva. Por tanto, la sociedad en su conjunto debe favorecer —y no poner trabas— para que ese gesto teórico de “dar poder” se convierta en una realidad tangible.
A las niñas de hoy hay que fortalecerlas y darles poder para que mañana no sean las mujeres sometidas de ayer.