Un abogado me contó, hace años, la peculiar forma de conciliar que tenía un juez de familia. Este le llamó al Juzgado y le soltó: “Dígale a su cliente que llegue a un acuerdo con su exmujer y que acepte 1.500 euros mensuales de pensión compensatoria. Porque si no, le pondré el doble en la sentencia”.
A aquella forma de “conciliar” tan peculiar y totalmente rechazable la bauticé como “coacciliación”, y ese título le puse a una ponencia de un curso para jueces en el que tenía que hablar sobre el papel del juez en la mediación.
Esta forma de actuar es, salvando las distancias, la que ha desarrollado Donald Trump en el Acuerdo de Paz entre Hamás e Israel.
El feliz acontecimiento ocurrido estos días ha sido objeto de un reconocimiento mundial casi unánime y una enorme satisfacción general por el fin de un terrible conflicto cuyas imágenes nos golpeaban a diario en las televisiones.
Pretendo analizarlo ahora desde la modesta perspectiva de un mediador cuya misión y vocación es la solución pacífica de los conflictos, aunque los que trate sean internos y mucho menos trascendentes.
En primer lugar, como mediador, siempre he pensado que el conflicto más complicado para resolver por acuerdo en toda la historia era y es el conflicto palestino-israelí.
El hecho de que esa terrible guerra o masacre haya finalizado por acuerdo de alto el fuego entre Hamás e Israel y no por la fuerza de las armas, y haya acabado con decenas de miles de muertos, la mayoría civiles —entre ellos gran número de niños—, es una gran noticia que tiene que alegrar a todo el mundo, cualquiera que sea su ideología o creencia.
También es la confirmación de algo que llevo sosteniendo durante muchos años: cualquier conflicto, por complicado que sea, se puede resolver por acuerdo. Este entendimiento lo confirma y nos puede servir a los mediadores para convencer a las partes de que siempre es posible solucionar los desencuentros.
Valga la anécdota que me ha ocurrido en estos días en una mediación de herencia familiar, en la que una de las partes me decía que su asunto no era como los demás, que el suyo era muy complicado y veía imposible un acuerdo (cosa que suelen decirme casi siempre).
Le contesté: no creo que sea más complicado que el conflicto entre Hamás e Israel y, sin embargo, se ha conseguido un acuerdo.
Por otra parte, de las informaciones que llegaban de las negociaciones con los mediadores internacionales (Catar, Turquía y Egipto), hay un dato que puede llamar la atención, pero que, salvando las distancias —que son muchas—, se suele utilizar en la mediación civil.
El proceso de mediación desarrollado en Egipto nunca se hizo con la presencia conjunta de los representantes de Hamás e Israel, sino negociando por separado.
Aunque llame la atención, en un proceso de mediación es un sistema normal que ya se utilizaba en EE.UU. hace años por algunos mediadores y al que yo había llegado tras una mediación entre hermanos por una herencia en la que su relación había llegado al odio mutuo y me di cuenta de que reuniéndolos no se avanzaba, así que decidí colocarlos en el despacho, pero en salas diferentes, y moverme de una a otra. Así, finalmente, se consiguió el acuerdo.
Pero lo que más me ha llamado la atención es el papel de Trump en todo este proceso de paz.
El presidente norteamericano no ha sido un mediador o conciliador al uso, sino más bien un “coacciliador”. Tampoco es que haya pretendido otra cosa, pues, a pesar de haber escrito en el año 1987 un libro titulado El arte de la negociación, su lema, que ha vuelto a repetir en su intervención en el Parlamento israelí, es que “la paz se consigue por la fuerza”.
Basta ver los mensajes dirigidos a ambas partes en conflicto para “convencerlas” de que llegaran a un acuerdo: a Hamás le advirtió que, si no aceptaba su plan de paz para Gaza, “se desatará un infierno que nunca antes se ha visto”, acompañado de otras frases “disuasorias”.
A Israel parece que lo convenció diciendo que, si no aceptaba el acuerdo, se acababa el suministro de armas y el apoyo de EE.UU., lo que supondría, además, su total aislamiento internacional.
Es verdad que, así y todo, no queda más remedio que dar las gracias a Trump (nunca pensé que llegaría a agradecerle alguna de sus decisiones) y, en este caso, y sin que sirva de precedente: viva la “coacciliación”.