En su séptima novela, Vicente Magro vuelve sobre el terreno de la ciencia-ficción, de la vida después de la vida y del transhumanismo, una nueva corriente que plantea que la muerte no sería un destino inevitable, sino un problema técnico que podría resolverse, en este caso, con ayuda de la inteligencia artificial. Foto: Confilegal.

Vicente Magro vuelve a la novela con un relato sobre la vida después de la vida en «Nunca me marcharé»

8 / 12 / 2025 00:45

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El magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, Vicente Magro, acaba de publicar «Nunca me marcharé«, su séptima novela, en la que se adentra en uno de los territorios más delicados —y menos verbalizados— de la experiencia humana: el duelo, la posibilidad de una conexión espiritual tras la muerte de un ser querido y la frontera entre el escepticismo y la necesidad emocional.

Lejos de cualquier pretensión doctrinal o sobrenatural, Magro sitúa su nueva obra –publicada a través de Amazon por 14,35 euros («un precio muy asequible», afirma)– en un terreno psicológico y humano. “No hablo de la vida después de la muerte, sino de la vida después de la vida”, precisa.

El matiz no es menor.

Para el autor, no se trata de demostrar nada, sino de explorar cómo quienes permanecen vivos afrontan la ausencia irreversible de quienes se van.

El duelo como motor literario

El origen de la novela es profundamente personal. Magro perdió a su padre con solo 21 años, una ausencia temprana que, según reconoce, marcó su forma de entender la pérdida.

“Quizá he querido creer que esa cercanía puede mantenerse, aunque sea psicológicamente”, confiesa. Esa necesidad íntima se convierte en el eje emocional de «Nunca me marcharé«.

La historia sigue a dos personas con cáncer terminal a quienes les comunican que les quedan apenas dos o tres meses de vida. En lugar de hundirse, ambos optan por afrontar el final desde una convicción singular: la de que, tras morir, de algún modo seguirán vinculados a quienes aman.

Acompañados por un psicólogo, intentan preparar a su entorno no para el milagro, sino para un duelo menos devastador.

No lo hacen por ellos, sino por los demás: una madre que dejará huérfano a su hijo de 21 años, familiares que se enfrentan a la pérdida total.

Magro introduce en su novela el transhumanismo como posibilidad de la «inmortalidad» mediante la inteligencia artificial, transfiriendo la mente humana a un soporte digital para que la persona ya no dependa del cuerpo biológico, de modo que aunque el cuerpo muera, la conciencia seguiría existiendo en un sistema artificial, logrando así una forma de «inmortalidad tecnológica».

O creando un duplicado de esa persona con los algoritmos que se han extraído de toda su vida.

En ese sentido, su nueva obra transcurre en el campo de la ciencia-ficción, un terreno en el que se siente muy seguro. Una de sus anteriores novelas, «Expediente Ambar» –de lo mejor que ha escrito en novela Magro– también se mueve por esas vías.

Un tema tabú que muchos callan

Magro sostiene que este es un asunto mucho más extendido de lo que se admite públicamente. “Cuando sacas este tema en una comida, hay un 50% de escépticos rotundos, pero el otro 50% acaba contándote experiencias personales”, afirma.

Sensaciones, presencias, intuiciones, señales. No apariciones espectrales, sino percepciones difíciles de explicar que muchas personas prefieren no compartir por miedo a parecer “raras” o poco racionales.

El magistrado cita algunas encuestas realizadas en Estados Unidos e Inglaterra que dicen que alrededor del 30% de esas poblaciones reconocen haber tenido algún tipo de contacto sensorial o extrasensorial con un fallecido cercano.

“Lo extrasensorial es sobre todo psicológico —matiza—: la sensación de acompañamiento, de apoyo, de que la relación no se ha roto de forma absoluta”, precisa.

Ese silencio social, sostiene, se vuelve más dramático en los casos de muerte prematura, especialmente cuando los hijos fallecen antes que los padres. “Eso no se supera nunca”, sentencia. Y es precisamente ahí donde sitúa la función terapéutica de su novela: no aliviar la muerte, sino el impacto emocional de quienes la sufren.

No ha querido «contaminarse» con lecturas sobre esta temática

Vicente Magro es consciente de la gran actualidad de esta temática gracias, en parte a los libros del doctor Manuel Sans Segarra y Juan Carlos Cebrián, «La Supraconciencia existe: Vida después de la vida» y «Ego y Supraconciencia», publicados en 2024 y 2025 como éxito de ventas; o «¿Qué hay después de la muerte», de Emilio Carrillo, y «Después de la vida: Una revolucionaria investigación científica sobre el duelo y las experiencias cercanas a la muerte», de Cristina Lázaro, que han visto la luz este año.

Sin olvidar, «Al otro lado del túnel. Un camino hacia la luz en el umbral de la muerte», del doctor José Miguel Gaona, de 2012, que contó con el prólogo del doctor Raymond Moody, el psiquiatra pionero en este campo.

En la conversación aparece también el referente cinematográfico de «Más allá de la vida», dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Matt Damon, cuyo personaje posee la capacidad de comunicarse con muertos.

«No es cosa de locos ni de frikis —señala—, también se ha abordado desde el cine serio”.

Confiesa, sin embargo, que no ha querido «contaminarse» de otras lecturas para preservar la originalidad de su obra que no pretende ser otra cosa que una novela. Pero conoce muy bien lo publicado por los clásicos, el mencionado doctor Moody y la desaparecida doctora Elizabeth Kübler-Ross. Esta es una época en la que los tabúes van cayendo uno tras otro.

Sobre los libros de Sans Segarra, sabe que hablan de personas que, «tras haber fallecido aparentemente por causas médicas poco habituales, lograron recuperar la conciencia y volver a la vida. Es un enfoque que me resultó muy interesante, pero mi novela va por otro camino. En ella planteo al lector una reflexión más abierta: ¿qué sucede realmente cuando alguien muere? ¿Todo termina ahí? ¿Nuestra historia personal existe solo mientras estamos vivos y desaparece por completo con la muerte? ¿O alguna vez hemos sentido una presencia cercana que nos haga dudar de eso?».

Creyente, pero lejos del dogma

Magro se declara creyente, pero sorprendido por el escepticismo que detecta incluso entre personas profundamente religiosas. “Jesucristo resucitó, Lázaro también. Entonces, ¿por qué no?”, plantea, sin ánimo de provocar, pero sí de subrayar una contradicción cultural: se aceptan ciertos relatos desde la fe, pero se rechazan de plano las vivencias íntimas de muchos ciudadanos.

Aun así, el autor se cuida mucho de no convertir su obra en un alegato espiritualista. Por eso su apuesta es literaria y psicológica, no metafísica.

Esa prudencia convive, sin embargo, con la avalancha de mensajes privados que asegura estar recibiendo desde la publicación de «Nunca me marcharé»: personas que le relatan vivencias, encuentros imposibles de contar en público, experiencias que por primera vez se atreven a verbalizar. Sensaciones de presencias cercanas, de recibir mensajes concretos que no sabe cómo han aparecido en su mente que les ha llevado a tomar una decisión en determinados momentos, se sentir como si alguien quisiera ayudarle a realizar alguna cosa…

La ficción como espacio seguro

Magro insiste una y otra vez en que «Nunca me marcharé» es, ante todo, una obra de ficción. Pero una ficción que busca generar un efecto real: hacer el duelo “un poco más liviano”, permitir que quien sufre encuentre consuelo en la idea —no en la certeza— de que el vínculo emocional no muere del todo.

“No se trata de ver a nadie en una pared —subraya—, sino de sentir que la relación no se ha roto de golpe, que todavía queda algo”.

En ese “algo” indefinido, íntimo y silencioso, se mueve esta novela que, desde la voz de un magistrado del Supremo, se atreve a explorar uno de los grandes tabúes contemporáneos: cómo aprender a vivir después de la pérdida definitiva.

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