Había una vez un rey llamado Midas que convertía en oro todo lo que tocaba. Aquel desgraciado acabó muriendo de hambre, porque hasta la comida se le volvía metal precioso entre los dedos. Pero en Ucrania, donde la Historia tiene más recovecos que una novela de espías, hay quien decidió apropiarse del nombre sin sufrir las consecuencias del cuento.
Lo que este caso ocupa es una investigación anticorrupción que ha sacudido Kiev como un obús ruso en pleno invierno. Solo que esta vez el misil no viene de Moscú, sino de casa.
La Oficina Nacional Anticorrupción —esa NABU que suena a tribu africana pero es ucraniana de pura cepa— y su hermana la SAPO, llevaban quince meses grabando conversaciones. Mil horas de audio: más material que para escribir Guerra y Paz en versión criminal.
El 10 de noviembre pasado por la mañana, cuando la gente decente desayunaba, estos funcionarios anunciaron que habían descubierto una trama de corrupción del tamaño de la estepa. Setenta registros entre altos funcionarios. Ochenta personas acusadas de soborno, malversación y enriquecimiento ilícito, que es la manera elegante de decir que robaban a manos llenas mientras el país sangraba.
EL NEGOCIO DEL SIGLO
La cosa funcionaba con la elegancia de un reloj suizo fabricado en un mercadillo de Odesa. Los contratistas que querían trabajar para Energoatom —la empresa estatal de energía nuclear, nada menos— debían soltar entre el 10 y el 15 por ciento del contrato. Una comisión, vaya. Como en los buenos tiempos del Ancien Régime, pero con tecnología nuclear de por medio.
Cien millones de dólares blanqueados, dice la NABU. Aunque otros hablan de trescientos. Y mientras estos señores se forraban, millones de ucranianos se quedaban a oscuras cuando los rusos bombardeaban las infraestructuras.
Pero claro, construir defensas para proteger esas infraestructuras era un negocio demasiado jugoso como para dejarlo pasar. Hay quien ve en una guerra una tragedia; otros ven una oportunidad de negocio. Así ha sido siempre, desde que Aquiles peleaba en Troya y alguien vendía espadas a ambos bandos.
LOS PROTAGONISTAS DE ESTA PICARESCA
En toda buena historia hay héroes y villanos. Aquí solo hay villanos, pero unos más interesantes que otros.
Ihor Myroniuk: exasesor del ministro de Energía, hombre con pasado turbio y presente más turbio todavía. Anteriormente trabajó para un político ucraniano fugitivo que ahora es senador ruso.
Este señor, junto con Dmytro Basov —exfiscal reconvertido en jefe de seguridad física de Energoatom—, tomaron el control de todas las compras de la empresa. Como quien toma el control de la bodega en un barco a la deriva.
Pero el rey de esta corte de ladrones tiene nombre y apellido: Timur Mindich, 46 años, productor cinematográfico, empresario con intereses en todos los sectores donde huela a dinero.
Y, detalle no menor, antiguo socio comercial del presidente Zelenski.

MINDICH, O EL AMIGO INCÓMODO
Porque ahí está el problema. Mindich no es un corrupto cualquiera sacado de las cloacas de Kiev. Es copropietario de Kvartal 95, la productora que fundó Zelenski cuando todavía era cómico y no presidente.
Cuando Zelenski llegó al poder en 2019 prometiendo acabar con la corrupción —todos lo prometen, ninguno lo cumple—, traspasó sus acciones. Pero los amigos siguen siendo amigos, y en 2021 el presidente celebraba su cumpleaños en el apartamento de Mindich.
Ahora Mindich tiene un problema. O mejor dicho, Zelenski tiene un problema con Mindich.
El empresario, con olfato de superviviente, salió del país antes de que cayera la redada. Ciudadano israelí, padre de tres hijos menores: salvoconducto perfecto para cruzar la frontera mientras otros ucranianos no pueden ni soñar con largarse.
La ley, como siempre, tiene excepciones para quien sabe aprovecharlas.
El 13 de noviembre Zelenski firmó un decreto de sanciones contra su viejo amigo. Se supone que lo hizo con la misma mano con la que le estrechaba la suya en tiempos mejores.
Así son las cosas en política: hoy brindas conmigo, mañana me condenas.
Kiev, como era de esperar, ha montado el numero de rigor. La primera ministra Yulia Svyrydenko anunció auditorías masivas en todas las empresas estatales. La ministra de Energía dimitió, junto con el exministro Halushchenko.
Dimisiones, auditorías, declaraciones solemnes: el teatro habitual cuando se destapa un escándalo.
Zelenski declaró que «todos los que crearon tramas deben recibir una respuesta procesal clara». Magnífica frase, propia de político curtido.
Aunque uno se pregunta si la respuesta procesal será tan clara cuando toque investigar a fondo los vínculos entre el presidente y el fugitivo Mindich.
LOS ORGANISMOS ANTICORRUPCIÓN, O EL ÚLTIMO BASTIÓN
La NABU y la SAPO nacieron en 2015, tras la Revolución de la Dignidad que echó al presidente prorruso Yanukóvich. Los crearon con dinero y presión europea, porque Bruselas quería ver reformas a cambio de visa libre y fondos del FMI. Organismos independientes para investigar a los peces gordos sin interferencias políticas.
Una idea preciosa sobre el papel.
En julio pasado, el servicio de seguridad ucraniano hizo redadas en la NABU acusándolos de infiltración rusa. Detuvieron a empleados, registraron oficinas. Los organismos anticorrupción dijeron que era una maniobra para debilitar su independencia.
Miles salieron a protestar. Al final, el Parlamento restableció la independencia de estos organismos, pero añadió controles del servicio de seguridad y pruebas de polígrafo cada dos años.
Así que ahora los cazadores de corruptos deben demostrar cada poco que no son espías rusos. Se supone que es el precio de vivir en un país en guerra, donde la paranoia es una virtud y la confianza un lujo que nadie puede permitirse.
EPÍLOGO PROVISIONAL
La Comisión Europea, con esa capacidad infinita para ver el vaso medio lleno que tienen los burócratas de Bruselas, declaró que la investigación demuestra que «las medidas anticorrupción funcionan».
Paula Pinho, portavoz jefe, lo dijo con la convicción de quien nunca ha tenido que apagar una vela porque los rusos bombardearon la central eléctrica.
Lo cierto es que esta investigación es un test. No solo para Ucrania, sino para ver si un país puede luchar en dos frentes: contra los rusos que invaden desde fuera y contra los ladrones que devoran desde dentro. Porque de nada sirve ganar la guerra si pierdes el alma por el camino.
Mientras tanto, Mindich está en algún lugar cómodo, seguramente Tel Aviv, contando su oro como el rey del cuento. Solo que él no morirá de hambre. Los Midas modernos nunca mueren de hambre. Mueren viejos, ricos y en la cama.
Así son las cosas. Así han sido siempre. Continuará, porque estas historias siempre continúan.