Mientras escribo estas líneas, el mundo contiene la respiración. Lo que comenzó el pasado 28 de febrero como la Operación «Roaring Lion» para Israel y «Epic Fury» para Estados Unidos ha derivado, en apenas 48 horas, en algo que desborda con creces una operación militar quirúrgica contra instalaciones nucleares.
La muerte del Líder Supremo Alí Jamenei, la decapitación de la cúpula de seguridad iraní y la represalia indiscriminada de Teherán contra media docena de países de la región sitúan al mundo ante el escenario más peligroso desde la crisis de los misiles de 1962.
Y Europa, esa Europa que se creía espectadora privilegiada de conflictos ajenos, acaba de descubrir que los misiles balísticos iraníes alcanzan Chipre. Es decir, alcanzan suelo de la Unión Europea.
Procede analizar la situación con rigor, sin sesgos y sin condescendencia. Ni el entusiasmo acrítico por la caída de un régimen teocrático ni la condena refleja de toda acción militar occidental aportan claridad. Lo que está en juego es demasiado serio para el maniqueísmo.
LA OPERACIÓN: MÁS ALLÁ DEL PROGRAMA NUCLEAR
La narrativa oficial estadounidense presenta la operación como una respuesta a la amenaza inminente del programa nuclear iraní. El presidente Donald Trump ha declarado que el objetivo era «defender al pueblo estadounidense eliminando amenazas inminentes del régimen iraní».
Sin embargo, un análisis desapasionado revela que esta justificación presenta fisuras considerables.
En primer lugar, conviene recordar que las conversaciones nucleares indirectas entre Washington y Teherán, mediadas por Omán, estaban en curso.
Un segundo «round» negociador estaba previsto en Ginebra. El propio secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, ha denunciado que la operación militar «desperdició una oportunidad para la diplomacia».
En segundo lugar, el alcance de los ataques trasciende ampliamente las instalaciones nucleares: se han golpeado centros de mando, infraestructura militar convencional, sedes de seguridad y, de manera determinante, se ha ejecutado un asesinato selectivo del jefe de Estado de un país soberano miembro de la ONU.
En tercer lugar, las propias declaraciones del presidente Trump —quien ha esbozado un calendario de cuatro semanas para la guerra y ha instado abiertamente a los iraníes a derrocar a su gobierno— apuntan sin ambages a un objetivo de cambio de régimen.
Esto no es una operación de no proliferación. Esto es, en los términos más descarnados del derecho internacional, el inicio de una campaña para la liquidación de un Estado soberano.
EL DERECHO INTERNACIONAL, ESA VÍCTIMA SILENCIOSA
Desde la perspectiva jurídica, la situación es profundamente perturbadora. El artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas obliga a los Estados miembros a abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.
El artículo 51 reconoce el derecho de legítima defensa exclusivamente ante un ataque armado previo. No existe en el derecho internacional —ni convencional ni consuetudinario— un derecho a la guerra preventiva.
Irán no había atacado a Estados Unidos ni a Israel. Irán no había procedido a la «weaponización» nuclear —como reconoció recientemente el propio director de la CIA ante el Congreso—.
Lo que había era un riesgo futuro, una capacidad potencial y unas negociaciones en marcha. Lanzar una campaña militar de esta envergadura durante negociaciones activas sienta un precedente devastador para el orden internacional: cualquier Estado que entre en conversaciones con Washington debe contemplar la posibilidad de ser atacado si el ritmo negociador no satisface a la Casa Blanca.
El embajador ruso ante la ONU lo calificó de «acto de agresión armada no provocado».
El embajador chino lo tildó de «descarado». El embajador iraní habló de «crimen de guerra y crimen contra la humanidad». Podrán discutirse los motivos de cada una de estas reacciones, pero el hecho objetivo es que la comunidad internacional no ha dado cobertura jurídica a esta operación.
Los aliados europeos —Reino Unido, Francia y Alemania— se han limitado a un calculado silencio sobre la legalidad de los ataques, centrándose exclusivamente en condenar la represalia iraní. Esa asimetría dice más que cualquier comunicado.
LA MIRADA REALISTA: MEARSHEIMER Y LA LÓGICA DEL PODER
Pero sería intelectualmente deshonesto limitarnos al análisis jurídico-formal. El derecho internacional describe cómo debería funcionar el mundo; el realismo ofensivo de John Mearsheimer describe cómo funciona realmente.
Y desde esa óptica, la Operación «Epic Fury» adquiere un sentido diferente y más inquietante.
Mearsheimer, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y probablemente el teórico de relaciones internacionales más influyente de nuestra época, venía advirtiendo con notable clarividencia sobre este escenario.
En sus intervenciones de febrero de 2026, apenas días antes de los ataques, argumentó que el verdadero objetivo estadounidense-israelí nunca fue la no proliferación nuclear, sino «desestabilizar el régimen y destruir el país», siguiendo lo que él denomina «el manual de siempre».
Su análisis del 15 de enero describió con precisión la estrategia: primero las protestas internas, luego la presión económica máxima, y finalmente la intervención militar cuando las anteriores fases no producen los resultados deseados.
La perspectiva realista revela tres elementos que el análisis jurídico convencional no alcanza a capturar. Primero, la cuestión nuclear es, en términos de Mearsheimer, un pretexto —un «strawman»— más que la causa real.
Irán había declarado reiteradamente que no buscaba armas nucleares. El propio ministro de Exteriores iraní, justo antes del discurso sobre el Estado de la Unión de Trump, afirmó: «Nuestras convicciones fundamentales son cristalinas: Irán nunca desarrollará armas nucleares bajo ninguna circunstancia».
Pero esa declaración fue ignorada porque la no proliferación no era el objetivo real.
Segundo, Mearsheimer planteaba una pregunta que los analistas convencionales evitan: ¿por qué atacar ahora, precisamente cuando las negociaciones avanzaban?
La respuesta, según su análisis, no se encuentra en Washington ni en Jerusalén, sino en Moscú y Pekín. Los informes sobre el envío de misiles antiportaaviones chinos a Irán y los sistemas S-400 rusos habrían creado un «reloj en cuenta atrás»: la ventana de oportunidad militar se cerraba.
Si Irán consolidaba esas capacidades defensivas, la superioridad aérea occidental —clave de toda la operación— se vería comprometida. La lógica del poder, no la del derecho, dictó el calendario.
Tercero, y quizá lo más relevante para Europa, Mearsheimer señalaba que los Estados del Golfo —Arabia Saudí incluida— empiezan a percibir el tándem Estados Unidos-Israel, y no a Irán, como la principal amenaza para la estabilidad regional.
Si esta percepción se consolida, la destrucción de Irán no traerá paz sino que embolsará a Washington y Tel Aviv para perseguir políticas aún más temerarias en la región. Mearsheimer advertía literalmente de que Irán, «por su posición geoestratégica extremadamente sensible en la pugna entre grandes potencias, podría ser nuestra puerta de entrada a la Tercera Guerra Mundial».
El realismo ofensivo nos enseña que las grandes potencias buscan maximizar su seguridad a través de la dominación. Lo que estamos presenciando no es tanto una anomalía del sistema internacional: es su lógica llevada a sus últimas consecuencias.
Y esa lógica, despojada de toda retórica moral, dice algo que debería aterrorizar a Europa: en un mundo donde la fuerza prevalece sobre las normas, donde los tratados se desgarran y la guerra preventiva se convierte en política, la pregunta ya no es quién tiene la razón jurídica, sino cuánto tiempo puede este orden en descomposición soportar sus propias contradicciones antes de colapsar.
EUROPA EN LA DIANA: CHIPRE Y EL DESPERTAR BRUTAL
Si algún europeo pensaba que este conflicto era un asunto lejano entre potencias de Oriente Medio, la madrugada del 2 de marzo le ha proporcionado un correctivo brutal.
Un dron impactó en la base británica de Akrotiri en Chipre, causando daños limitados pero un «shock» político mayúsculo. Horas antes, el secretario de Defensa británico John Healey había confirmado que dos misiles balísticos iraníes fueron lanzados «en dirección a Chipre», cayendo en aguas del Mediterráneo.
Chipre es Estado miembro de la Unión Europea. Chipre ostenta actualmente la Presidencia rotatoria del Consejo de la UE.
Que misiles iraníes, sean o no intencionados contra objetivos europeos, atraviesen el espacio aéreo de un Estado de la Unión es un hecho de gravedad excepcional.
La Unión Europea ha cruzado, sin proponérselo, una línea roja que la convierte en parte potencial del conflicto. Las bases soberanas británicas en Chipre —que el primer ministro Starmer ha autorizado para uso estadounidense con fines «defensivos»— convierten a la isla en un objetivo militar legítimo desde la perspectiva iraní. Y lo que es legítimo para Teherán se proyecta, inevitablemente, sobre la seguridad del conjunto de la Unión.
La Alta Representante Kaja Kallas ha calificado la situación de «peligrosa». Los ministros de Exteriores de la UE han advertido de «consecuencias económicas impredecibles».
Von der Leyen ha convocado una reunión extraordinaria del Colegio de Seguridad y Defensa para este lunes.
El comunicado del Consejo pide «máxima contención», «protección de civiles» y «pleno respeto al derecho internacional». Pero detrás de esta prosa diplomática late una realidad inquietante: Europa no tiene ni la capacidad militar autónoma ni la voluntad política unificada para gestionar una crisis de esta magnitud.
LAS TRES TRAMPAS QUE ACECHAN A EUROPA
La primera trampa es energética. Desde 2022, la UE ha sustituido progresivamente el suministro energético ruso por importaciones del Golfo Pérsico, que se han más que triplicado hasta alcanzar los 58.400 millones de euros.
Un cierre del estrecho de Ormuz —que Irán ya ha iniciado parcialmente— provocaría una crisis de precios energéticos superior a la causada por la ruptura con Rusia.
Europa absorbería, una vez más, el grueso del impacto económico de una decisión militar adoptada en Washington sin su consentimiento ni participación.
La segunda trampa es migratoria. Irán tiene 93 millones de habitantes, más de cuatro veces la población de Siria al inicio de la guerra civil que generó la crisis de refugiados de 2015-2016.
Además, Irán alberga aproximadamente seis millones de refugiados afganos. Un conflicto prolongado o un colapso del Estado iraní generaría flujos migratorios que convertirían la crisis siria en un episodio menor. Y esos flujos se dirigirían, inevitablemente, hacia Europa.
La tercera trampa es geoestratégica y es quizá la más peligrosa. El conflicto de Irán no es un asunto bilateral entre Washington y Teherán.
Es una pieza del gran tablero de la competición entre potencias. China compró más del 80% del petróleo exportado por Irán en 2025. Rusia ha suministrado sistemas de defensa aérea S-400, cazas Su-35 y tecnología radar avanzada a Teherán.
Los informes más alarmantes apuntan al envío de misiles antiportaaviones chinos a Irán, una transferencia que, de confirmarse, habría acelerado el calendario militar estadounidense.
La destrucción de infraestructura iraní financiada por China —como el puerto de Bandar Abbas, nodo del Corredor Internacional Norte-Sur y la Ruta de la Seda— golpea directamente los intereses estratégicos de Pekín y Moscú.
Paradójicamente, los analistas de Chatham House señalan que un Irán debilitado se volvería aún más dependiente diplomática, económica y tecnológicamente de China. Estados Unidos podría estar, sin pretenderlo, construyendo la mayor zona de influencia china en Oriente Medio.
EL ESCENARIO QUE NADIE QUIERE CONTEMPLAR
Trump ha esbozado un calendario de cuatro semanas. Cuatro semanas para doblegar a un país de 93 millones de habitantes con una geografía formidable, unas fuerzas armadas degradadas pero no destruidas, y una red de proxies que abarca desde el Líbano hasta Yemen.
La historia militar está repleta de campañas que iban a durar semanas y se prolongaron durante años. Irak fue la más reciente y dolorosa demostración.
Si el conflicto se prolonga —y hay razones sólidas para pensar que lo hará—, Europa se encontrará atrapada en un trilema imposible.
Apoyar activamente a Estados Unidos significa asumir los costes militares, económicos y migratorios de una guerra que no ha decidido.
Oponerse significa una ruptura con Washington en el peor momento posible, con la guerra de Ucrania aún sin resolver y la amenaza rusa vigente.
Y la neutralidad activa, la tercera vía que algunos propugnan, requiere una autonomía estratégica que Europa lleva décadas prometiendo y jamás ha construido.
El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha revelado un dato escalofriante: las unidades militares iraníes están actuando «de forma independiente» basándose en «instrucciones generales dadas con anterioridad».
Es decir, el aparato militar iraní, tras la decapitación de su cadena de mando, funciona en modo autónomo. Esto eleva exponencialmente el riesgo de escaladas no calculadas, ataques indiscriminados y errores fatales. Irán ha lanzado misiles contra Qatar, Emiratos Árabes, Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin y Jordania, países que en muchos casos habían ejercido de mediadores.
Es la lógica del Estado desesperado que golpea sin discriminación.
CONCLUSIÓN: EUROPA DEBE DESPERTAR
Lo que estamos presenciando no es una operación militar limitada contra el programa nuclear iraní.
Es el inicio potencial de una reconfiguración violenta de Oriente Medio, decidida unilateralmente por Washington y Tel Aviv, cuyos costes recaerán desproporcionadamente sobre Europa, los pueblos de la región y el orden internacional basado en reglas que, con todas sus imperfecciones, ha mantenido una precaria paz global durante ochenta años.
Europa necesita, con urgencia, tres cosas.
Primera, una posición jurídica coherente que no aplique selectivamente el derecho internacional según la identidad del actor.
Segunda, una estrategia energética y migratoria de emergencia que anticipe los escenarios más adversos.
Tercera, y más fundamental, una capacidad de defensa y diplomacia autónoma que le permita no ser un mero espectador de las decisiones de otros.
El dron que impactó en Akrotiri esta madrugada no llevaba solo explosivos. Llevaba un mensaje: la era en que Europa podía delegar su seguridad y desentenderse de las consecuencias ha terminado. La pregunta es si los líderes europeos serán capaces de leerlo a tiempo.