Opinión | «Epic Fury, Epic Decline»: Cómo Estados Unidos está acelerando su propia decadencia

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica que a pesar de que el presupuesto de defensa de los EE.UU. para 2026 es de 839.000 millones de dólares es insuficiente para cubrir todos los frentes y su base industrial es incapaz de reponer los misiles que se consumen.

9 / 03 / 2026 05:42

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Hay guerras que se ganan en el campo de batalla y se pierden en la historia. La Operación Epic Fury, lanzada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos e Israel contra Irán, puede que consiga destruir infraestructura nuclear y descabezar un régimen teocrático, lo cual no es sencillo que llegue a suceder.

Pero su verdadero legado no se medirá en objetivos destruidos ni en líneas de frente, sino en lo que está revelando —y acelerando— sobre el declive estructural de la primera potencia mundial. Porque esta guerra no es la causa de la decadencia estadounidense: es su síntoma más elocuente.

Lo que sigue no es un ejercicio de antiamericanismo. Es un análisis frío de los números, las dinámicas y las consecuencias que ninguna retórica triunfalista podrá ocultar cuando se disipe el humo de los bombardeos.

1. La trampa fiscal: una guerra que se paga con deuda

Cuando se lanzó Epic Fury, la deuda pública bruta de Estados Unidos superaba los 38,5 billones de dólares, según datos del Departamento del Tesoro actualizados a febrero de 2026. Solo en el último año, la deuda ha crecido a un ritmo medio de más de 6.400 millones de dólares al día.

Trasladado a términos per cápita, cada hogar estadounidense soporta ya más de 286.000 dólares en deuda federal.

El coste de la guerra se superpone a esta realidad como una losa adicional. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) estima que las primeras cien horas de operaciones costaron 3.700 millones de dólares, es decir, casi 900 millones diarios.

El Penn Wharton Budget Model sitúa el coste directo total, si la campaña supera los dos meses, entre 40.000 y 95.000 millones, con un impacto económico agregado que podría alcanzar los 210.000 millones. Y el Pentágono ya trabaja en una solicitud de gasto de emergencia por valor de 50.000 millones de dólares, repitiendo el patrón de los fondos OCO (Overseas Contingency Operations) que financiaron Irak y Afganistán fuera de los controles presupuestarios ordinarios y que acumularon más de dos billones de dólares antes de ser clausurados en 2021.

Mientras tanto, los intereses de la deuda se han convertido ya en una de las partidas mayores del presupuesto federal. La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) proyecta que el coste neto de intereses alcanzará el 14,5 % del gasto total en 2028, y en 2026 los pagos por intereses superarán por primera vez el billón de dólares anuales.

Dicho con brutal claridad: Estados Unidos ya paga más en intereses que en defensa. Librar una guerra a crédito cuando ya se destina más dinero a servir la deuda que a financiar el ejército no es proyección de fuerza. Es inercia imperial.

2. La guerra de atrición invertida: cuando el escudo se consume más rápido que la espada

El dilema más inquietante de esta guerra no es cuánto cuesta, sino qué consume.

En las primeras 36 horas, fuerzas estadounidenses e israelíes dispararon más de 3.000 municiones de precisión e interceptores.

Solo en misiles THAAD (Terminal High Altitude Area Defense), el conflicto con Irán —incluyendo la guerra de los Doce Días de junio de 2025— ha devorado ya en torno al 25 % del inventario total, según cálculos del CSIS y medios estadounidenses.

El secretario de Estado Marco Rubio reconoció públicamente la asimetría: Irán produce más de cien misiles al mes; Estados Unidos fabrica seis o siete interceptores en el mismo periodo.

Esta ecuación es devastadora en términos estratégicos. Cada interceptor THAAD cuesta unos 12,7 millones de dólares; muchos de los drones iraníes que derriba cuestan una fracción mínima de esa cifra.

«Cada misil que se dispara sobre Irán es un misil que no estará disponible para defender Taiwán. Y China lo sabe. Pekín no necesita intervenir: le basta con observar, calcular y esperar».

Es una relación coste-intercepción de 106 a 1, según algunos cálculos. Irán no necesita ganar batallas: le basta con obligar a Estados Unidos a disparar, forzando un desgaste asimétrico que ninguna base industrial puede sostener indefinidamente.

Ryan Brobst, de la Foundation for Defense of Democracies, lo expresó sin ambigüedad: «Mi principal preocupación no es que no tengamos suficientes municiones para este conflicto con Irán, sino el día después y nuestra capacidad de disuadir a China».

Y un informe de la Heritage Foundation de enero de 2026 advirtió de que, en un escenario de combate sostenido con el Ejército Popular de Liberación chino, los interceptores de gama alta se agotarían en días, algunos sistemas tras apenas dos o tres salvas.

Dicho de otro modo: cada misil que se dispara sobre Irán es un misil que no estará disponible para defender Taiwán. Y China lo sabe. Pekín no necesita intervenir: le basta con observar, calcular y esperar.

3. El dólar como arma y como víctima: la erosión del privilegio exorbitante

La posición del dólar como moneda de reserva mundial es el cimiento sobre el que descansa la capacidad estadounidense de financiar déficits crónicos, guerras lejanas y un nivel de vida que sus fundamentos económicos, por sí solos, ya no justifican. Pero ese cimiento se agrieta.

Según datos del FMI, la participación del dólar en las reservas mundiales de divisas ha descendido del 73 % en 2001 al entorno del 59 % en 2024, su nivel más bajo en dos décadas. J.P. Morgan señala que la desdolarización es especialmente visible en los mercados de materias primas, donde una proporción creciente de energía se cotiza en contratos no denominados en dólares.

Rusia y China liquidan ya el 90 % de su comercio bilateral en rublos y yuanes. El New Development Bank de los BRICS se ha fijado el objetivo de realizar el 30 % de sus préstamos en monedas locales para 2026.

La guerra contra Irán cataliza esta tendencia de múltiples formas. La interrupción del tráfico por el estrecho de Ormuz —por donde transita el 20 % del petróleo mundial— dispara los precios energéticos y hace más atractivas las alternativas de liquidación en monedas no dolarizadas.

Cada nueva sanción, cada congelación de activos, cada uso del sistema financiero como arma geopolítica refuerza el incentivo de terceros países para buscar vías de escape.

Como señaló un análisis de Asia Times, la utilización agresiva de sanciones —desde la exclusión de Rusia de SWIFT hasta las restricciones secundarias sobre Irán— ha transformado la percepción del dólar: de activo seguro a vulnerabilidad potencial para cualquier país que mantenga relaciones complejas con múltiples potencias.

Nadie está prediciendo el colapso inminente del dólar.

El proceso se parece más a la decadencia de la libra esterlina, que tardó décadas en perder su primacía.

Pero cada guerra, cada sanción, cada déficit financiado con emisión de deuda acorta ese calendario. Y la infraestructura financiera moderna —pagos digitales, CBDC, sistemas como mBridge— permite transiciones más rápidas que en cualquier época anterior.

4. El aislamiento diplomático: una guerra sin aliados

Epic Fury se lanzó prácticamente sin consulta previa con los aliados europeos. El Council on Foreign Relations lo describió con precisión quirúrgica: tras dejar a Europa al margen de la captura de Maduro en Venezuela, Estados Unidos emprendió una operación militar masiva en Oriente Medio sin apenas comunicación con sus socios trasatlánticos, esperando sin embargo poder usar sus bases y recibir su apoyo.

La respuesta europea ha sido reveladora. Francia ha adoptado una posición crítica con el fundamento jurídico de la operación, advirtiendo de que la acción militar fuera del derecho internacional socava la estabilidad global.

España ha protestado abiertamente y ha denegado el uso de bases españolas a fuerzas estadounidenses e israelíes, dañando las relaciones bilaterales con Washington.

El primer ministro británico Starmer ha intentado un equilibrio precario que no satisface a nadie, restringiendo inicialmente el uso de Diego García antes de rectificar parcialmente.

Las Naciones Unidas y numerosos países no involucrados han condenado los ataques o han declarado que socavan la estabilidad regional.

El dato más significativo es que las reacciones ya no siguen el patrón clásico de alineamiento automático con Washington.

Europa, que en 2025 aún intentaba una estrategia de apaciguamiento hacia la Administración Trump, ha comenzado a actuar de forma más autónoma: la UE aprobó a finales de 2025 un paquete de 90.000 millones de euros en deuda conjunta para sostener a Ucrania, sin esperar el visto bueno de Washington.

La guerra contra Irán está funcionando como el catalizador definitivo de la emancipación estratégica europea, no por antiamericanismo ideológico, sino por puro instinto de supervivencia.

5. La sobreextensión imperial: de Paul Kennedy a la Operación Epic Fury

En 1987, el historiador Paul Kennedy publicó Auge y caída de las grandes potencias, donde argumentó que los imperios declinan cuando sus compromisos militares exceden su capacidad económica para sostenerlos.

Llamó a este fenómeno «sobreextensión imperial» (imperial overstretch). Lo que entonces era teoría académica hoy es contabilidad verificable.

Estados Unidos mantiene simultáneamente compromisos de seguridad en Europa (OTAN), en el Indo-Pacífico (contención de China), apoyo militar a Ucrania e Israel, y ahora una guerra abierta contra Irán que ya se ha extendido a Líbano y amenaza con arrastrar a Turquía.

Todo ello con un presupuesto de defensa de 839.000 millones de dólares para el año fiscal 2026 —enorme en términos absolutos, pero insuficiente para cubrir todos los frentes— y con una base industrial incapaz de reponer los misiles que se consumen.

«Pekín no necesita ganar guerras: le basta con que Estados Unidos siga perdiéndolas en términos económicos».

La Brown University ha documentado que, desde octubre de 2023, el gasto acumulado de Estados Unidos vinculado a los conflictos post-7 de octubre supera los 33.000 millones de dólares, y eso antes de las operaciones de Epic Fury.

Cuando se suman los costes de reposición de armamento, atención a veteranos y servicio de deuda generado, el patrón es idéntico al de Irak y Afganistán: guerras cuyo coste real solo se conoce una década después, cuando ya es impagable.

Y mientras Washington gasta en Oriente Medio, China invierte.

En infraestructura propia, en la Ruta de la Seda, en dominar las cadenas de suministro de minerales críticos, en producir el 60 % de las tierras raras del planeta —las mismas que necesitan los misiles THAAD y los cazas F-35—.

Pekín no necesita ganar guerras: le basta con que Estados Unidos siga perdiéndolas en términos económicos.

6. Las Casandras desatendidas: Brzezinski, Kissinger y la profecía cumplida

Lo más demoledor de «Epic Fury» no es que nadie advirtiera de sus riesgos. Es que lo hicieron las mentes más brillantes de la política exterior estadounidense, y fueron sistemáticamente ignoradas.

Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional de Carter y arquitecto de la estrategia que contribuyó al colapso soviético, fue el más explícito.

En 2007, testificando ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, calificó la guerra de Irak de «calamidad histórica, estratégica y moral» y advirtió de un escenario que hoy se lee como profecía: un fracaso en Irak seguido de acusaciones contra Irán, una provocación y, finalmente, una acción militar «defensiva» que «hundiría a una América solitaria en un atolladero creciente que se extendería por Irak, Irán, Afganistán y Pakistán».

En 2012, fue aún más directo: calificó un ataque a Irán de «acto de absoluta irresponsabilidad» y «potencialmente una inmoralidad significativa», advirtiendo de que incendiaría el Golfo Pérsico, multiplicaría por tres o cuatro el precio del petróleo y haría a Europa aún más dependiente energéticamente.

Su pregunta retórica resuena hoy con fuerza trágica: «La disuasión funciona. ¿Cuál es el beneficio para nosotros?».

Brzezinski no estaba solo. En 2004, copresidió con Robert Gates —futuro secretario de Defensa— un influyente informe del Council on Foreign Relations titulado Iran: “Time for a New Approach”, que pedía abandonar la política de no compromiso y buscar el diálogo directo con Teherán.

Gates, Brzezinski y Brent Scowcroft —los tres «realistas» que habían gestionado el final de la Guerra Fría— coincidían en que la confrontación militar con Irán era el peor de los escenarios posibles.

Hasta Kissinger, que nunca descartó la opción militar como último recurso, advirtió de sus límites con una clarividencia que la actual Administración debió releer. En una conferencia en Westmont College declaró: «Una guerra con Irán sería un esfuerzo muy largo y prolongado. No se puede resolver con un solo ataque aéreo».

Y añadió una observación que resume décadas de sobreextensión imperial: «En mi vida pública he visto a Estados Unidos entrar en cuatro guerras con gran entusiasmo que, en un período muy breve de tiempo, se transformaron en un debate interno sobre la velocidad de retirada.

No podemos librar guerras con el propósito de retirarnos. Tenemos que tener alguna idea de lo que queremos construir».

Epic Fury es la refutación práctica de todo lo que estos estrategas aconsejaron. Se ha elegido exactamente la opción que los cerebros más reputados de la política exterior americana —de ambos partidos, de distintas generaciones, de escuelas intelectuales rivales— consideraban la más peligrosa.

No es que no hubiera mapa de carreteras para evitar este precipicio. Es que se condujo hacia él a sabiendas.

7. El coste invisible: la demolición del poder blando

Hay una dimensión del declive que no aparece en los balances pero que puede ser la más irreversible. Estados Unidos construyó su hegemonía posbélica no solo sobre portaaviones y dólares, sino sobre una idea: que el orden liberal basado en reglas beneficiaba a todos. Que la ley internacional importaba. Que el poder se ejercía con legitimidad.

Epic Fury dinamita esta narrativa. La guerra se lanza sin autorización del Congreso, como ha subrayado el Institute for Policy Studies. Se ejecuta sin consulta a los aliados, como documenta el Council on Foreign Relations.

Se justifica invocando una amenaza nuclear que las negociaciones de febrero pudieron haber abordado por vía diplomática.

Y se acompaña de un cambio de régimen que recuerda peligrosamente a Irak en 2003 —con la diferencia de que ahora ni siquiera se pretende buscar una resolución de Naciones Unidas.

China aprovecha este vacío narrativo con precisión quirúrgica. Como señalan analistas citados por CNN, Pekín utilizará la intervención en Irán para reforzar ante el Sur Global su mensaje de que Washington actúa como potencia hegemónica, mientras China se presenta como campeón de la no injerencia.

No importa cuánto de cinismo haya en esa posición: lo que importa es que resulta creíble para una mayoría del planeta que ya mira a Estados Unidos con más recelo que admiración.

Conclusión: no es una guerra contra Irán, es una guerra contra el tiempo

El error fundamental del análisis convencional sobre Epic Fury es medirla en términos de éxito o fracaso militar. Incluso si Estados Unidos logra todos sus objetivos declarados —destruir la capacidad nuclear iraní, desmantelar su programa de misiles, facilitar un cambio de régimen—, habrá acelerado su propio declive.

Porque el coste no es solo financiero: es estratégico (arsenales agotados frente a China), monetario (erosión del dólar), diplomático (aliados que dejan de seguir), moral (un relato liberal que ya no convence) e intelectual (las advertencias de sus propios sabios, desoídas con arrogancia).

La verdadera guerra que libra Estados Unidos no es contra Irán. Es contra el tiempo. Contra la inercia de un modelo imperial que exige mantener compromisos militares globales con una economía que ya no puede financiarlos sin endeudarse exponencialmente, con una base industrial que no puede reponer lo que gasta, con aliados que empiezan a buscar su propio camino, y con rivales que han aprendido que la mejor estrategia frente al imperio es dejarle que se desgaste solo.

Europa —y España en particular— debe extraer la lección correcta de este episodio.

No se trata de celebrar el declive americano, que nos afectará a todos, sino de asumir que el paraguas de seguridad transatlántico ya no es fiable, que la autonomía estratégica no es un lujo sino una necesidad, y que seguir atando nuestro destino a una potencia que gasta más en intereses de deuda que en defensa es un ejercicio de fe, no de política exterior.

Porque la decadencia de un imperio no la decretan sus enemigos. La aceleran sus propias decisiones.

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