Si los duelos británicos tuvieran un premio, uno de los candidatos sería el que protagonizó en 1772 el joven Richard Brinsley Sheridan, mucho antes de convertirse en uno de los oradores más temidos del Parlamento de Westminster.
Todo empezó, como sucede en estos casos, por una mujer.
Elizabeth Linley era una joven de extraordinaria belleza y notoriedad en la distinguida sociedad de Bath.
Pero también tenía la desgracia de ser perseguida con insistencia por el capitán Thomas Mathews, un oficial del ejército que, al recibir calabazas, terminó por difundir feas insinuaciones sobre ella.
Y aquello, en la Inglaterra del siglo XVIII, no era simplemente una grosería; era una provocación al honor.
Así que Sheridan, que apenas contaba veinte años, decidió que el asunto no podía quedar así y que tocaba resolverlo según los cánones de la época.
Es decir, a espadazo limpio.
El duelo entre Sheridan y el capitán Mathews tuvo lugar el 2 de julio de 1772 en un pub de Covent Garden, en pleno Londres georgiano.
Allí, en una gran sala apartada, con padrinos vigilando cada movimiento y la tensión de quienes saben que un error puede costar un buen pinchazo, los duelistas mostraron sus espadas.
Y como en el famoso duelo entre Stewart Granger y Mel Ferrer en “Scaramouche”, los espadachines se batieron el acero a fondo, acompañando sentidas exaltaciones a la madre de cada uno.
Hasta que Sheridan logró herir al capitán en una pierna, lo que puso fin al duelo sin que ninguno quedara mortalmente herido.
Los padrinos declararon el honor satisfecho y, ale, cada uno a su casa.
Pero al poco, empezaron a circular rumores envenenados insinuando que la pelea no había sido limpia y que al capitán Mathews le habían hecho la cama.
Aquello era peor que perder el duelo; significaba quedar como un gilipollas.
Y como eso no se podía permitir, fue entonces el capitán quien exigió satisfacción.
Tan sólo dos días después del primer ajuste de cuentas, el 4 de julio de 1772, ambos hombres volvieron a encontrarse en mangas de camisa, esta vez en Kingsdown, en un campo cerca de Bath.
El amanecer apenas iluminaba el campo cuando las espadas volvieron a desenvainarse, lejos de miradas chismosas.
Y como ya se tenían ganas, el combate se convirtió rápidamente en una lucha sin cuartel entre fango y acero.
Según cuentan las crónicas, Sheridan recibió varias estocadas, entre ellas una especialmente profunda en el costado, y su espada terminó partiéndose en mitad del combate.
En ese punto, el duelo dejó de parecerse a un ejercicio de caballerosidad y se convirtió en una pelea de quinquis en Carabanchel.
Ambos se agarraron, rodaron embarrados y siguieron intentando atravesarse con lo que les quedaba de fuerzas y de espada.
Total que, cuando los padrinos lograron finalmente separarlos, Sheridan estaba gravemente herido y apenas podía mantenerse en pie.
Hubo que trasladarlo de inmediato y, durante varios días, se temió por su vida.
Mathews, por su parte, tampoco salió ileso del segundo encuentro y acabó abandonando Inglaterra poco después, con la reputación tan agujereada como su camisa.
Finalmente, y contra todo pronóstico, Sheridan sobrevivió con el tiempo y acabó casándose con la bella Elizabeth, convirtiéndose en uno de los grandes nombres de la política y del teatro británico de su tiempo.
Lo interesante de toda esta historia es que, incluso en medio de semejante brutalidad cuchillera, todo había seguido un procedimiento con padrinos, reglas, un lugar acordado, turnos y formalidades.
Y es que en Inglaterra, ese respeto casi religioso por las reglas y el ‘fair play’ es exactamente lo que vuelve a aparecer, dos siglos después, en el caso que nos ocupa.
Porque aunque ya no hay espadas ni duelos tabernarios, sí hay algo muy británico: una disputa con reglas previamente pactadas.
¿Pero qué pasa cuando una de las partes intenta cambiarlas en pleno combate?
UN DUELO NO POR DINERO SINO POR LAS REGLAS DEL JUEGO
Recordarán los lectores que dejamos a nuestros protagonistas en medio de un berenjenal que, aunque giraba en torno al dinero, y mucho, había terminado girando alrededor del arbitraje en sí.
El conflicto nacía de varios contratos de suministro de armamento y cohetes destinados a Ucrania, sometidos a arbitraje en Londres, conforme a las ‘LCIA Rules 2020’.
Hasta ahí, nada extraordinario, pero la cláusula establecía, además, que el litigio debía resolverse mediante un ‘Expedited Procedure’ y “sobre la base de pruebas documentales solamente”.
Es decir, un arbitraje rapidito, con papeles y sin teatro.
El comprador activó esa cláusula y demandó al vendedor en dos arbitrajes paralelos, reclamando la devolución de pagos a cuenta, ya que nunca recibió el material comprado.
El vendedor, naturalmente, defendía que quien incumplía era el comprador por dejar facturas sin pagar.
Hasta aquí, el típico intercambio de simpáticos reproches.
El problema surgió cuando el árbitro único rechazó consolidar ambos arbitrajes en un único procedimiento y permitir el interrogatorio de testigos y peritos, tal como pedía el vendedor.
Pero además, dejó caer que unificar los procedimientos le exigiría redibujar parte de los borradores de los laudos ya redactados.
Y es que cuando un árbitro te tiene preparados los borradores de laudos, eso no es impulso, sino que el duelo ya está decidido.
Ahí fue exactamente donde dejamos la historia la semana pasada.
AL OTRO LADO DEL RÍO PECOS: EL ARBITRAJE ANTE LA ‘HIGH COURT’
Viendo el percal, el vendedor hizo entonces lo que un duelista procesal haría cuando sospecha que el tema se le está torciendo.
Tratar de sacar el asunto de las garras del árbitro y llevarlo ante el juez, a ver si cuela.
Y es que, como ya saben los aficionados al arbitraje inglés, la ‘Arbitration Act 1996’ permite acudir a la ‘High Court’ en circunstancias muy concretas.
No para reabrir el fondo del asunto, lo cual sería una herejía en Londres, sino para corregir irregularidades graves o, en casos muy determinados, cuestionar al propio árbitro.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquí.
El vendedor cruzó el Támesis y presentó dos ataques de caballería en pinza, al mejor estilo austrohúngaro.
El primero fue pedir directamente la remoción del árbitro, es decir, su cabeza en bandeja.
Y es que si el árbitro ya estaba hablando de “borradores de laudo”, existían dudas razonables sobre su imparcialidad o, como mínimo, sobre su predisposición a resolver sin el resto de pruebas.
Pero el segundo movimiento fue todavía más ambicioso, alegando “graves irregularidades” en la llevanza del arbitraje.
Según su tesis, impedir los interrogatorios en un caso de tal envergadura vulneraba el deber fundamental del árbitro de actuar de forma justa entre las partes, recogido en la famosa ‘section 33’ de la ley arbitral.
Aparentemente, la jugada procesal era perfectamente legítima.
Pero el verdadero objetivo era otro, como habrán observado los más suspicaces.
Y es que el vendedor pidió que, mientras este follón se resolvía, la ‘High Court’ ordenara la suspensión de los arbitrajes, ya que permitir su continuación podría causar un daño irreparable.
El problema es que esa petición planteaba una cuestión bastante difícil de digerir para el estómago inglés.
Porque si cada vez que una parte cuestiona al árbitro, el procedimiento se detiene, el arbitraje deja de ser un tren bala y se convierte en un tranvía con paradas cada dos calles.
Por eso, la respuesta de Mr Justice Butcher, y aquí empieza lo verdaderamente interesante, fue tan británica como el mismísimo Big Ben.
SUSPENDER O NO SUSPENDER, HE AQUÍ LA CUESTIÓN
Pues el juez empezó con la flema de quien ha visto ya muchas maniobras procesales en la oscuridad.
Efectivamente, a Mr Justice Butcher no se le escapó que lo que se pedía no era sólo cuestionar al árbitro o denunciar irregularidades, sino tirar del freno de emergencia.
El problema es que el sistema arbitral inglés está diseñado precisamente para evitar ese tipo de estrategias.
Por eso, la ‘Arbitration Act 1996’ descansa sobre una idea muy sencilla:
Si las partes han elegido el arbitraje, este debe seguir su curso con la menor interferencia judicial posible.
En caso contrario, el juez se arriesga a querer ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro.
Por ello, Mr Justice Butcher recordó que la propia ley arbitral inglesa prevé que, aunque se impugne al árbitro, el arbitraje puede continuar y el árbitro puede incluso dictar el laudo mientras se tramita el incidente.
De ahí que pretender detener el procedimiento, simplemente porque una de las partes ha decidido atacar al árbitro, sería abrir la puerta a tácticas procesales dilatorias cada vez que el asunto se le complica.
Y esto, en Inglaterra y Gales, pues no se premia.
Una medida así solo tendría sentido en el supuesto ya clásico de que el arbitraje fuese claramente abusivo y opresivo contra alguna de las partes.
¿Y ocurría esto aquí?
Para el juez Butcher, que el árbitro decidiera tramitar los casos de forma separada, sobre la base de documentos, o que rechazara el interrogatorio de los testigos, podía gustarle más o menos a una de las partes.
Pero no convertía el procedimiento en abusivo.
Al fin y al cabo, recordó que eso era exactamente lo que las partes habían pactado.
Así que, con suma elegancia y sin necesidad de levantar la voz, el juez dejó claro que ‘show must go on’ y que no caben suspensiones extravagantes.
El resultado fue una desestimación de la pretensión, con costas, claro está, que todo se paga en los tribunales de Su Graciosa Majestad.
Y recordemos que esto sale por un pico.
En fin, pues ya ven ustedes que, aunque hoy los ‘barristers’ ya no se baten en duelo, el espíritu es exactamente el mismo.
Y si las partes han acordado un medio para resolver sus conflictos, debe respetarse hasta el final.
Especialmente cuando el adversario ya tiene la espada levantada, a punto de dar la última estocada.
Hasta la semana que viene, mis queridos anglófilos.