Opinión | Donald Trump a sus aliados: «We will remember» (recordaremos)

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional analiza el “we will remember” de Trump a sus aliados tras atacar Irán sin consultar y exigir ahora apoyo militar para reabrir el estrecho de Ormuz.

17 / 03 / 2026 05:42

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«Tanto si nos apoyan como si no, digo estoy se lo digo a ellos: recordaremos» – Donald Trump, 15 de marzo de 2026 a bordo del Air Force One.

Domingo, 15 de marzo de 2026. A bordo del Air Force One, en vuelo de regreso desde Florida hacia Washington, el presidente de los Estados Unidos convoca a los periodistas que lo acompañan y pronuncia tres palabras que se distribuyen en segundos por todas las agencias del mundo: «We will remember» (recordaremos).

El destinatario de la amenaza son los aliados —europeos, asiáticos, australianos, canadienses— que han declinado enviar buques de guerra al estrecho de Ormuz para resolver el problema que Donald Trump mismo creó el 28 de febrero, cuando lanzó, sin consultar a nadie, la Operación «Epic Fury» contra Irán.

La imagen lo dice todo: el presidente de la primera potencia mundial, sentado en el avión que simboliza ese poder, amenazando a quienes se niegan a limpiar el desastre que él mismo ha provocado.

Conviene tomarse en serio esa amenaza. No porque sea justa —no lo es en absoluto— sino porque revela con una claridad inusual la lógica que ha gobernado la política exterior trumpiana desde el primer día de su segundo mandato: el transaccionalismo sin principios, la coerción como sustituto de la diplomacia, la memoria selectiva como instrumento de presión.

Y conviene también responderle. No con el lenguaje de la subordinación ni con la deferencia que Washington parece dar por descontada, sino con la contundencia que la situación exige y que la historia acabará por vindicar.

La guerra que nadie encargó

Empecemos por los hechos, porque en política internacional los hechos importan más que los gestos.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán sin consultar a sus aliados europeos ni a ningún socio de la OTAN.

El Consejo Atlántico no fue convocado. Los parlamentos europeos no fueron informados. Los gobiernos aliados se enteraron, como el resto de la humanidad, por los flashes de las agencias de noticias.

La misma semana, Trump rechazó el ofrecimiento de portaaviones británicos —«No los necesitamos», dijo— y se negó a aceptar ayuda ucraniana en defensa antidron.

Cuando España bloqueó el uso de sus bases andaluzas para operaciones ofensivas, Trump convirtió aquella decisión soberana en un agravio personal.

El Reino Unido, que finalmente permitió el uso de sus instalaciones solo para operaciones defensivas, fue calificado de aliado tibio.

Europa entera, en suma, fue situada fuera de la ecuación.

«La verdadera lección de Ormuz no es cómo gestionar esta crisis concreta: es comprender que mientras Europa no disponga de una política exterior y de defensa genuinamente autónoma, seguirá siendo rehén de las improvisaciones de quien detente el poder en la Casa Blanca».

Ahora el estrecho de Ormuz está prácticamente bloqueado. Por él transita el 20 por ciento del petróleo que se comercia en el mundo —unos 3.000 barcos al mes— y el barril ronda los cien dólares, con previsiones que apuntan a doscientos si la situación se enquista.

El nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenéi, ha dejado claro que el estrecho permanecerá cerrado como palanca de negociación.

Y Trump, que el 9 de marzo todavía proclamaba que era «su honor» encargarse del asunto, que «no necesitaba ayuda» y que había destruido el «cien por cien» de la capacidad militar iraní, ha girado ciento ochenta grados en menos de una semana.

Ahora exige que China, Francia, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y otros siete países anónimos envíen «minesweepers» y fuerzas especiales. Y si no acuden, «we will remember».

El facturador que no pagó su parte

La paradoja es tan densa que merece detenerse en ella. Durante el último año, la Administración Trump ha impuesto aranceles récord a sus propios aliados: el acero y el aluminio europeos fueron gravados; los productos japoneses, surcoreanos y australianos sufrieron tarifas que en algunos casos superaron el treinta por ciento.

Edward Fishman, director del Council on Foreign Relations, lo ha señalado con precisión quirúrgica: Trump no consultó a ninguno de sus aliados europeos o asiáticos antes de atacar Irán, pese a que esos países dependen del Golfo para su suministro energético mucho más que los propios Estados Unidos, que importa apenas entre el uno y el dos por ciento de su petróleo por el estrecho.

Y ahora les pasa la factura militar de una guerra que libró sin su conocimiento, mientras mantiene vigentes los aranceles que castigan sus economías.

Trump lo ha formulado con su habitual mezcla de cinismo e ingenuidad: «¿Por qué mantenemos el estrecho de Ormuz abierto cuando está ahí, en realidad, para China y muchos otros países? ¿Por qué no lo hacen ellos?».

La respuesta obvia es que lo estaba haciendo él, durante décadas, como parte de una arquitectura de seguridad global que garantizaba la hegemonía norteamericana a cambio de estabilidad.

Esa arquitectura incluía alianzas, consultas, multilateralismo.

Trump la desmanteló sistemáticamente. Y ahora, cuando descubre que unilateralismo también significa soledad, pretende retroactivamente cobrar a sus ex socios el coste de una guerra que nadie le pidió.

La lógica absurda del amenazado que amenaza

Hay algo estructuralmente ilógico en la posición de Trump que conviene desmontar con claridad, porque es el núcleo del argumento que está tratando de imponer como sentido común.

Su tesis es esta: el estrecho de Ormuz beneficia a otros más que a nosotros; por tanto, otros deben venir a protegerlo.

El problema es que el estrecho no se cerró solo. Se cerró como respuesta directa al ataque estadounidense e israelí del 28 de febrero. Irán no bloqueó Ormuz caprichosamente: lo hizo como contramedida de presión tras ser bombardeado.

Si el estrecho está bloqueado, es porque Trump decidió atacar. Si el petróleo está a cien dólares, es porque Trump decidió atacar.

Si la economía global está al borde de una recesión energética, es porque Trump decidió atacar.

Exigir ahora a los aliados que compartan el coste de normalizar lo que él desestabilizó es el equivalente geopolítico de quien incendia la casa del vecino y le pide luego que pague la mitad de los bomberos.

El derecho internacional tiene un nombre para esto: responsabilidad del Estado por hecho internacionalmente ilícito.

Trump no lo conoce, o lo conoce y le importa poco. Pero Europa sí lo conoce. Y tiene pleno derecho a invocarlo.

El silencio de los aliados no es cobardía: es soberanía

La reacción de los aliados ante la demanda de Trump ha sido, en su conjunto, de una prudencia que algunos comentaristas anglosajones han calificado apresuradamente de tibieza. No lo es.

Es el ejercicio legítimo de la soberanía que, paradójicamente, el propio Trump predica desde el primer día de su mandato cuando habla de «America First» (América primero).

El primer ministro Keir Starmer ha dicho que el Reino Unido no será arrastrado a «la guerra más amplia».

Australia ha sido categórica: no enviará barcos al estrecho. Japón ha dicho que no ha tomado ninguna decisión de despliegue.

China pide el cese de hostilidades. Francia trabaja en una misión internacional de escolta condicionada al cese del fuego.

«Si Trump no quiso consultar antes de atacar, no puede exigir ahora obediencia para gestionar las consecuencias».

La Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, habla con el secretario general de la ONU sobre cómo desbloquear la situación por vías diplomáticas.

Ninguno de estos actores está traicionando a Estados Unidos. Están aplicando exactamente la misma lógica que Trump aplicó al negarse a enviar tropas a defender Kiev cuando era incómodo: «esto no nos afecta directamente».

La diferencia es que en el caso de Ucrania —que Trump invoca ahora como ejemplo de generosidad americana— existía un acuerdo de seguridad colectiva, y una amenaza a la arquitectura de seguridad europea.

En el caso de Ormuz, los aliados están siendo convocados a gestionar las consecuencias de una operación unilateral que les fue ocultada y que, en muchos casos, consideran jurídicamente problemática.

No existe resolución del Consejo de Seguridad que avale la operación. No existe mandato de la OTAN. Existe, eso sí, la voluntad de Trump. Y esa voluntad, por sí sola, no tiene fuerza jurídica vinculante en el derecho internacional.

Lo que Europa debe recordar: el verdadero «we will remember»

Si hay una memoria que cultivar en esta crisis, es la de Europa. Porque la crisis del estrecho de Ormuz no es solo una crisis energética ni una crisis militar: es el momento de verificación empírica de una tesis que el autor de estas líneas ha defendido en columnas anteriores.

La dependencia estratégica de Europa respecto de las decisiones de Washington tiene un coste que ya no puede seguir siendo externalizado.

Cuando el presidente de los Estados Unidos decide atacar Irán sin consultar a sus aliados, cuando bloquea sus exportaciones con aranceles, cuando les niega el uso compartido de la inteligencia de planeamiento, y cuando luego les pasa la factura de las consecuencias, el mensaje es meridiano: para Washington, Europa no es un socio.

Es un activo que se activa cuando conviene y se ignora cuando no.

«La historia tiene a veces un sentido del humor cruel. El hombre que dijo ‘no los necesito’ lleva tres días suplicando que acudan».

La respuesta no puede ser ni la subordinación incondicional ni el antiamericanismo reflejo. La respuesta tiene que ser la construcción acelerada de una capacidad estratégica propia —militar, energética, diplomática— que permita a Europa negociar como igual y no como cliente.

Emmanuel Macron ha hablado de una misión internacional de escolta condicionada al cese del fuego; la Unión Europea trabaja con la ONU en una salida multilateral. Son pasos correctos, aunque insuficientes.

La verdadera lección de Ormuz no es cómo gestionar esta crisis concreta: es comprender que mientras Europa no disponga de una política exterior y de defensa genuinamente autónoma, seguirá siendo rehén de las improvisaciones de quien detente el poder en la Casa Blanca.

Hay que decirlo sin ambigüedades: apoyamos a Estados Unidos como democracia, como aliado histórico, como socio imprescindible en la arquitectura de seguridad occidental.

Pero no somos vasallos. Y una de las condiciones de la alianza auténtica —no la de la subordinación sino la del pacto entre iguales— es el respeto a la consulta previa, a la decisión compartida, y a la responsabilidad proporcional.

Si Trump no quiso consultar antes de atacar, no puede exigir ahora obediencia para gestionar las consecuencias.

Respuesta al presidente

Al presidente Trump, por tanto, le corresponde una respuesta directa. No nos sumamos a la coalición que nos pide porque no fuimos consultados cuando debíamos haberlo sido.

No enviamos buques de guerra porque hacerlo supondría avalar, con nuestra presencia militar, una operación cuya legalidad internacional está en cuestión y cuyos objetivos políticos no hemos podido negociar ni suscribir.

No ignoramos la gravedad de la situación en el estrecho —que nos afecta directamente, más que a usted— y trabajamos activamente en una salida diplomática multilateral coordinada con Naciones Unidas. Pero no confunda la prudencia con la complicidad ni la independencia con la traición.

Y sobre el «we will remember»: lo recordaremos también nosotros. Recordaremos que Estados Unidos atacó Irán sin consultar a sus aliados.

Recordaremos que rechazó nuestra ayuda cuando la ofrecimos. Recordaremos que nos impuso aranceles mientras exigía nuestra solidaridad.

Recordaremos que amenazó el futuro de la OTAN desde el interior de la OTAN. Y recordaremos que, cuando el mundo necesitaba liderazgo multilateral, Washington eligió la soledad del Leviatán.

Nuestro vaticinio es que la crisis de Ormuz no se resolverá por la fuerza naval de ninguna coalición impuesta por Trump, sino por la negociación.

Irán, que mantiene el estrecho como única palanca de presión en una guerra en la que ha sido militarmente superado, no lo abrirá ante la amenaza; lo abrirá ante el acuerdo.

Y ese acuerdo —si llega— requerirá exactamente lo que Trump ha despreciado hasta ahora: diplomacia multilateral, garantías de seguridad, intermediarios creíbles. Irónicamente, requerirá Europa.

La historia tiene a veces un sentido del humor cruel. El hombre que dijo «no los necesito» lleva tres días suplicando que acudan.

Quien dijo «we will remember» a quienes se niegan a secundarle debería recordar, antes, que fue él quien decidió ir solo.

 We will never forget… (nunca olvidaremos).

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