«Un Estado puede sobrevivir a sus traidores, pero no a sus incompetentes» – Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio.
Imaginemos la escena tal como los arquitectos del guión la concibieron: el avión presidencial toca la pista en Teherán, la bandera persa ondea junto a la estrella de David y las barras y estrellas, y Donald Trump desciende por la escalerilla flanqueado por Benjamin Netanyahu y por el nuevo líder iraní, el hombre que Washington ha ungido como sucesor legítimo —o conveniente— tras el caos sucesorio abierto por la muerte de Jamenei.
Las bolsas de Nueva York abren con el S&P 500 marcando máximos históricos. El Golfo Pérsico, unánime, aplaude la nueva era.
Arabia Saudí tuitea su entusiasmo. Los Emiratos convocan ruedas de prensa. Los grandes fondos de inversión publican notas urgentes sobre las oportunidades del Irán post-bélico, las concesiones petroleras, la reconstrucción de infraestructuras, los contratos de defensa. Israel, por fin, es la potencia regional hegemónica que siempre quiso ser.
América es grande de nuevo, y además ha traído la paz a Oriente Próximo y el dinero a Estados Unidos. El círculo se cierra.
Qué hermosa película. Lástima que la geopolítica no funcione como un estreno de Hollywood.
Detrás de ese decorado triunfal —si alguna vez llega a materializarse en sus términos más optimistas— hay una pregunta que conviene no perder de vista: ¿quién ha diseñado y ejecutado esta política exterior? ¿Qué equipo ha tenido en sus manos, durante meses, los hilos de una de las crisis geopolíticas más complejas del siglo XXI?
La respuesta no tranquiliza. Y esa es, precisamente, la columna de hoy.
«Todo esto no es accidental. Es el resultado de una convicción ideológica coherente —por equivocada que sea— que Trump lleva aplicando desde su primera legislatura: la hostilidad sistémica hacia la llamada ‘clase experta'».
El inmobiliario de Oriente Próximo
Empecemos por el principio, es decir, por Steve Witkoff. El enviado especial de Trump para el Medio Oriente es, en palabras de sus propios biógrafos, un promotor inmobiliario del Bronx que hizo su fortuna comprando, financiando y construyendo edificios en Manhattan y Miami.
Su relación con Trump nace de un sándwich de jamón y queso suizo que pagó en una delicatessen neoyorquina en 1986 porque el entonces magnate no llevaba efectivo.
Esa anécdota, que Witkoff relató bajo juramento en el juicio por fraude de Trump en 2023, resume con brutal precisión el criterio de selección aplicado al cargo más delicado de la diplomacia americana en Oriente Próximo.
Witkoff no tenía experiencia diplomática conocida cuando Trump lo nombró enviado especial apenas una semana después de ganar las elecciones de noviembre de 2024.
Ni una sola misión de mediación.
Ni un solo cargo en el Departamento de Estado.
Ni un solo año de formación en relaciones internacionales.
Lo que tenía era la confianza del presidente, un patrimonio estimado en 2.000 millones de dólares y la convicción de que los conflictos más enconados del planeta se resuelven como se cierra un trato sobre un solar en Upper East Side.
El analista Steven Cook, del Council on Foreign Relations, lo formuló con la precisión que la cortesía académica permite: «El conflicto israelí-palestino no es una operación inmobiliaria».
Witkoff, sin embargo, propuso en algún momento convertir Gaza en un complejo turístico de lujo.
Un diplomático del Golfo describió a Witkoff y a Jared Kushner —el otro amateur de confianza que rondaba las negociaciones con Irán— como «activos israelíes» que manipularon a Trump para que emprendiera la guerra y que practicaron una «diplomacia heterodoxa y destructiva» durante las conversaciones nucleares.
Cuando el Consejo de Relaciones Exteriores y los diplomáticos del Golfo coinciden en el diagnóstico, algo hay de cierto.
El presentador de televisión al frente del Pentágono
Si Witkoff es la encarnación del aficionado en diplomacia, Pete Hegseth lo es en defensa. Hegseth llegó al Pentágono como personaje de Fox News —el canal que actúa como semillero y tribunal de validación del personal de la administración Trump— sin haber dirigido jamás ninguna organización de tamaño significativo, sin haber gestionado ningún presupuesto complejo y sin más credencial castrense que su condición de veterano de la Guardia Nacional.
La denominación habitual de secretary of defense no le bastó: quiso cambiar el título por el de «secretario de guerra» y rebautizar al Departamento de Defensa como «Departamento de Guerra». El Congreso no lo permitió.
Fue, quizás, la única fricción institucional que funcionó.
Hegseth ordenó el cese de decenas de generales y almirantes de cuatro estrellas, vaciando así los puestos de mando en el momento en que la maquinaria militar se preparaba para operaciones de la máxima complejidad.
Filtró planes de ataque contra los hutíes en Yemen a través de Signal, primero en un grupo que incluía accidentalmente a un periodista de The Atlantic, y luego —por si quedaba alguna duda sobre la sistematicidad del descuido— en un segundo grupo que incluía a su esposa y a su hermano.
El inspector general del Pentágono concluyó que había puesto en riesgo la vida de militares americanos. Trump lo mantuvo en el cargo.
Para valorar la dimensión del despropósito, basta un dato comparativo: en el primer mandato de Trump, el Pentágono tuvo cuatro secretarios de defensa y cuatro directores de inteligencia nacional.
El nivel de rotación y disfunción que entonces se consideró escandaloso es, en esta segunda legislatura, el punto de partida.
El vicepresidente que se creyó Metternich
J.D. Vance llegó a la Vicepresidencia como senador por Ohio, autor de «Hillbilly Elegy» y convertido al trumpismo con la velocidad de conversión que exige la supervivencia política en el partido republicano actual.
Su posición en política exterior es la del «restrainer» convencido: menos intervención americana, menos gasto en aliados europeos, menos guerras lejanas.
Un criterio que, en abstracto, tiene su coherencia filosófica. El problema es la aplicación.
Vance se especializó en reprochar públicamente a los europeos su supuesta falta de gratitud y de inversión en defensa —en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025, su intervención provocó consternación generalizada— mientras lideraba internamente el bando que abogaba por no atacar a Irán, para luego defender el ataque cuando se produjo como ejemplo de «acción quirúrgica eficaz» y de la nueva doctrina exterior de Trump.
En la misma semana defendió que la intervención había sido un triunfo del «restraint». La geometría intelectual necesaria para esa posición habría dejado perplejo a Talleyrand.
En la Sala Oval, Vance recibió al presidente ucraniano Zelenski para, ante las cámaras del mundo, reprenderlo por no mostrar suficiente gratitud hacia Washington.
El episodio fue analizado por diplomáticos de todo el mundo no como un error, sino como una declaración de intenciones: esta Administración no distingue entre política exterior y espectáculo. Son la misma cosa.
El hombre que quiso ser Kissinger y terminó siendo todo a la vez
Marco Rubio es, en este elenco, el elemento más cercano a lo que podría llamarse un profesional convencional.
Senador por Florida, con años en el Comité de Asuntos Exteriores del Senado, conocedor de América Latina y con posiciones articuladas —aunque a menudo endurecidas para sobrevivir políticamente— sobre Oriente Próximo.
Trump lo llamó en 2016 «Little Marco» y lo trituró en las primarias. En 2025 lo nombró secretario de Estado.
La relación entre ambos ilustra perfectamente la gramática del poder en este círculo: la lealtad personal, prestada a tiempo y sin condiciones, compra más credenciales que treinta años de servicio diplomático.
Cuando el asesor de seguridad nacional Mike Waltz fue destituido en mayo de 2025 —enviado a la ONU como premio de consolación, después de que Laura Loomer, activista de extrema derecha sin cargo alguno, recomendara a Trump su cese en una reunión privada—, Rubio asumió también la dirección interina del Consejo de Seguridad Nacional.
Una persona ejerciendo simultáneamente los cargos de secretario de Estado y asesor de seguridad nacional: la última vez que eso ocurrió fue con Henry Kissinger, en la era Nixon. La comparación se detiene ahí.
El resultado práctico es que el aparato de política exterior de la potencia más poderosa del mundo, en plena intervención militar contra Irán, quedó concentrado en manos de una sola persona que —por muy competente que sea— no puede estar en todas partes ni procesar toda la información necesaria para gestionar simultáneamente Oriente Próximo, Ucrania, China, Corea del Norte y las relaciones transatlánticas.
El proceso interagencial que durante décadas actuó como filtro y corrector de las peores ideas presidenciales fue desmantelado.
En su lugar, según describió el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, se instaló un sistema de facciones de corte cuasi palatino, donde los distintos bloques compiten por convencer a Trump de que su opción preferida le dará la mayor victoria.
La doctrina de la incompetencia como principio
Todo esto no es accidental. Es el resultado de una convicción ideológica coherente —por equivocada que sea— que Trump lleva aplicando desde su primera legislatura: la hostilidad sistémica hacia la llamada «clase experta».
El «Deep State», en la retórica MAGA, no es solo un aparato de resistencia burocrática: es la encarnación de todo lo que el populismo identitario desprecia, es decir, el conocimiento técnico acumulado, la experiencia institucional, el protocolo que limita la improvisación presidencial.
La consecuencia práctica de esa convicción es que en los puestos clave de la arquitectura de seguridad americana se han colocado personas cuya principal credencial no es el conocimiento del mundo, sino la lealtad al presidente.
Un presentador de televisión dirige el Pentágono.
Un promotor inmobiliario negocia acuerdos nucleares.
Una activista de extrema derecha sin cargo alguno puede recomendar al presidente el cese de un asesor de seguridad nacional y ser obedecida.
Y el enviado especial para las tres crisis más peligrosas del planeta —Irán, Ucrania, Oriente Próximo— es el mismo hombre que pagó el sándwich de Trump en 1986.
En el mundo de la empresa privada, esta configuración de recursos humanos tendría un nombre: negligencia en la gestión del riesgo.
En geopolítica tiene consecuencias que no se pueden revertir con una nota de prensa.
La crónica del triunfo y sus grietas
Volvamos al cuadro inicial: las bolsas tocando el cielo, el Sha en Teherán, Trump y Netanyahu sonriendo para la foto histórica.
Existe un escenario en el que esa imagen se produce. Es el escenario en el que Irán acepta un gobierno de transición favorable a Occidente, la economía iraní se abre a las inversiones occidentales, el petróleo fluye sin restricciones por el Estrecho de Ormuz y los contratos de reconstrucción los suscriban empresas americanas.
Existe. No es imposible.
Pero la probabilidad de que ese escenario se sostenga en el tiempo —dada la complejidad del tejido político iraní, la profundidad del sentimiento antioccidental en amplias capas de la población, la capacidad de los actores no estatales para desestabilizar cualquier acuerdo de superficie y la historia de todos los intentos anteriores de ingeniería política exterior en la región— es considerablemente más baja que la que sugieren los titulares de los medios afines a la administración.
Lo que sí es seguro es que los efectos colaterales de la operación —el incremento del riesgo de proliferación nuclear regional, el fortalecimiento retórico de los actores que siempre han argumentado que solo la bomba garantiza la soberanía, la ruptura del consenso multilateral que había sostenido el régimen de no proliferación— son consecuencias que tardarán décadas en gestionarse.
Y que fueron diseñadas, ejecutadas y vendidas como victoria por un equipo cuyos principales integrantes no habían pasado, en la mayoría de los casos, por ningún proceso de formación ni de evaluación que justificara el cargo que ocupaban.
El titiritero que no necesita carnet diplomático
Pero aquí es necesario un inciso que la crónica del aficionadismo no puede obviar: no todos los miembros del equipo Trump estuvieron a favor de esta operación.
Vance, Hegseth y el propio Witkoff formaron el bloque que en los meses previos al inicio de las hostilidades apostó por la vía diplomática, alertando de que un ataque a Irán dispararía los precios del petróleo en un momento delicado para la economía americana y arrastraría a Washington a otro pantano de Oriente Próximo.
Sus argumentos no eran irrazonables. Sus reservas eran, técnicamente, las correctas.
¿Quién los torció? ¿Qué fuerza fue capaz de arrastrar a Trump hacia una operación militar que buena parte de su propio equipo no quería?
La respuesta no es difícil de encontrar si uno se molesta en seguir el rastro de las presiones, los visitantes de Mar-a-Lago, los donantes y los interlocutores que en los meses decisivos tuvieron el oído del presidente.
El «lobby» sionista —entendido no como etiqueta difusa, sino como el conjunto organizado y financieramente poderoso de organizaciones, donantes y grupos de presión que articulan la política exterior americana en función de los intereses del Estado de Israel— tiene en la segunda administración Trump su mayor conquista histórica.
Nunca, ni siquiera en los años de mayor sintonía entre Washington y Tel Aviv, la Casa Blanca había tenido una composición tan alineada con las prioridades de seguridad israelíes.
El secretario de Estado Rubio, el secretario de Defensa Hegseth, el asesor de seguridad Waltz, el director de la CIA Ratcliffe, el embajador en Israel Mike Huckabee, el propio Witkoff: todos identificados explícitamente como «firmes partidarios del Estado judío» por los analistas del Council on Foreign Relations.
Una alineación de esa magnitud no es una coincidencia electoral. Es el producto de décadas de trabajo político y de la inversión sistemática de recursos en la construcción de lealtades dentro del partido republicano.
«El problema es la ausencia estructural de mecanismos de corrección -fusibles-. Todo sistema de gobierno, incluso el más presidencialista, produce fricciones internas que actúan como freno ante los excesos de la improvisación. En la segunda Administración Trump, ese sistema de corrección fue desmantelado deliberadamente. Los generales que disentían fueron cesados».
Netanyahu llevaba años argumentando que la eliminación del programa nuclear iraní era la condición sine qua non para la seguridad regional de Israel.
No es una posición nueva. Lo nuevo es que en 2026 encontró, por primera vez, una Administración americana que no le ponía frenos institucionales: sin asesores que dijeran que no, sin generales de cuatro estrellas que señalaran los costes operacionales, sin proceso interagencial que filtrara las consecuencias de largo plazo.
Un presidente que funciona por impulsos y por lealtades personales, rodeado de un equipo sin experiencia suficiente para contradecirle con autoridad técnica, es el cliente ideal para quien lleva décadas esperando esta ventana de oportunidad.
Un diplomático del Golfo lo expresó con una crudeza que los informes oficiales no se permiten: Witkoff y Kushner actuaron durante las negociaciones nucleares con Irán como «activos israelíes», saboteando de forma activa las posibilidades de un acuerdo.
No hacía falta que fueran agentes formales de nada. Bastaba con que sus convicciones, sus lealtades afectivas y su falta de formación diplomática los empujaran, de manera natural, hacia las posiciones que Netanyahu necesitaba.
El aficionado no tiene que ser un espía para ser útil a quien sabe cómo usarlo.
La ironía —porque en esta Administración la ironía nunca descansa— es que los miembros del equipo Trump que sí tenían reservas reales sobre la operación, los que sí habían calculado al menos algunos de sus costes, fueron los que terminaron cediendo o siendo marginados.
Y los que carecían de criterio propio siguieron el que les marcaba quien sabía exactamente lo que quería. En política exterior, el vacío de competencia no se mantiene vacío mucho tiempo. Alguien siempre lo llena.
El problema no es Trump. El problema son los aficionados
Conviene ser precisos en el diagnóstico. El problema no es simplemente que Trump tome decisiones arriesgadas o heterodoxas.
O que esté capturado por el «lobby» sionista. Los presidentes americanos han tomado decisiones arriesgadas y heterodoxas desde George Washington.
El problema es la ausencia estructural de mecanismos de corrección -fusibles-. Todo sistema de gobierno, incluso el más presidencialista, produce fricciones internas que actúan como freno ante los excesos de la improvisación.
El asesor de seguridad nacional que dice que no. El secretario de defensa que pide tiempo. El subsecretario de Estado que señala las consecuencias no previstas.
En la segunda Administración Trump, ese sistema de corrección fue desmantelado deliberadamente. Los generales que disentían fueron cesados.
Los asesores que planteaban objeciones fueron sustituidos. El proceso interagencial fue reemplazado por la competencia entre facciones por el favor presidencial.
el criterio último de selección de personal no fue la competencia técnica ni la experiencia acumulada, sino la lealtad personal y la sintonía ideológica con el movimiento.
El resultado es lo que el analista Daniel Fried, exdiplomático estadounidense, describió con esa piadosa caridad americana que él cultiva: la política exterior de la segunda Administración Trump es «una obra en progreso».
Nosotros lo expresaríamos de otro modo: cuando se pone a aficionados al frente de los asuntos más difíciles del mundo, la obra no progresa. Improvisa. Y las improvisaciones en geopolítica no se borran con un corrector.
El escenario triunfal del Sha, Trump y Netanyahu posando bajo el sol de Teherán puede darse, es muy difícil, pero no imposible.
Puede incluso durar lo suficiente para ser proclamado como victoria definitiva antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026, aunque eso tampoco es sencillo y tal vez vaya aparejado con acciones terribles y tremendamente costosas en todos los sentidos.
Pero las victorias fabricadas por aficionados tienen una característica invariable: cuando se deshacen, y tarde o temprano se deshacen, el coste lo paga siempre alguien que no estaba en la foto.